24 may. 2014

Capítulo 24


La tarde estaba agradable, cálida. 
Teresa tenía frío. 
Las horas no pasaban. El tiempo se había detenido.
Su cabeza no cesaba de dar vueltas. 
Ya era de noche y ni una llamada. 

Decidieron quedarse en casa a dormir. 
Incluso Clara, vio con buenos ojos que Sergio pasara la noche allí, acompañando a Teresa. No era una opción muy bien vista por Claudia, pero como dijo su abuela:

- Hoy mando yo, así que estoy de acuerdo que se quede. Además os vendrá bien hablar. Aún tenéis mucho que deciros.
-Abu, tengo frío.
-¿Quieres que te prepare un té con leche?.
-No estaría mal
-Lo haré para todos.
-Yo le ayudo.-dijo Sergio soltando la mano de Teresa.-
-Gracias, hijo. ¡Qué alto eres!-afirmó con ironía Clara-
-Un poco, es que comí muy bien de pequeño. Mi abuela cocinaba muy bien.
-¡Ay, que tendremos las abuelas que con nuestro aliento hacemos la crianza más llevadera!.
-Abu, te quiero-dijo Teresa emocionada
-Y yo güelita- dijo Simón

Todos se rieron a carcajadas. Se olvidaron por un segundo que ya eran las once de la noche y nada.

De nuevo suena el teléfono, esta vez el de casa. 

Silencio

Era Sofía que había ido a por el neceser a su casa. Lloraba. La cara de Simón se había puesto pálida. Al otro lado del aparato se oían las voces de Sofía reclamando atención pero a Simón se le iba escurriendo de las manos el teléfono. Miraba al cielo. Sergio que venía de la cocina con la bandeja repleta de tazas con sus platos, y el dispensador de azúcar, la apoyó sobre el escritorio donde estaba el teléfono. Cogió al vuelo el auricular, y se lo puso al oído.


-Sofía, no te entiendo nada. Soy Sergio. Habla más despacio, por favor.
-Han tenido un accidente muy grave. Me llamó papá. Está yendo para el lugar. Al parecer un conductor invadió su carril. No sé nada más. Es terrible, no sé qué más deciros.
-Ven para aquí. Trataré de explicar lo que pasa. Pero necesitaré tu ayuda Sofía. Ven ya.
-Sí, sí enseguida voy.
-¿Dónde está Simón?
-Acaba de salir por la puerta. Le veo por el camino.
-Ya voy. Esto es...
-Sí, sí que lo es...

Sergio, colgó el teléfono y se volvió, Clara y Teresa, estaban de pié a su lado. Inmóviles. Atentas. Expectantes. 

-Era Sofía.
-Eso ya lo sé. ¿Qué ha pasado? -dijo Teresa-.
-A medio kilómetro del hospital, al parecer, un coche...
Cuadro de Luis Laria. 
-¿Están muertos?-preguntó Clara. Teresa empezó a llorar sin dar crédito a lo que estaba sucediendo.
-Sofía no sabe. Su padre llamó. Iba para el lugar del accidente. Aún...
-Están muertos. Lo sé.-dijo Teresa.

Clara se desplomó. No hacía falta confirmaciones, Clara llevaba meses inquieta, desordenada, preocupada, sin saber que significaba ese presentimiento, ese latir. Ahora lo tenía claro. Había perdido a su hija y a su yerno de un solo plumazo, y cuando menos se lo merecían por un disparatado juego del destino, la madre enterraría a una hija, y como abuela consolaría a unos nietos y éstos seguirían con rabia su vida, vacíos, sin el refugio de sus padres.

Simón regresó a casa de la mano de Sofía; al salir de su casa lo vio deambulando por el pueblo sin sentido. Hasta algunos del lugar pensaron que se había tomado algo, estaba ausente. Ni siquiera había contestado a Bernardina, que seguía "viéndolas pasar" sentada en el banco de la Iglesia, por si ocurría algo, para estar enterada...Y sí que pasaba. 
Todo el pueblo se enteraría en pocas horas.

Ya de madrugada picaron el timbre. Era Jacinto el Jefe de Policía. Venía uniformado y al abrir Sergio, se quitó la gorra. No era portador de buenas noticias y confirmó lo inevitable.

- Al parecer el otro vehículo maniobró bruscamente hasta colisionar con el coche de Juan- explicó Jacinto.
-Era un buen coche-afirmó Simón.
-Sí, lo sé hijo, pero el coche de tus padres apenas tiene abollones, ha sido más bien el golpe que los cuerpos recibieron...el impacto. ¿Me entendéis?. Lo extraño es que vuestra madre no llevaba el cinturón de seguridad puesto y eso...
- No quiero seguir escuchando.- dijo Teresa, se levantó del sofá- ¿Me estás diciendo que el cuerpo de mi madre salió despedido? ¿Que se me murió tirada en la carretera? ¿Y mi padre, qué fue de él?
- Sergio y Jacinto, también se levantaron y sujetaron a Teresa, amenazante y desquiciada.
-No tenemos aún todos los detalles-Jacinto se quedó de pie, mientras Sergio, sentaba a Teresa de nuevo- Aún están los peritos forenses analizando al detalle la escena del accidente. También está Adolfo...
Yo sólo venía a comunicaros lo que sabemos y a deciros que es una lástima. En cuanto sepa más regreso. Si necesitáis algo por favor, no dudéis en pedírmelo. Estaré toda la noche en la comisaria.
-Gracias Jacinto. Y disculpa a mi nieta.
-Por Dios, Señora Clara, no hay nada que disculpar y de nuevo me ofrezco para lo que necesiten.

