6 mar. 2012

Capítulo Diez

Clara siempre había sido una mujer de armas tomar, de aquellas que con una gran belleza era capaz de derrumbar al más puesto y con una dulce mirada que hipnotizaba y conseguía que te retorcieras en tu propia baba con ella no se jugaba. 
¡Había sufrido tanto!
Cuándo aún llevaba en brazos a Claudia, su marido fue asesinado y enterrado vete tú a saber donde; la guerra había terminado pero aún seguían las injusticias muchos años después; a los soldados que se habían librado de caer en el frente les quedaba lo peor.
La mayoría de los pueblos se convertían en un gran infierno de celos, y envidias y malos "quereres" que afloraban por los que habían ganado la guerra y por la que la habían perdido; salían de su escondite a puñados y acusaban al más bueno de no menos que traidor o si tenía vacas o si tenía tierras o si era devoto o si atentaba contra la patria...una lista interminable de hipocresías, y morían sin decir esta boca es mía en cinco segundos a manos de algún vecino contratado; la viuda desconsolada sólo debía pasar por casa del señorito y someterse a su voluntad para que a su prole no le faltase al menos algo de pan que llevarse a la boca.
Pero ella no cedió. 
Después de desaparecer Nando, ella se arregló como pudo, lavaba, planchaba, esperaba que las gallinas pusieran los huevos para ir a venderlos y comprar lo que la niña necesitase que era poco por que de aquella poco sabían.
El cacique pasaba por delante de su casa siempre a lomos de su fastuoso caballo decían que estaba enamorado de ella y ella cada día lo odiaba más. Siempre supo que fue él quien apretó el gatillo contra Nando.
Pero jamás bajó la mirada siempre le desafió; él como gran valiente que era detrás de aquella escopeta acababa yéndose no sin antes echar una larga mirada a la niña que jugaba con una muñeca de trapo. Entonces Clara, salía del quicio de la puerta y seguía mirando aún más, sin miedo. 
Entre las miles de historias que Clara contaba a sus nietos la que más les gustaba era aquella en la que su madre Claudia, casi mete la pata y delata a sus padre ante todos los vecinos se la hacían repetir una y otra vez.
Su madre Claudia, decía a Teresa que le gustaba escuchar cómo quedaba en evidencia.
En época de guerra te tocaba bailar con la más fea, tuvieras la ideología que tuvieras, si no la hacías evidente, lo más seguro es que fueras a la batalla en el bando contrario, o que levantases un fusil y al otro lado tuvieras a tu hermano, por eso en el desván de su casa estaban escondidos vecinos de toda la vida, esperando que se acabase esa locura. Nunca les importó si eran rojos, o nacionalistas; era el vecino que a duras penas sacaba a su familia adelante, o trabajaba de sol a sol, por un jornal mísero. Eran sus amigos.
Por aquel entonces Claudia tendría unos tres o cuatro años, y después de la guerra celebrando las fiestas sacramentales, era muy habitual adivinar a lo lejos jóvenes que llegaban cómo podían a su pueblo después de sobrevivir a la dura batalla. Entre ellos venían dos que la noche antes habían salido a hurtadillas de casa al encuentro en las montañas de algún pelotón que les aceptase, mirándose muy mucho que fuesen del bando caído.
Al pasar por delante de los que humildemente festejaban Claudia gritó a los cuatro vientos:


-!Mamá, mira el señor del desván¡


Clara, quiso morir, pero agarró a la niña en brazos no sin antes regañar por contar "cuentinos". Menos mal que todos estaban más pendientes de los soldados heridos que de una chiquilla.
Ahora desde la distancia, aquella mujer que posa su cuerpo en el sofá, con una manta acariciando sus piernas y un buen libro, disfruta recordando al cacique, su muerte le reconfortó tanto que como dice ella:


-Está mal hacer leña del árbol caído.


Aunque fuera en la vejez pues duró tanto tiempo como ella le deseo, al igual que deseo que su trance al más allá fuera un martirio.


-Quien a hierro mata...


Pero ella aún no quería morirse su hijita del alma, su Claudia aún la hacía luchar por la vida esa operación a corazón abierto la traía en un sin vivir. Y además  la niña no lo estaba pasando bien.
No,no se quería morir, por eso en su mano aunque siempre fue una gran luchadora y defensora de todas las causas injustas, portaba siempre un rosario por que creía firmemente que había que tener fe en el tiempo, que todo lo cura aunque la memoria y el alma no van de la mano a la hora de olvidar.

1 comentario:

  1. ... Este capítulo se lo dedico a mi abuela María por ser única, e irrepetible
    Te echo de menos¡

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