2 jun. 2014

Capítulo 25


...
Dos coches fúnebres entraban lentamente por el portón principal del tanatorio dirigiéndose al garaje.
Teresa miraba por la ventana de la sala de espera. Los ataúdes iban escoltados por una corona de flores a cada lado, dejando ver algo de la madera del féretro. El funeral estaba previsto para las seis de la tarde ya que habían decidido hacerlo cuanto antes se permitiera, no querían alargar la agonía de Clara, para ella era horrible saber que su única hija estaba ahí encerrada y muerta; por supuesto el sentimiento era idéntico hacia Juan. 
En la capilla se oficiaría un responso breve, sosegado. 
En la sala para familiares se escuchaba ajetreo tras la mampara; los operarios estaban haciendo su trabajo. Las cortinas se abrieron y ya reposaban juntas los dos cajas rodeadas de numerosos ramos de flores que habían ido llegado. Se abrió una puerta contigua que daba a la sala.

-¿Son los familiares del matrimonio Blaquez-Mer?- dijo con voz suave una joven uniformada de azul.
-Sí, son mi hija y mi yerno. Los padres de...
-Interrumpió la joven-Sí, entiendo. 
En primer lugar, les acompaño en el sentimiento. Y en segundo lugar, aquí les entrego las notas que acompañan a los ramos de flores, y varias hojas de informes que necesitamos que nos firmen. Entendemos que es un momento delicado pero precisamos esta información. 
-De acuerdo, no importa.-Simón se hizo cargo.
-¡Quiero ver a mis padres!-impuso Teresa.
-Nosotros aconsejamos lo contrario, y en tal caso se les permite entrar diez minutos antes de que partan los féretros para la capilla y no...
-¡He dicho que quiero ver a mis padres!
-Cielo, será mejor que les recuerdes cómo eran.- interrumpió Sofía-
-Quiero verles ahora y me da igual las normas y pamplinas.
-Un momento, lo consultaré pero ya le digo que no son las normas.

Sergio se acercó a Teresa y cogió sus manos.

-No puedo imaginar por lo que estas pasando, entiendo que no lo entiendas, pero el mundo no tiene la culpa, Tere.
-No me digas eso. Un maldito borracho se ha llevado por delante a mis padres cuando albergaban la mayor esperanza en muchos años. Eso sí que es ordinario, desconsiderado y poco caritativo. Ese tío fue un caníbal que les comió la vida. Así que no me vengas con que soy grosera, me da igual. Quiero verles.
-Lo sé. Tienes toda la razón. 

Simón se acercó, la puerta se abría y la joven regresaba al velatorio.

-Les comunico que sólo dos familiares podrán entrar cinco minutos. 
-¿Abuela?-pregunto Teresa.
-Hijos; ¿Estáis seguros?. 
-Sí.- contestaron al unísono.
-Pues id. Yo no lo necesito.

Así lo hicieron. 
Pasaron al otro lado. La joven volvió a cerrar las cortinas para respetar la intimidad de su decisión. Primero levantó con pulcritud la tapa del ataúd del padre. Simón rompió a llorar roto, sin aire. Le sostenía Teresa, que siempre había odiado las demostraciones plañideras, pero que hubiera dado todo por llorar así y no aguantarlo dentro. 
Los dos se acercaron y le dieron un beso en la frente a su padre. Estaba frío, helado. Suena macabro. Era pura tristeza.
Siguieron con el ritual y tras sellar de nuevo el ataúd, la joven se dispuso abrir el de Claudia.

-No sé si saben las circunstancias del accidente. Les advierto que su madre, fue la más afectada de los dos. Me han dicho que se lo comunique antes de abrir la caja.
-Está bien, nos hacemos cargo-Dijo Teresa.

Así fue. La joven destapó; ahí estaba Claudia. 
Su rostro estaba amoratado, lleno de cardenales. Evidencias de un golpe terrible. Así todo su cara estaba marcada por una leve mueca de descanso. Como si eso fuera lo que su cuerpo necesitase reposar eternamente.

Por la mejilla de Teresa, rodaron dos lágrimas. Sólo dos.

Salieron del habitáculo abatidos, impactados, tristes, sin habla. 
Las horas fueron pasando. Recibieron a muchos vecinos, conocidos, parientes que enumeraban las bondades, humanidad, lo amistoso de cada uno de ellos. Cuanto les echarían de menos, les hablaban de que ya nada sería igual en el lugar, que era un golpe muy duro...Así hasta la saciedad. Lo que ocurre siempre en estos casos. 

De nuevo se abrió la puerta para avisar a la familia que en quince minutos procederían a llevar los féretros a la capilla.

¡Ya se acaba todo!

Todo fue ligero: el rezo, la incineración. 
Todo demasiado pasajero, inevitable.
Teresa espabiló; hasta ese instante había estado en una nube sola, con la mirada perdida, esquivando aquel follón teatral.
Y fue entonces cuando se dio cuenta que ya no les escucharía mas, que no les abrazaría mas, ningún beso más. 
No se  tocarían, no estarían más. 
Fue entonces cuando se dio cuenta que echaría de menos sus cuerpos, las personas, su posición en la casa, en el sofá, en el dormitorio, en su vida.

Somos materia con sentimientos, no somos bolsas, ni ropa, ni armarios. No somos etéreos, existimos. Ocupamos un lugar en el mundo. 
Descubrió su mayor sentimiento de orfandad empezando por reconocer eso, que nunca volverían a verse. Duro, muy duro. 






























2 comentarios:

  1. Qué bien escribes, guapa. No abandones la historia! Besote!

    ResponderEliminar
  2. Gracias por estar ahí y acompañarme en el mundo creativo...y no, no abandonaré...Bss

    ResponderEliminar