12 ene. 2012

Capítulo Cinco

Su sueño fue profundo, tanto que no imaginaba que se despertaría tan tarde. Tenía planes para esa mañana debía acercarse al banco para aclarar sus finanzas; así que se puso en marcha rápidamente decidió qué ponerse, a la vez que miraba las hermosas vistas que desde siempre contemplaba a través del balcón de su habitación; el espléndido, ruidoso y furioso -a veces- Mar Cantábrico. Siempre le había reportado una quietud sin precedentes las viejas lanchas de pesca se mezclaban con lo último de navegación marítima, las nasas, las redes ese olor a rula calaba en lo más hondo de sus pulmones dándole paz. 
De pequeña le encantaba pensar que era como un pez, valiente, veloz  y que en lo profundo del océano flotaba sin ningún miedo a ser apresado ni por un marinero ni por un tiburón. Sonreía al recordar aquel año que no dejó de llorar hasta que su madre le cosiera un disfraz de pez para la fiesta de carnaval del colegio, no de sirena, si no de un grandioso pez...y lo consiguió. Sabía que su madre era capaz de hacer cualquier cosa por sus "cachorros", como llamaba a ella y a Simón.
Eligió un vestido negro últimamente era el color que más le apetecía no por la elegancia única que acompaña a este tono, si no por la sensación de obligado luto por si misma por lo que fue hasta hace un año y que nunca volverá a ser.
Se repetía una y otra vez que no hacía falta hundirse para querer flotar que debía sentirle como una experiencia de la que muy a su pesar había terminado que había aprendido demasiado pronto, que sufrir no era malo, que amar era necesario, que, que... 
Su cabeza no paraba y debía centrarse.


- Me voy al banco
- Pero, ¿no estás en condiciones? No deberías levantarte de la cama-dijo Simón, acariciándole el pelo
- Deja de protegerme hermano ya soy mayor-esbozando una leve sonrisa- me encuentro bien.
-¿Pero no iba a venir Sofía?
-Es verdad la llamo ahora por teléfono y quedo con ella en el centro. No te preocupes, vale¡
-¿Vendrás a comer?.
-Me imagino que sí. Hermano, ¿me prestas tu coche?
-Hecho, las llaves están puestas.


Sus padres habían salido de compras. Al parecer Clara, la abuela vendría a comer. Sabía que verla le haría bien. Clara era muy intuitiva, sabia y ante todo la mejor abuela del mundo, sus abrazos desprendían olor a talco, su tacto era aterciopelado y su alma,la mejor de la familia.
Sabía que la necesitaba


Recorrió la villa como nunca lo había hecho muy despacito, observando a los viandantes sin ningún recelo, contemplando sus edificios con calma, sin ninguna prisa, se dio cuenta que habían abierto muchos comercios, cerrado otros los más antiguos, el relevo generacional casi ni existía, era lo que tenían los pueblos; pero sí le chocó que había más niños que en otras épocas, éstos caminaban apresurados de la mano de sus padres para llegar a tiempo al colegio donde les esperaba en el portón de madera una canosa y siempre acelerada Hermana Piedad genio puro, al menos así la recordaba Teresa, riñendo a la hora del recreo a su grupo favorito de ovejas descarriadas como ella decía.
Ahora la que no es abogada, tiene negocio propio...a veces se dan por sentado tantas actitudes que no es sorprendente que el niño más imposible de llevar por el camino correcto-como ella decía-, se convirtiera en un ser amable y carismático para los negocios.
¡No había lugar más amado y estéticamente sosegado, para Teresa!. Caluar, la había visto crecer y convertirse en lo que ahora era.


-Sofí, soy yo... Tengo que ir al banco, ¿nos vemos después?
-Pero,¿ te crees que son formas?.Lo primero que deberías decirme es:           " Perdona por no devolverte las llamadas". Tía, que te pasas¡
-Sí ya lo sé, luego hablamos ¡eh!
- Está bien, pero disponte a contarme qué te pasa con pelos y señales papá me dijo que te fue a ver ¿estás mejor?
-Si y no; físicamente debía tener sueño lo otro con el tiempo lo arreglaré
-Está bien. ¿Crees que para las doce estarás fuera?
-Si, ¿quedamos en el café?
-Allí estaré.
-Chao
-¿Oye?
-Qué
-Te quiero mucho amiga.
- Y yo a ti Sofía, y yo a ti.


