6 feb. 2012

Capítulo Seis

Como en una imagen de fotomatón las instantáneas se sucedían a pasos agigantados.
Se veía aceptando la invitación de aquel hombre sin ningún reparo ni pudor.
¿Qué podía pasar? 
Por lo pronto se acababa de encontrar en la puerta del bar a la cotilla más grande del pueblo le iría con el chisme a las viejas del lugar que tejían en los bancos del parque y que vivían a su costumbre pegadas ávidas de noticias populares que ellas se encargarían de hacer populosas; muchas de ellas unían hilos como pretendientes tenían sus nietas y éstas a su vez renegaban de las perdices y de finales felices, por eso estas viejas vivían felices en las vidas de los otros por que en las suyas cocían podredumbre y miserias.


-Buenas tardes Tere, ¿Ya has regresado?
-Pues sí, Bernarda ¿cómo se encuentra? 
-No tan bien cómo tú hija ni tan bien acompañada, da gusto ver una pareja tan guapa junta, y con tanto poder adquisitivo. 
-No quiero importunar pero estamos obstaculizando el paso Bernarda- dijo Ricardo después de una larga mirada a Tere-
-Bueno, bueno ya nos veremos y saluda a tu madre, ¿ya te quedas por aquí o te vuelves a ir?
-No, estaré una temporada y...- La vieja interrumpió- 
-¡Uy Entonces entiendo que ya no tienes el negocio vaya con lo ilusionada que estaba tu madre! 

Ricardo sujetó a Tere del brazo y con un leve empujón entraron.
Su risa se oyó en toda la cafetería, fue como una bocanada de aire fresco entre el sonido del televisor, la cafetera, el ruido de los vasos, la bandeja apoyada en la barra de cristal, hasta el bebé llorando quedó eclipsado. Aquella sala inmersa en su rutina agradeció aquella carcajada natural y fresca como si fuera el mayor de los regalos. 
Se sentaron juntos en un minúsculo sofá de plástico, cómodamente, ella se pidió un té americano y él una caña.


-¿Sabes qué serás el hombre más criticado a este lado del Mississippi?
- Él sonríe- No me lo digas, no lo sabía. Mañana seguro que salgo en la hoja parroquial por hacer una buena obra a este pueblo. ¡No la soporto!.
- Tere vuelve a sonreír- Todos llevamos años sufriéndolas, son unos bichos.
-¿Pero, qué hay más de una?
-Sí, se reproducen como las setas.
-Te gustan las setas, por que estamos en la época. Conozco un restaurante que las prepara de maravilla.
- Ella asiente y le mira asombrada- ¿Pero tanto nos va a llevar el papeleo, que insinúas una cena?
-Cena, ¿quién dijo cena?


Por un momento se sintió avergonzada no podía evitarlo, estaba tranquila, a gusto. En verdad se estaba insinuando. 
¡No se lo podía creer!
Se sonrojó.


- No es mala idea- dijo Ricardo, sonriendo de medio lado -, sólo tendría que hacer una llamada y voilà...¿a qué hora quedamos?  
-Titubeó- Yo mejor, pienso, lo arreglamos todo y eso.
-Si no puedes hoy lo dejamos para otro día - la notó tensa- No te vas a ir mañana así que...
-De acuerdo. El fin de semana hablamos-sonrió-


Siguieron charlando durante una hora y media. Teresa salió de aquel café renovada, su deuda saldada y su alma sonrosada.
Se apresuró. 
Había quedado a media mañana con su amiga del alma... antes paró en la farmacia y se compró unos pañuelos de papel y unos caramelos de miel. Eran su vicio. 
Mientras se acercaba al café de la plaza, la vio caminando, tocó el claxon dos veces y Sofía, con su larga melena rubia volvió la cabeza. 
Se subió al coche


-¿No vamos al café?
-Vamos a nuestro escondite.
-Pero, ¿Estás loca? No estamos vestidas para ir hasta allí. Si las dos llevamos tacones.
-¿No me digas que no te acuerdas de nuestra comunión? Subimos con vestido y todo
-¡Pero por Dios, no compares!. Estábamos acostumbradas, Tere, yo hace que no subo a ese árbol años, y además íbamos con zapato bajo. 


Las dos se miraron y se rieron a mandíbula abierta una, dos y hasta tres veces  y comenzaron a cantar la canción que sonaba en la radio. 
No importaba el tiempo que hubiese pasado, todo seguía igual entre ellas, no había rencillas, ni reproches, eran como hermanas, y sólo les separaba esa angustia vital que corría por las venas de Teresa.
Claro que se lo contaría todo, no podía tener más ganas de hacerle entender cuánto era capaz de amar el ser humano, y que ese amor era igual que el que soñaban de pequeñas, fuerte, sano, entregado y ... por supuesto doloroso.




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