29 dic. 2012

Capítulo Veintiuno

Cogidos de las manos subieron la escalera de caracol que les llevaba a la planta de arriba.
El dejó la maleta en el suelo con suavidad, Teresa se soltó y caminó hacia la cómoda del pasillo en la que había un jarrón con flores frescas, hizo sitio y colocó los tulipanes azules; Sergio, no le quitaba ojo apoyado en el marco caoba de la puerta que llevaba a la única habitación con cama.
Al fondo una ventana por la cual entraba la luz dorada del atardecer que desaparecía ensombrecida por su figura y conseguía tal efecto que Teresa estaba aún más atrayente.
Sergio extendió su mano invitándola a acercarse.
Un temblor recorría todo su cuerpo, no lo duda marcha hacia él, sin dejar de observarse el uno al otro ni un sólo instante.
Teresa está tan cerca, que otra vez le embriaga su aroma, otra vez se siente aturdida.
Su boca se abre al placer de su respiración, sus labios secos de tanta espera ásperos de tanto tiempo, premian la humedad de su lengua, a la vez que acaricia su pecho clavando sus uñas sin compasión y con deseo. 
Ese beso, interminable placer que invita a seguir a olvidar y a seguir de nuevo. Sergio acaricia su rostro hasta el cuello jugando con los nudillos sin dejar de besarla.Teresa se estremece y se deja.
Su espalda, apoyada en la pared, es la única parte de su cuerpo que aún mantiene fría cosa que le gusta.
Pelea por salir de ahí.
Se balancea sobre el torso de Sergio en un amago de poder pero él la sujeta por las muñecas y levanta los brazos hasta colocarlos por encima de su cabeza. Teresa se quiere morir.
Roza con su labio su nariz, su frente, sus párpados, lame, chupa, muerde su oreja.
Insiste, una y otra vez...
Teresa huye de encontrarse con su boca pero levemente abre los ojos. El la estaba esperando; sabía lo que más le gustaba y se lo estaba dando.

-En la cama-suplicó Teresa
-Aún no.
Quiero que tiembles. Quiero que grites. Que no puedas más.-susurró-
-Por favor...
-No.

Soltó sus brazos. Teresa pensó que este preámbulo llegaba a su fin. Nada más lejos de la realidad.
De un brusco impulso, Sergio le quitó el vestido sin respetar ni un solo botón, al descubierto quedó su cuerpo con dos minúsculas prendas.

-Quita tú el resto- decidió Sergio-.

Teresa obedeció, segura de que el placer que él sentía era tan grandioso como su amor; desnuda ante él en cuerpo y alma.

-Acaríciate- le susurró al oído

Sergio se fue quitando la ropa mientras no apartaba la mirada de las manos de Teresa. En un principio había decidido alejarse hasta la cama para mirarla, pero se quedó cuando ella comenzó su peregrinaje físico.
Estar ahí, sentir lo mismo. Juntos.
Se sujetó contra la misma pared en la que ella tenía la espalda.
Agitada, jadeando cada vez más Teresa comenzó a palpar sus senos que aún se respingaban más con el roce de los anillos que llevaba; se mordía el labio con ardor cuanto más rápido las yemas de sus dedos rozaban su pezón, cuanto más se retorcía él más se mecía sobre ella frotándose. Llevaban la misma simetría al moverse. 
Los dos se miraron y se fundieron en otro beso eterno, placentero, sensual...
Teresa continúo su mandato a pies juntillas; era su doctrina. No había más mundo.
Teresa fue bajando la mano hasta llegar a su sexo pero esta vez no estaba sola; la mano sudorosa de Sergio dirigía cada acercamiento, cada caricia, cada intrusión en su foco de pasión.

-Sólo un poco más; enséñame cuánto me deseas. Grita; necesito escuchar tu delirio -dijo Sergio al oído-.

Ella no era dueña de su voluntad.
Se precipitaba hacia la cumbre más frenética ¡Cuánto había echado de menos tanto amor!.
Se resistía

-Te ansío tanto, Sergio. Pero, pero...-dijo jadeando al límite-
-No. No te reprimas, amor. Date a mí¡
-Soy tuya-gritó-

Sus espasmos se convirtieron en un armónico baile de placer inagotable. Sergio la eleva suavemente acostándola sobre la cama sin dejar de palpar su cuerpo. Daban vueltas sobre la cama, hasta que Teresa logró apoderarse del mando; se aupó sobres sus muslos quedando encima. Ahora ella guiaba, era la ama...cómo, cuándo, cuánto penetraría en ella sería un acertijo sin pronta resolución para Sergio. Eso a él no le importaba.
Teresa se alzaba y se dejaba caer suavemente una y otra vez, Sergio hundía su cabeza en la almohada resistiendo, sofocado, delirio puro; cada vez ella salía más, tardaba unos segundos en volver a entrar deseable, lasciva, dándole así la ocasión de subir la cabeza pidiendo compasión. Pero ella aún quería jugar, y  comenzó a mover las caderas en círculo, tajante, rápidamente, hundiéndose; él  mantenía el ritmo con sus piernas, abriéndolas y cerrándolas para sujetar así la espalda de Teresa.
Sin salirse, ella mueve primero una pierna y después la otra hasta tener a Sergio cerca, y le somete, apretándole con su muslo la cintura. El movimiento cada vez es más controlado; él besa incansable su escote, ella se apoya en sus hombros lo que le permite inclinar la cabeza hacia atrás. 
Ya no pueden más...los dos están decididos.

-Te siento
-Y yo a ti
-Te quiero tanto-dice Sergio-

Eso anima a Teresa aún más, ya no opone resistencia, ya no quiere frenarse, y se rinde al clímax.
Los dos caen rendidos en la cama.
Los dos se abrazan.
Ella contempla su paz en aquellos ojos miel que creía perdidos.
El, acaricia su pelo, golpea con el índice la punta de su nariz, y dulcemente se acerca al oído

-Gracias por amarme así -dijo emocionado-
-Me enseñaste el límite de la pasión, pero no me enseñaste a olvidarte Sergio.

Teresa se acurruca en su pecho abrigada por sus firmes brazos, suspira y brota de ella una lágrima.
Ahí estaba la esencia de la eternidad, justo ahí...
A su lado.





No hay comentarios:

Publicar un comentario