Fue Sofía la que esta vez se levantó a acompañar a Jacinto a la puerta.

-Señor, ¿Sabe algo de mi padre?
-Sí, está muy afectado. Y fue el primero en atender a los afectados.
- Pero, ¿es que hay más víctimas?
-Sí, una tragedia. El coche impactó primero con Juan y Claudia y luego se llevó por delante a una pareja que circulaba en moto. Hay cuatro fallecidos. 
- Por Dios Santo, ¿y el que provocó el accidente?
-Ese ha dado positivo en el control de alcoholemia. Iba muy borracho.
-Esto va ser muy difícil de superar. Iban a Madrid para la operación de Claudia. Había muchas esperanzas y mire usted.
-La vida es tremenda, nunca sabes dónde la tienes. No es justo. Intenten descansar. Yo iré avisando en el pueblo. Aún les queda lo peor.
-¿Cuando creen que llegarán?.
-Imagino que mañana por la noche ya estén aquí o antes. Su padre es muy conocido e igual puede agilizar los trámites del traslado. Vayan preparando todo. Y una vez mas. Lo siento enormemente. Juan era...
- Lo sé Jacinto, lo sé.

Sofía, cerró despacio la puerta, para no hacer ruido. Teresa lloraba sin parar en los brazos de Sergio. Simón ayudaba a su abuela a subir las escaleras para que se echara un poco. Después del desmayo tenían miedo que su espalda se hubiera resentido, pero era dura, muy dura a pesar de todo. 

-Hijo, tienes que intentar recuperarte . Ya has pasado por esto. Promete que vas a llorar, gritar, lo que necesites...pero saca fuera cualquier sentimiento, no lo enquistes, mira lo que te pasó con Rebeca, casi te lleva al abismo. No es forma de morir, son tus padres, es tu mamá y siempre estará contigo. Llora hijo, llora. 

Simón se acurrucó en la cama donde tantas veces lo hizo con su madre. Donde tantas veces entre él y Teresa habían logrado echar de su sitio a su papá para quedarse toda la noche durmiendo con ella, donde siempre sintió refugio, donde tantas veces su madre le explicó la vida, donde tantas veces le leyó libros, donde tantas veces Simón le confió que le gustaba una chica. Simón se acurrucó en los brazos de su abuela que tantas veces envolvieron a su madre, y en los brazos que acunaron a su madre y se sintió niño por última vez.

Por la ventana abierta del salón se empezó a notar como aumentaba la lluvia por segundos. Aquella humedad pegajosa se apoderó del amanecer  como el llanto en aquella casa, sin previo aviso.
Teresa se adormiló en el sofá. A sus pies sosteniendo su sueño, Sergio. Se estaba portando. Ninguno de los dos imaginaban ese futuro incierto que se cernía sobre ellos. Ahora se amaban, era lo único.

A las ocho de la mañana todos estaban listos de negro riguroso. No por tradición si no por que sus ánimos no les dejaba usar otra vestimenta. El negro no lo sentían como un luto era tan práctico que asustaba, que incomodaba.
Sergio era el único que no disponía de ropa y la de Simón le quedaba un poco ajustada,  así que decidió bajar al pueblo a por algo una chaqueta, una corbata algo que le ayudara a sentirse un poco mas cerca de la que ahora sentía como su familia; poco encontró y tardó bastante.

Aunque los cuerpos de Juan y Claudia aún no habían llegado, la familia decidió trasladarse al tanatorio. Allí esperarían el traslado e irían recibiendo a familiares y amigos avisados muchos de ellos por el Jefe de Policía.
Simón conducía mecánicamente sus manos temblaban. 
La peregrinación silenciosa por el pueblo, aunque era muy temprano, era seguida por varios vecinos agolpados en la Iglesia leyendo la esquela, se giraban para ver pasar el coche de Simón con todos dentro. 

Clara dirigía su mirada hacia el puerto marinero los pequeños barcos en hilera le hizo recordar cuando su hija correteaba por la acera, jugando con barandilla blanca, enumerando  " Uno, dos, tres, y mil", diciendo los colores, buscando nasas, siendo una niña feliz, riéndose, como se debe ser. 

Teresa no había dicho ni una palabra desde que se enfrentó extenuada a Jacinto. Sólo lloraba sin dar crédito a lo que estaba pasando. Necesitaba verles, quería entender esta nueva realidad, concebir esta pérdida dentro de la lógica de la vida, asumir que no estarían en su futuro, que se habían ido juntos, estaba decidida a darles un beso en la mejilla se pusiera quien se pusiera delante ella abriría los ataúdes, y también quería que se les incineraran y reposaran juntos como buenos amantes, juntos toda la eternidad, por los siglos de los siglos amén. 

Son las cuatro de la tarde. Ahí llegan.










































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