21 nov. 2011

Capítulo Uno

                                    
                                      


Todo en la vida tiene su momento.

Las necesidades deben satisfacerse cuando las sientes si dejas pasar un sólo instante y no has dado rienda suelta a tus deseos ya será tarde.

Por eso Teresa aprovechó sin pensar la oportunidad de irse de comenzar de nuevo, se escuchó y no esperó más, agarró el asa de aquella maleta azul sin titubear. 
No se despidió, pensó: 

"-¿Para qué?."


Se subió al autobús muy triste, ojerosa, con un nudo en la garganta.

Tragaba una y otra vez saliva y le molestaba. 
Escuchar al conductor encender el contacto se convirtió en llanto, un llanto terriblemente desgarrador y sordo sin consuelo, sin remedio, sin pausa.

"-Cuánto le amaba-pensó".


Cerró los ojos. Tenía dos horas de viaje hasta llegar a su destino. Aún llevaba su olor pegado, sus besos, aquella caricia que tatuaba un deseo, aún llevaba su sonrisa clavada en el alma.


"-¡Qué arranque ya.
-dijo en voz baja- No puedo amarle más".

Teresa creyó que sería fácil dejarlo todo lo que no imaginaba es que, estaba tan enquistado aquel sentimiento que aún quedaría más daño por vivir, más retales que pegar, más lágrimas que secar, más noche sin dormir.

Alguien dijo que el amor era lo mejor y lo más triste.

"-¿Por qué algo que debe ser tan benévolo y único se convierte en una tortura?,-pensaba-. ¿Por qué somos tan ingenuos que nos valimos y vivimos de recuerdos?".

Teresa dejó la despedida más sincera que se le ocurrió. Le dejó su a
mor para siempre,su único amor, el que sólo se da una vez, el que no vuelve a florecer por que es pura locura, el irracional.

¡Qué frío!-sintió-.


La temperatura ambiente en el autobús era el permitido por ley 21 grados no hacía frío. 
Llevaría el hielo habitando su pecho durante mucho tiempo, calado hasta los propios huesos.


  

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