23 feb. 2013

Capítulo Veintidos


                                        Semanas después



Se levantó cansada un día más.  
No recuperaba el calor, se había apoderado de Teresa un terrible abismo helado y desolador de absoluta soledad, orfandad.
Jamás hubiera imaginado tal desenlace, ni por una décima de segundo se le había pasado por la cabeza que todo ocurriría como ocurrió...
Lo que suponían como el comienzo de un ciclo, se tornó en miseria emocional, oquedad pura y dura, terriblemente dura.
Se quedó tan rota...
Se quedaron tan solos... 


Su último baile.


Claudia corrió las cortinas y rogó al cielo que sonara el teléfono de una vez, su organismo se estaba deteriorando poco a poco al igual que su ánimo y su alma que se quejaba cada minuto.
Juan se giró.

-¿Te encuentras bien, cariño?
- Estoy tan cansada,..., no sé cómo acabará esto Juan.
-No te desanimes ya veras como pronto se arreglará. Iremos, te operarán, y estarás como nueva en un abrir y cerrar de ojos.
-¡Siempre has sido tan optimista con esto! Yo no lo tengo tan claro.
-Quédate acostada. Voy a preparar el desayuno y te lo traigo a la habitación. Estará listo en un periquete.
-No voy a decirte que no, realmente es lo único que me apetece, quedarme en la cama.
-Pues relájate, despereza el alma y di a tu cerebro que pare un poco, es muy temprano-saliendo por la puerta-.


Se quedó en la cama por prescripción conyugal.
Cerró los ojos y suspiró.
Juan bajó las escaleras jovialmente parecía un chiquillo, se paró a pensar antes de entrar en la cocina. Tenía mucho miedo pero no podía demostrarlo. Alguno de los dos tenía que mantener la cordura o se hundirían.
Salió al jardín y recogió un ramillete de flores, entro en la cocina, puso la cafetera, sacó mientras la tostadora y la mermelada de manzana ácida que tanto les gustaba y cogió de la nevera mantequilla. 
Encima de la mesa estaban los seis frascos de pastillas que debía tomar Claudia y las colocó una a una en la bandeja, mantel, servilleta, cubiertos...Todo estaba como debía ser.
Sonó, un rin rin estridente; interrumpió con frenética inquietud el silencio de  aquella casa.
Claudia abrió los ojos asustada por el timbre del teléfono, aupó su débil cuerpo apoyándose en sus manos y sopló por su esfuerzo tuvo la corazonada que la llamada era de Adolfo.

-Diga- pronunció ansioso Juan-
-Soy Adolfo qué me han llamado ahora mismo. Tenéis que estar mañana en Madrid.
-No me digas-esbozó una leve mueca de satisfacción- Que contenta se va a poner Claudia. Hace un momento estaba hundida y desesperada, Adolfo. 
-No me extraña nada. ¿A qué hora crees que puedes iniciar la marcha?. Ya os dije que iba con vosotros quiero hacer el seguimiento del proceso hasta después de la operación.
-Saldremos esta tarde, sobre las cinco.
-Bueno, paso por tu casa, pues yo saldré de Caluar, esta noche. Es que tengo que hacer una visita a Marisa la de Enrique, y después arranco.
-Adolfo no sé como agradecerte todo...
-le interrumpe- Por favor Juan, no sólo sois pacientes, lo sabes y además, igual acabamos siendo consuegros- carcajada-
-Si ya nos hemos enterado de la buena nueva, yo siempre lo dije...pero ya sabes que Simón desde lo de Rebeca...Me alegro Adolfo, mucho. Sofía es una hija para nosotros. 
-Lo sé. No te entretengo más. 
-Sí, le subía el desayuno a Claudia, le contaré todo.
-No incluyas el sedante en la toma diaria, allí se lo darán y así su organismo lo aceptará mejor que si va tan dopada.
-Como tu digas aunque se pondrá nerviosa vale más que esté despejada, tienes razón.
-Nos vemos entonces esta tarde, confirmo entonces con la clínica que dormirá allí hoy. 
-Gracias Adolfo.

Subió por aquellas escaleras como alma que lleva el diablo pero gozoso con la noticia que le iba a dar.
Abrió la puerta y ahí estaba ella, sacando ropa del armario, para empaquetar en la maleta que abierta reposaba en la cama.
Así era ella, apresurada, y hermosa...Estaba bonita, o así al menos la veía él. 

Tienes que desayunar nena!
-Pues desayunaré 
-Luego sigues. ¿Lo has oído todo, no? Nos vamos por la tarde.
-Cómo tu digas. Hay que avisar a los chicos. Querrán venir, pero no les dejes, júralo. 
-Está bien. Lo conseguiré. Tendré que llamar a Simón, por que no sé donde anda Teresa.
-Está haciendo su vida, Juan, no te preocupes, nuestra hija es sensata.
-¿Y ese cambio?.
-Yo sé cómo son mis hijos, yo los crié.
-Se miran y se besan-
-Desayuna. 
-Voy-mientras respiraba el aroma de las flores de su jardín-.

Juan bajó de nuevo y ahí estaba Clara a quien contó las novedades. Resolvieron que ella se quedaría al frente del "rancho" que no era bueno a su edad hacer un viaje en coche de tantas horas e incómodo para su espalda y que sólo pondría más nerviosa a Claudia. Aceptó de buen grado todas las instrucciones de su yerno. Estaría pendiente de todo. 
De nuevo las escalares de madera crujían, los pasos lentos de la abuela que decidió subir a ayudar a su hija.
Mientras Juan llamó a Simón.

-Hola papá-sin casi dejar que suene el móvil, Sofía aún dormía-.
-Perdona que te llame tan temprano, es que han llamado de la clínica y nos vamos esta tarde.
-De verdad, que bien...¿ a qué hora nos vamos?
-A las cinco, pero tu madre no quiere que vengáis. Pasaros por casa a comer y hablamos. 
-Avisa a tu hermana, que no sé donde está.
-No te preocupes yo la aviso. Pero no va a estar conforme con no ir.
-Esperad a que la operen y después os acercáis.
-Vale, hablamos papá.

Simón envía un mensaje a su hermana, explicando todo. 
Ella le responde que no irá sola que avise que pongan un plato más.

Clara, abrió la puerta de la habitación. Allí estaba su hija, sentada en la mecedora, saboreando la tostada como si fuera la última...Su madre comenzó a llorar.

(Continuará)





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