28 dic. 2012

Capítulo Veinte

No podía tragar; tenía un nudo en la garganta. Siempre le ocurría cuando no estaba en calma, cuándo el ritmo de sus latidos se precipitaban hacía un compás enérgicamente estrepitoso.
Era demasiado para cualquiera.
Siempre lo tenía todo controlado. Pero este amor la descomponía.
Corrió a vestirse. Se puso lo primero que tenía a mano, sólo quería llegar. En nada estaría con él.
Ya en el coche pensó en alto

¿Qué haré, le abrazaré, le doy dos besos?
A quién quiero engañar, si no voy a poder resistirme...Si es que le necesito tanto que si le beso igual no me para nadie...

Bajaba en dirección a la plaza cuando se percató que llovía copiosamente, no tenía paraguas, ni había cogido abrigo, ni tenía frío...todo lo contrario era puro ardor.
Las semanas anteriores a su despedida no pudo ser la misma, no fue capaz de expresar con su cuerpo el deseo que por él sintió desde el minuto cero. Por eso ahora que se abría un claro entre tanta espesura su cuerpo anhelaba cada segundo el tiempo, que de obligado letargo, había dejado de lado su sensualidad. Le deseaba.

Consiguió aparcar a la primera en pleno centro de la villa y además en un día de mercado, parecía que la fortuna se ponía de cara.
Aligeró el paso
Entre la multitud le buscaba refugiada en sus gafas marrones. No le veía. Paró en seco en frente del café. Empezó a girar sobre sí misma despacio como una marioneta, examinando aún más despacio cada silueta. No estaba. ¿Dónde se había metido?

-Teresa ¿Cómo estás?
-Se giró, con una leve sonrisa infantil, y sus ojos buscaron desesperadamente aquellos ojos miel- Hola Ricardo.
-Se te ha puesto cara de desilusión, y además en un instante. Es como s¡ si hubieras visto al lobo feroz. ¿Esperas a alguien?
-Perdona, sí he quedado aquí con alguien pero no le veo.
-Pues no debería hacerte esperar ya que es tan afortunado.
-¿Afortunado por qué?
-Por que es capaz de hacer que una mujer como tú se esté empapando bajo la lluvia de esa manera.
-Si lo cierto es que me estoy poniendo perdida. No tardará
-Me alegro que estés bien, pero aún estoy esperando esa llamada.
-De momento no creo que ocurra. Lo que sí es cierto es que te estoy tremendamente agradecida por...
-Ricardo la interrumpió- No seas condescendiente, no somos nada aunque a mí me hubiera gustado. Espero que sepas lo que haces.
-Teresa gesticuló asombrada-Sí, tengo muy claro lo que quiero. Gracias otra vez por preocuparte. Te dejo que tengo prisa.

Teresa no se podía creer lo que acababa de ocurrir. Asombrada por el reproche del banquero. Se preguntó cómo pudo llegar a gustarle aunque fuera una décima de segundo.
Siguió reconociendo el terreno. Nada, no le encontraba.
Decidió refugiarse de la lluvia en el café. Entró igual que un perro, sacudiéndose el agua que chorreaba por su vestido. Se miró de refilón en el espejo de la entrada y se dio cuenta cuanto transparentaba aquella prenda.
Le encantaba la lencería negra era su debilidad así que el conjunto rojo y negro combinado con la lluvia le animó con desesperación a ir corriendo al baño e intentar arreglarse de alguna manera.
Pero su caminar se detuvo. Encontró aquellos ojos que tanto la conocían.
No buscó más.

Se miraron intensamente como sólo dos que se saben pueden hacerlo.

La gente pasaba por delante y ellos no la veían, mantenían la pasión casi sin pestañear aunque si éste aparecía era para invitarle a acercarse, para fundirse en un abrazo. Al igual que sus ojos su boca se abría tímidamente, inhalando bocanadas de aire que iban a parar a un pecho ritmico de deseo.

A Teresa le suena el móvil. Lo coge sin dejar de controlar. El se levantó del taburete sin dejar de mirarla. Ella se acercó a él lentamente. El pagó la consumición. Ella contestó.

-Diga
-Tere, ya tienes reservada la casa. Puedes pasar cuando quieras por el Bar Marítimo, que te darán un juego de llaves y te explicarán como llegar. Es muy fácil.
-Gracias hermano, no sabes cuánto te lo agradezco.
-Oye ¿vas a comer?
-No. Y será mejor que avises por mí que igual no aparezco estos dos días.
-Pero, ¿estarás? Ya sabes que mamá..
-Sí tú llámame para lo que sea.
-¡Ei tú!-dice Simón, con rin tin tin-
-Qué
-Te mereces ser feliz
-Lo estoy siendo.

Apagó el móvil.
Casi petrificada sintió a Sergio frente a ella tan cerca que su fragancia penetraba hasta sus entrañas.
Levantó la cabeza y siguieron mirándose.
El sonrió al ofrecerle el ramo de tulipanes azules que tanto llevaba esperando. Ella le ofreció una vez más su vida, su cuerpo debajo de aquel vestido rojo mojado.
Afuera, seguía lloviendo.

-








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