23 feb. 2013

Capítulo Veintidos


                                        
Se levantó cansada un día mas. No recuperaba el calor se había apoderado de Teresa un terrible abismo helado y desolador de absoluta soledad, orfandad.
Jamás hubiera imaginado tal desenlace, ni por una décima de segundo se le habría pasado por la cabeza que todo ocurriría como ocurrió...Lo que suponían como el comienzo de un ciclo se tornó en miseria emocional, oquedad pura y dura, terriblemente dura. Se quedó tan rota. Se quedaron tan solos.


                                   Semanas después

Claudia corrió las cortinas y rogó al cielo que sonara el teléfono de una vez su organismo se estaba deteriorando poco a poco al igual que su ánimo y su alma que se quejaba cada minuto. Juan se giró. Sabía que estaba cansada e intranquila, y llena de dudas. Quería animarla, pero hasta él perdía la paciencia, pero estaba seguro que todo saldría bien. Lo que no soportaba era verla así, sin ganas. Le animó a que se quedara acostada y que no dudara en que esa llamada de Madrid, llegaría...
-Pues relájate, despereza el alma y di a tu cerebro que pare un poco, es muy temprano, le dijo.
Se quedó en la cama por prescripción conyugal. Cerró los ojos y suspiró.
Juan bajó las escaleras jovialmente parecía un chiquillo se paró a pensar antes de entrar en la cocina. Tenía mucho miedo pero no podía demostrarlo. Alguno de los dos tenía que mantener la cordura o se hundirían. Salió al jardín y recogió un ramillete de flores entro en la cocina, puso la cafetera, sacó mientras la tostadora y la mermelada de manzana ácida que tanto les gustaba y cogió de la nevera mantequilla. Encima de la mesa estaban los seis frascos de pastillas que debía tomar Claudia y las colocó una a una en la bandeja, mantel, servilleta, cubiertos...Todo estaba como debía ser.
Sonó, un rin rin estridente; interrumpió con frenética inquietud el silencio de aquella casa. Claudia abrió los ojos asustada por el timbre del teléfono, aupó su débil cuerpo apoyándose en sus manos y sopló por su esfuerzo. Tuvo la corazonada que la llamada era de Adolfo.
-Me han llamado ahora mismo. Tenéis que estar mañana en Madrid.
-No me digas-esbozó una leve mueca de satisfacción- Que contenta se va a poner Claudia. Hace un momento estaba hundida y desesperada, Adolfo. 
-No me extraña nada. ¿A qué hora crees que puedes iniciar la marcha?. Ya os dije que iba con vosotros quiero hacer el seguimiento del proceso hasta después de la operación.
-Saldremos esta tarde, sobre las cinco.
-Bueno paso por tu casa, yo saldré esta noche. Es que tengo que hacer una visita a Marisa la de Enrique, y después arranco.
-Adolfo no sé como agradecerte todo...
-Por favor Juan, no sólo sois pacientes, lo sabes y además, igual acabamos siendo consuegros.
-Si ya nos hemos enterado de la buena nueva yo siempre lo dije...pero ya sabes que Simón desde lo de Rebeca...Me alegro Adolfo, mucho. Sofía es una hija para nosotros. Le subía el desayuno a Claudia le contaré todo.
-No incluyas el sedante en la toma diaria allí se lo darán y así su organismo lo aceptará mejor que si va tan dopada.
-Como tu digas aunque se pondrá nerviosa vale mas que esté despejada, tienes razón.
Subió por aquellas escaleras como alma que lleva el diablo pero gozoso con la noticia que le iba a dar. Abrió la puerta y ahí estaba ella sacando ropa del armario, para empaquetar en la maleta que abierta reposaba en la cama.
Así era ella apresurada y hermosa. Estaba bonita o así al menos la veía él. 
Tienes que desayunar nena!
-Pues desayunaré 
-Luego sigues. ¿Lo has oído todo, no? Nos vamos por la tarde.
-Cómo tu digas. Hay que avisar a los chicos. Querrán venir pero no les dejes, júralo. 
-Está bien. Lo conseguiré. Tendré que llamar a Simón porque no sé donde anda Teresa.
-Está haciendo su vida Juan no te preocupes, nuestra hija es sensata.
-¿Y ese cambio?.
-Yo sé cómo son mis hijos yo los crié-se miran y se besan-
-Desayuna. 
Ella quedó admirando el aroma de las flores de su jardín. Juan bajó de nuevo y ahí estaba Clara a quien contó las novedades. Resolvieron que ella se quedaría al frente del "rancho" que no era bueno a su edad hacer un viaje en coche de tantas horas e incómodo para su espalda y que sólo pondría más nerviosa a Claudia. Aceptó de buen grado todas las instrucciones de su yerno. Estaría pendiente de todo. De nuevo las escalares de madera crujían; los pasos lentos de la abuela que decidió subir a ayudar a su hija. Mientras Juan llamó a Simón.
-Perdona que te llame tan temprano es que han llamado de la clínica y nos vamos esta tarde.
-De verdad, que bien...¿A qué hora nos vamos?
-A las cinco pero tu madre no quiere que vengáis. Pasaros por casa a comer y hablamos. 
-Pero no va a estar conforme con no ir.
-Esperad a que la operen y después os acercáis.
Simón envía un mensaje a su hermana, explicando todo. 
Ella le responde que no irá sola que avise que pongan un plato más.
Clara, abrió la puerta de la habitación. Allí estaba su hija sentada en la mecedora saboreando la tostada como si fuera la última...
Su madre comenzó a llorar.







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