23 nov. 2012

Capítulo Dieciocho


Clara se levantó pronto para atizar la chimenea y así dar calor a un hogar triste. Sabía lo duro que estaba siendo para todos. 
Claudia hija, esposa, madre.
Siempre su liderazgo se había notado para bien o para mal pero estaba. Teresa había dormido poco como era habitual ya. Al llegar al salón miró como su abuela, con manos firmes y de rodillas, apilaba la leña. Teresa se había desvelado, no tenía sueño, sus sensaciones se agolpaban y eran extrañas, sentía como si el suelo se abriese al caminar, quería con pasión a Sergio pero no se fiaba. Se desahogaba con su abuela...y así dejaba de tenerse miedo.
-Qué estás dispuesta a entregar cuando os veáis de nuevo.
-Mi tiempo.
-Pues no dudes ni ápice de tu decisión. Escúchale y si tu alma vuela hacia él no te resistas.
-A veces creo que si hubieras tenido la oportunidad hubieras sido una gran psicóloga.
-O monja. Cuando era pequeña todas mis amigas del pueblo les tenían terror, sin embargo yo alucinaba con aquellas vestimentas, me llamaba poderosamente la atención aquellos fastuosos crucifijos que colgaban hasta el cordón que hacía de cinturón y que dejaban ver que debajo de aquellos hábitos existían en muchos casos una figura de mujer hermosa- gesticula con las manos como si las lavase con tesón- Sin embargo, con el tiempo me di cuenta que existían muchas formas de amar al prójimo sin semejante sacrificio. Y creo que no lo he hecho mal del todo durante estos años.

Alfred de Musset decía que: "El hombre es un aprendiz: el dolor es su eterno maestro"; es pues que Teresa aún se sentía una pequeña colegiala portando sus libros atados en una mano y un enorme dolor en la espalda.


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