20 ago. 2012

Capítulo Once

                                  


No hay nada peor que enamorarse de quien sabes que te va a defraudar. Eso es lo que le pasa a media humanidad y no lo evitamos.
Ella le miró y supo al instante que aquello terminaría como el rosario de la Aurora pero sin farolazos ni golpes, sin ruido, con mucho dolor.

Insuperable...


Simón había heredado la pasión por conducir de su padre aunque tenía el pie más largo que él. Era famoso en el pueblo por esos rallyes callejeros que más de un susto causó a sus padres. Lógicamente Rebeca le cambió para bien.

Manejaba decidido. Tenía que llegar cuanto antes a la casona. Empezó a llover así que no le quedó más remedio que tomárselo con calma aunque no tenía flema para tanto. Sabía que su hermana tenía problemas y que además su propia vida se estaba desmoronando. Simón amaba a Sofía igual que amó a Rebeca sin dudas. Pero esta vez tenía miedo de reconocerlo, de intentarlo, de abrazarla, de besarla, de sentir. Jamás hubiera imaginado que ella le volvería loco de nuevo que su mejor amiga se convertiría en su amante. 
Todo resultaba tan cómodo tan fácil, que no se lo creía. Volver a querer sin dar ninguna explicación pues ella le conocía tanto como si fueran gemelos ella le consentía todo hasta que estuviera con otras por sus grandes dudas, por su cobardía.
Entonces, ¿cuál era el problema?.
Los humanos simplemente somos complicados se decía una y otra vez; no nos gusta aquello que no nos hace pelear, aquello que nos acomoda, somos irreverentes e inconformistas por naturaleza y eso a veces nos juega malas pasadas. Ya no queda nada para llegar y Simón llevaba el corazón encogido. 

-Venga, que llego a tiempo, seguro-se repetía una y otra vez-

-Sofía, ¿le habrá contado algo a Teresa?, espero que no.-hablaba y miraba por el retrovisor-
Ya veía la entrada del pueblo. Ya veía la casa y su coche. Aparcaría a un lado. Se bajó rápidamente. Saltó la tapia y allí estaban. Las dos, que estaban recostadas apaciblemente, se incorporaron.

-No pretenderás subir aquí- dijo Teresa, con mirada de advertencia.

-Bajad vosotras me tenéis preocupado-
-Seguro que sí- masculló Sofía.
-Vamos, Sofi, no puedes estar sin hablarme toda la vida. Llevamos un mes así.
-¡Eh, que llevas la cuenta! Si yo llevase la cuenta de todos los días que te has reído de mí en este último año no tendría donde apuntarlos .- Decía Sofía, mientras se calzaba, y hacía aspavientos con sus brazos.
-¿Alguno de los dos tiene pensado contarme que pasa? ¿Estáis juntos?
-No. -se escuchó al unísono.
-Lo estuvimos, pero fue un error- exclamó Sofía, mientras le miraba.
-No fue ni será un error tenemos que arreglarlo, quiero, necesito intentarlo de nuevo. Nena, si tiene que ser ahora lo haré ahora. Me arrepiento de todo, de lo mal que me he portado, de cuánto te amo y no fui capaz de expresarlo.
-Sofía y Teresa, se cruzaron la mirada-.

 Las dos tenían el mismo dolor. Pero una de ellas conseguiría ser feliz.



-No sé que ha pasado pero te está pidiendo perdón. Si le amas aprovéchalo. Hay trenes que pasan de largo, otros recuerdan la estación y paran- Le dijo al oído Teresa.

-Escúchame, por favor-dijo Simón-Sé que me porté como un cretino, que pululé de flor en flor mientras tú te devanabas los sesos. Por mi culpa, todo por mi culpa. Baja, ven. Por favor.

Teresa, empujó suavemente a su amiga. Algo tenía que salir bien.

-¿Por qué llorar?. Sé feliz. 

Sofía fue al encuentro de Simón.

La lluvia copiosa ya, mojaba con ímpetu todo a su alrededor. Pero ellos, que se exploraban con la mirada se entrelazaron las manos, suavemente. No tenían prisa, se besarían pero tenía que ser purificador. Tenían que renacer de nuevo, tenían que perdonarse todo.
Se besaron.

Teresa espectador de lujo, respiró.


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