4 dic. 2011

Capítulo Dos

El autobús llevaba un retraso  de quince minutos.

¡Mejor!-pensó Teresa no tenía intención de llegar a la hora, a casa-.


Le costaba volver. 
A nadie le gusta decir que ha fracasado, y menos ante su dictatorial, y severa madre.


-Te lo dije, no debiste ir, era mucho desgaste mental para tan poca recompensa. Encima tu cara parece la de una enferma. No debiste ir, hija.

Teresa la miró, se abrazó a su padre como si tuviera diez años y se sintiera mal por haber perdido su peluche, un abrazo cómplice y entregado, que únicamente sentía cuando los fuertes remos de su predecesor se lo daba. Unos segundos tiernos no le venían nada mal.
Por las escaleras siempre jovial y entusiasta descendía su hermano Simón, mayor por unos minutos, tiempo suficiente para ganarse el corazón de todos con aquella cabellera rubia y esos ojos verdes que incluso como hermana la tenían cautivada. 
Sólo se miraron un segundo y él supo enseguida que algo le ocurría; no era el descalabro de su proyecto como traductora de libros on line lo que hacía que su lindo rostro estuviera apagado pensó, algo más enturbia sus ojos. 

Ya se enteraría, ahora llevaba prisa, había quedado con una de sus tantas amigas que jamás llenarían el vacío que le había dejado Rebeca. 
Le espetó un beso en la mejilla y una caricia en el pelo negro como el azabache, mientras Teresa- aún abrazada a su padre- apoyó un lado de la cara en el pecho para recibir el calor de su hermano.

-¡Qué mimosa eres, Tere! No cambiarás nunca. Chao, hermanita.
-Tú sí que tienes morro. ¿Ya te vas?, ¿Ni siquiera comes conmigo?.
-Te debo una comida,merienda y cena si quieres, pero no me puedo quedar, tengo una cita importante -dijo con una mueca que pretendía ser una sonrisa pícara.
-Está bien. No me moveré en unos días de casa, necesito descansar, así que cuando quieras.
-Eso enciérrate en casa a cal y canto, Tere, que ya te moveré yo.

Se despidió tan aprisa como bajó las escaleras, y ahí se quedó. Echó una mirada a su casa como si fuera un lugar desconocido. Cómo si hubiese pasado años desde la última vez que la vio.

-Tienes que ir a ver a tu abuela no deja de llamarnos, insistentemente para recordarnos que debes ir a pasar un fin de semana con ella. Ya sabes que es mayor y  ha empezado a decir que le queda poco tiempo, manías que le entran. No sé que dice de un sueño que tuvo contigo. Y qué debe contártelo. Me repito pero la abuela se ha vuelto maníatica.
-Lo haré, no te preocupes mamá, a fin de cuentas ella será quien mejor me entienda -pensó en alto, mientras subía a su habitación con las maletas y ayudada por su padre con el que aún mantenía el abrazo-
-Hija estás rarísisma, suelta a tu padre, si pretendes que te lleve las maletas.


Pero Teresa no quería soltarle, se sentía protegida, era la hija, y la amiga, de un hombre que aunque era su padre le ofrecía su corazón abierto no la juzgaría por que jamás lo hizo antes, se lo contaría todo pero ¿cuándo?

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