26 sept. 2012

Capítulo Dieciséis

Todas las canas que había en su pelo, decía Felipe, que se debían a los amores de su vida. Y también reconocía que además durante años a parte de mesero siempre había sido un buen oyente de todo tipo de desventuras de todo bicho viviente que pasó por su bar...
Pero la historia de Teresa y Sergio, le había calado.
No tenía claro por qué pero en ella había algo que le recordaba a un momento de su vida en el que por una tontería perdió al que siempre ha creído que fue el amor de su vida.
Por eso aquella noche estaba convencido que su palabrería ayudaria a que Sergio dejase de ser el "pastelero triste" en el que se había convertido y que le servía el pedido.
Felipe tenía claro que éste había dejado pasar la oportunidad de su vida.

Llegó la hora de servir el último café del día y el primero de la madrugada para Sergio; su trabajo, encender los hornos, preparar la masa, la crema, el chocolate...las delicias, llevaban su tiempo.

Siempre le había gustado trabajar de noche, ya en el instituto escogió el turno de noche, pues se concentraba más decía que se parecía a las lechuzas, siempre vigilantes.

-No traes buena cara- dijo Felipe-

-Ya-
-¡No será que andas dándole vueltas a cuanto echas de menos a alguien!
-leve sonrisa- No sé. Pon lo de siempre, anda.
-¡Sí Señor!
-Estás irónico o qué te pasa...
-Estoy preocupado Sergio, te conozco desde que eras una crío y es la primera vez que te noto destrozado.
-Estoy cansado. Sólo es eso. ¿Qué me quieres decir? Escupe.
-Esta bien. Creo que estos años de tantos cafés me dan la confianza suficiente para decirte que has metido la pata hasta el fondo con Teresa. Siempre supiste que con esa chica no se iba a poder jugar. Y moviste muy mal tus piezas.
-Tengo la sensación que todos creéis que me conocéis y estáis equivocados. Desde el primer momento que empezamos a salir, ella ha sido la que ha manejado todo, me tenía loco, que si hoy esto, mañana lo otro, me daba un miedo espantoso llevarle la contraria, pues sentí que esta mujer me calaría muy dentro. Eso me ha pasado desde el primer instante que la vi. No te digo ya, la primera vez que la tuve entre mis brazos. Ahí, supe que estaba perdido.
-Pues aparentabas todo lo contrario.
-Claro, por que no estoy acostumbrado a demostrar abiertamente lo que siento, que todo mi círculo supiera que estaba locamente enamorado de ella y que sigo. Y ahora es cuando todos me reclamáis...
-¡Eh, que yo no te juzgo! Simplemente me da pena. Creo que los dos estáis enamorados. ¿Entonces por qué no se lo dices?
-Ella tampoco me lo dijo. Bueno, se supone que me lo demostró. En fin que no sé, ni entiendo...
-Creo que tú te asustaste demasiado, y ella no supo esperar...Mientras, está pasando el tiempo y apuesto que Teresa también tiene el corazón roto y además no tiene ni idea de lo que tu sientes, por que tu gran problema es que nunca se lo dijiste.
-Puede ser, pero se ha ido y creo que ya es muy tarde.
-¡Por el amor de Dios! Hace dos o tres días que se fue. ¿De verdad crees que es tarde? Yo creo que tienes miedo a llamarla, a escucharla de nuevo, a reconocer que la amas, y a tener que luchar.
La juventud de ahora está muy mal acostumbrada, hasta para amar tiene que ser todo fácil. Sois muy cobardes y lucháis muy poco por lo que queréis.
-¿Llamarla? ¿A estas horas?
-Cómo si es a las cuatro de la madrugada.
-Y si no me contesta...
-Ese es un riesgo que debes correr-mientras seca un vaso-.Termina el café. Haz caso a lo que te digo, que si no me falla mi intuición, hoy hablarás con ella. Si quieres pasa al despacho que estarás más tranquilo. Y así voy cerrando.

Le temblaba todo, él la amaba. 
Navegó en la memoria de su móvil.
Apretó la tecla verde y esperó.

-Sí- contestó Teresa, después de varios tonos-
-Hola, ¿podemos hablar?

Teresa elevó los ojos al cielo, se apretó los labios, cerró el puñó, emitió un leve carraspeo.

-Sí, claro

Sergio respiró hondo y aliviado.

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