24 ago. 2012

Capítulo trece


Claudia seguía en su cama pero con lo ojos abiertos y empapados en lágrimas. Estaba disgustada. Últimamente tenía los nervios a flor de piel no sólo por la operación a corazón abierto que tenía pendiente y que ya era bastante, si no por que sentía que tenía que hacer tantas cosas, por si acaso.
Ese "por si acaso" le ponía en un sin vivir. 
Anhelaba recuperar a su hija a su hijo, pedir perdón. Juan decidió subir a ver.

 -No duermes.

 -Es imposible no me para la cabeza
 -Pues deberías descansar, no enfadarte, no pelear. Ahora no es el momento, ya tendrás tiempo. Tienes que recuperarte.
-¡Hice mal tantas cosas!
-Yo no lo creo, eres el pilar de esta familia. Estoy de acuerdo contigo en que tienes genio, pero yo ya sabía donde me metía, y me gustó. Así que no es el momento para que tú te reproches nada. Por supuesto seguro que si pudieras cambiar algo darías marcha atrás en muchas cosas, pero ¿qué conseguirías? 
-Nada seguiría errando en las mismas cosas. La naturaleza de uno no se puede cambiar. 
-Tú has conseguido que nuestros hijos sean como son, educados, justos, buenos, familiares...Hemos pasado lo nuestro, ahora toca recoger los frutos.

El se recostó a su lado haciendo que su cuerpo encajara en el suyo casi la mecía, su mano izquierda acarició su mejilla, su pelo. Claudia sollozaba.


-¿Y sí me muero?-sentándose en la cama-.

-Anda arreglate que enseguida llegaran los chicos. Pondré la mesa y prepararé algo frío para cenar.
-De acuerdo el consomé a fuego lento, ya sabes que algo caliente siempre sienta bien y mamá le encanta.

Juan caminó hacia la puerta 


-Gracias.-Sonríe Claudia-.

-¿Por hacer la cena?
- No por amarme

Juan retrocede sobre sus pasos y entrelaza su mano con la de ella. Por un instante los dos volvían a tener diez y ocho años y se enfrentaban a aquel primer beso. El le ofrece sus labios.

Se besan cálidamente, con amor de años, del que ya no es un juego, ese amor plácido que se recibe aún con vehemencia. Juan salta de la cama.

-Te espero-

-Bajo ahora-dice Claudia

Ya en camino Teresa sigue al coche de Simón. Había sido un día completo. El banco, el encuentro en la casona, sus secretos.

Veía tras franquear  las curvas y alcanzar de nuevo a su hermano, cómo gesticulaba con la mano derecha, también intuía las risas de Sofía, ¡qué felices estaban¡
Teresa llevaba a todo volumen la radio de su coche, iba siguiendo el son con el índice en el volante. Le encantaba la música.
Ya se veía la iluminación de "Miramar" era un lugar tan entrañable para ella y estaba asombroso al atardecer. ¿Cuántas veces pensó enseñarle a Sergio su pequeño paraíso?
Lo que ella no imaginaría es que pronto lo haría.

-Ya llegaron-exclamó  Clara que tomaba el fresco en el quicio de la puerta.

-Abuela, ahí te traigo a tu niña-dijo Simón.
-Los dos sois mis niños, tonto. ¡Uy! lo que no sabía es que también vendrías Sofía, pondremos un plato más-mientras se saludaban con un abrazo grande-.
-Abuela, ese plato será definitivo en esta casa.
-Clara se lleva la palma de la mano al rostro- Eso ya lo sabía yo desde hace mucho tiempo
-Sí, sí tu sabes mucho, brujilla-dijo Simón, mientras le hacía cosquillas en cintura-.
-Quita pesado-reía Clara-
-No ves que la abuela tienes un sexto sentido. Sí que es un poco bruja-dijo Teresa-
-Ya estas aquí. Hoy no me acuesto sin que me lo cuentes todo.
-Lo sé "abuelita", lo sé.

La puerta se cerró. 

En la calle silencio.
A través de la ventana se veía una familia abrazándose.
En poco más de quince días, el silencio se adueñaría de aquel hogar.

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