7 dic. 2012

Capítulo Diecinueve

No quería un simple encuentro. 
Era la primera vez que le iba a dar un fin de semana entero para ella. No quería precipitarse. Debía encontrar el lugar inolvidable. Sabía que hablarían, que lloraría...que caería en sus brazos
No había nada más irresistible para ella que él. Incluso ahora mismo, planeando ese encuentro, se estremecía pensando que no iba poder aguantar. Que se acobardaría en el minuto uno cuando en el minuto dos se entregaría sin resistencia.

Si algo ofrecía Caluar, era hoteles donde pasar unos días; mucho de su encanto marinero atraía al turista curioso, de todas las partes y ese paisaje enamoraba al más entero, por eso repetían, así que la mayoría de las familias tenían o estaban vinculadas a un hotel o casa para veranear.

Pero buscaba algo más íntimo, más peculiar, algo que no se olvidase fácilmente. 
Y debía encontrarlo.
Seguro que su hermano sabría entenderla. El desayunaba.

-Necesito tu ayuda

-Lo que necesites Tere-dijo Simón-.
-Busco un hotel, discreto pero coqueto.
-¿Para cuándo? 
-Para el viernes. Para dos personas.
-¡Uy! Deja que piense. ¿Cuándo te lo tengo que decir?
-Esta tarde como mucho para hacer la reserva.
-Mientras estabas fuera abrió uno muy chulo en la parte alta del pueblo. Es casa, pequeña. Pero ya sabes sólo abre de fin de semana y puede que esté cogido.
-¿Quien lo lleva?
-No tengo ni idea, creo que es gente de afuera, que heredaron y reformaron...La casa era la de Cholo el Roxu, ¿te acuerdas de sus hijos?.
-No mucho la verdad. Ni del tal Cholo.
-Era amigo del abuelo de Rebeca. En fin un marinero. Sus hijos se fueron a la capital y cuando él murió no quisieron volver, pero sí sacar partido a la herencia.
-Me consigues el teléfono.
-Si señorita, a las dos de la tarde lo tengo. Y si quieres ahora por la mañana te la reservo yo si me viene el tema rodado.
-Sí vale, pero si no pudiera ser avísame al móvil para buscar por mí lado.
-¿Dos?-pregunta Simón con curiosidad-
-Ya tardabas en cotillear. -dijo con una sonrisa cálida-
-Es que llegas destrozada y ahora me pides un hotel, con esa luz en tus ojos.
-Teresa mira hacia otro lado para disimular su rostro-
-Ves-Dijo Simón-No puedes disimular, y tampoco me gustaría que lo hicieras. ¿Qué es para él?
-Y para mí.
-Me alegro Tere.
-Y yo Simón, y yo.

Suena un móvil, es el de Teresa.

En la pantalla Sergio.
Una vez más es un manojo de nervios. Pero le hace sentirse viva, deseada. 

-Hola.

-Ya sé que lo mío no es normal pero es que...
-Ya ¿Te echas para atrás?
-No, Teresa. Ya estoy aquí. No pude dormir. Necesito verte ya.
-¡Te has vuelto loco!
-Si quizás un poco. Pero tú me tienes loco. Esa es mi única verdad.
-Necesito una hora. Quedamos en el café de la plaza.
-De acuerdo. Te espero.
-Vale.

Sujetó el móvil con fuerza. 

Su pecho inhalaba aire a tal velocidad que se iba a desmayar. 
Casi no había desayunado. 
Casi no había asimilado la primera llamada cuando esta última la estaba volviendo loca y sólo por escuchar su voz.
¡Cuanto amor sentía que no la dejaba respirar!
Por eso no hay más ni mejor amor que el primero o el último.

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