Siempre que iba al banco con su padre se quedaba jugando en la puerta giratoria, aún estaba allí. 
Como si no hubiera pasado el tiempo como si ella no hubiese envejecido tanto en tan poco espacio de meses como si el alma tuviese edad.
Teresa se encaminó hacia ella; su rostro se intuía perverso, pícaro, tenía claro qué lo iba a hacer. Con la mano derecha empujó y con la otra se subió levemente al pomo, empezó a girar, cerró los ojos y otra vez tenía seis o siete años no había sufrimiento, sólo inocencia, osadía y una gran sonrisa, pero alguien la hizo volver a la realidad la puerta se paró de repente, se bajó. Tenía alborotado el pelo y se había sonrojado.


-Buenos días Señorita, ¿Desea algo?-preguntó un hombrecillo pegado a un bigote que debía ser algún empleado-.
-Buenas, sí,-titubeó- Vengo hablar con Pablo Ponce, el subdirector
-¿La espera? ¿Quién le digo...-le interrumpió-
-Soy Teresa Blaquez Mer.
-Siéntese, ahora le aviso.


El hombre se abrochó la americana como pudo, y picó en la puerta de subdirector. Sin entrar y ligeramente apoyado en el marco, le dijo que preguntaban por él. 


-Señorita, puede pasar¡
-Gracias-dijo levantándose del asiento.


Teresa estaba nerviosa. Su madre decía que una mujer no debía hablar de dinero nunca, que era poco elegante y una falta de educación. Consejos rancios, y poco realistas.


-Se puede-picó asomando la cabeza-.
-Sí,  por supuesto la estaba esperando. 


Teresa tomó asiento sin percatarse que aquel hombre la miraba embelesado y absorto, sólo le quedaba arrodillarse para que ella se diera cuenta que estaba ahí. 


- Venía a...
Ese hombre no era Pablo. Le conocía bien, cuando de pequeños como Teresa no quiso darle un beso, éste le tiró una piedra dándole en un brazo. Aún tiene una pequeña cicatriz que lo atestigua-.
- Sí sé a qué viene y no se preocupe, le daremos la mayor cobertura a su pendiente. 
Sé que su padre es un cliente de toda la vida y además de los mejores, cumplidor y él mismo se acercó a explicarme todo.
- Lo sé me lo ha dicho, pero yo quiero cancelar por mí misma, sin ayuda. Sé que ha habido unos retrasos en el pago pero puedo responder ahora mismo por ellos y me vendría bien, establecer una cuota más pequeña hasta que de nuevo me pusiera a trabajar.
- De acuerdo
Teresa le mira sorprendida de tanta comprensión
-¡Ah! ¿Está de acuerdo?
- No hay problema.
-Pues le doy las gracias no me imaginé que sería tan fácil
-Igual le parece algo inoportuno e incluso un descaro pero-titubeó- ¿Le importaría que arreglemos los papeles tomando un café?
-Bueno, es qué no me gusta tomar cafés con desconocidos, si al menos supiera su nombre.
-Una sonrisa nerviosa aparece el rostro del banquero- Me llamo Ricardo Aguado soy el director.
-Pues, Ricardo no me importaría tomar un café con usted sí es cierto que, servirá para cerrar el tema.
-Por supuesto, ¿vamos?


Llevaba más de un año sin aceptar más que migajas que le ofrecía él y ahora se iría a tomar un café con un tipo que ni le iba, pero que reconocía atractivo. Sólo faltaría que a partir de ahora le llovieran las oportunidades con el sexo opuesto. No tenía la cabeza para historias. Aún le amaba.
¡Qué irónica era la vida! No necesitaba citas en tal caso simplemente evadirse con sus amigos pero como se dice "La ocasión la pintan calva", arreglaría lo de su préstamo para no necesitar la ayuda de sus padre. 
Se valdría de nuevo por sí misma.





No hay comentarios:

Publicar un comentario