20 feb. 2018

Capítulo veintiocho


Era un día de noviembre del año 1941.
Nacho apilaba la madera recogida durante la semana para venderla. Este día no tenía el carro tirado por bueyes de Pinón, su vecino, por que había ido con el a una feria así que tocaba bajar más de quince kilómetros con la madera a la espalda. Estaba acostumbrado y no le quedaba más remedio si quería tener cuatro perras para alimentar a su hija y a su mujer. Era joven así que el esfuerzo sería recompensado con una buena taza de leche de la vaca escuálida que tenía Mariano, al volver.
A él, no obstante le gustaba caminar aunque el peso fuera extremo, respirando el olor de los eucaliptos que abundaban en el camino abriendo así sus bronquios. El tiempo escondido durante la guerra, y los frío gélido de aquellos inviernos le traían muchos problemas respiratorios aunque no le quitaban la fuerza.
A Luciana su mujer, no le gustaba nada que bajase sólo. Decía que aún quedaban locos rencorosos por los bosques que encontraría a su paso y que a él siempre le habían tenido en el punto de mira por aquel robo en la Iglesia cuando se había juntado con la peor calaña del pueblo pero que él creía en aquellos hombres y en su momento los justificó, la guerra es así.
Nacho-que así le llamaban- se reía, y le decía:

-Ya han pasado años, y el párroco hizo saber a todos y todas que ya estoy en el camino del perdón.  Mujer, ¿quién se va acordar de aquella insignificancia con todos los muertos y muertas que hubo en esa maldita guerra de hermanos?
-No han pasado tantos años. Y queda mucho dolor. No lo sé, pero a mi se me pone un nudo en el pecho cuando te vas.
-Calla, y tate tranquila que volveré-y se fue guiñando un ojo a su amor de siempre.

Empezó el camino.
El cielo amenazaba lluvia y abundante, pero lo peor era el aire. Ese que se te mete por todo los huecos de la ropa sin pedir permiso, ese que no anuncia calma.
Por el camino se encontró con varios conocidos de otras aldeas colindantes a la suya, paraba poco por que no negaba que pesase el atado de madera, aunque mostraba interés por los quehaceres diarios de sus vecinos y así aprovechaba a atusarse la mata de pelo que llevaba debajo de la boina y proseguía el camino, aún quedaban una larga caminata y volvería ya cuando el día muestre sus últimos coletazos de luz a por esa taza rica de leche...
Los caminos hacia el pueblo grande habían mejorado, ya no habían tanto grijo del río que bajaba con gran caudal ni piedras ya que el gobernador de zona había decidido asfaltar medio tramo de carretera, y empezarían con la otra mitad al llegar la primavera. Hubo polémica a cuento del dinero invertido en esa mejora y se supo que el "mismísimo" Comandante en Jefe de la Nación había decidido limpiar mucho por allí y lo que él mandaba así se hacía, no en vano estaba casado con quien estaba casado...así que en breve Nando caminaría sin clavarse nada en las suelas. A veces algún coche subía por la carretera sinuosa, asombrando a todos los que veían esos vehículos a semejante velocidad, a Nacho le encantaría poder dar un paseo a Josefina su pequeña y enseñarle cosas, pero el trabajo de la tierra daba para sobrevivir y no para fantasear, algún día su hija viviría mejor que él, con eso se quedaba, por el momento llegar a la serrería y ganar unos cuartos para comprar lo básico y si le quedaba algo un dulce para la niña de sus ojos era su meta. Josefina sólo tenía 4 años y bastante era que hubiera nacido en plena guerra civil y estaba criándose.
Hizo un alto en el camino para beber agua sin quitarse el atado de la espalda, y también aprovechó para estirarse hasta que sonara las vértebras, y al lenvantar los ojos vio la entrada a la villa.
Le quedaba poco. Pasaron volando unos pájaros a todo lo que daban sus alas. Pensó-Alguien está cazando y se asustaron los bicharracos-.
Bosque de Muniellos

Y así era.

El capataz de la serrería se las daba de ricachón y lo era. Había luchado en el bando Nacionalista y siempre fanfarroneaba de todos los rojos que había logrado matar por la causa y que sabía perfectamente quienes eran, "memoria de elefante" decía tener, mientras en el bar se tomaba una pinta de vino a salud de los presentes, y siempre ponía más monedas de la cuenta encima del mostrador para que se tomasen una a su salud.
Las gentes del lugar así lo hacían mientras jugaban a las cartas o al dominó y le miraban de reojo, más valía hacerle caso-pensaban- para no tener el cañón de la pistola que mostraba nada más desabrochar la chaqueta para meter la mano en el bolsillo del pantalón, en la sien en menos que cantaba un gallo; la suerte de todos es que en cuanto el cura se enteraba que Serafín llegaba, bajaba como alma que lleva el diablo-ya que a veces también la Iglesia se aliaba con el del infierno- para serenar la presencia de tal personaje. Pío, que así se llamaba el cura, se sentía responsable de todos vecinos, era muy querido y ayudaba en todo lo que podía para mantener la paz, una paz pobre y con harapos, pero paz al fin y al cabo.

Nacho alzó la vista hacia el monte, divisando a un hombre con un rifle que apoyaba la pierna en una roca para asegurarse el equilibro y que supo enseguida que era Serafín. Dio unos pasos y volvió a mirar y esta vez no tenía el rifle bajo, si no que le apuntaba a él.
Se quedó clavado al suelo pensando en qué hacer, no debía acobardarse ni tenerle miedo por que si Serafín lo quería matar allí mismo, sin testigos y arropado por la lluvia incansable que caía, así lo haría, nadie le iba a detener...
Así que decidió mirar al frente, sin bajar la cabeza a pesar del dolor del cuello y caminar sin dejar de mirar a la entrada de la serrería. Le quedaba muy poco, estaba ahí y estaría a salvo...o eso creía él.
Su paso fue todo lo ligero que le daban las piernas y llegó con el rifle clavado en la nuca, pero llegó.
Posó el atado para que los empleados tomaran exacta cuenta del peso y le dirán las pertinentes monedas -siempre había dicho que la báscula estaba trucada- tomó el aliento y contó el montante. Ahora bajaría a por los recados que Luciana le había escrito en un trozo de papel, se tomaría una pinta de vino y comería lo justo para recuperar las fuerzas para retomar lo andado, mientras a la espalda dejaba su destino...
Emprendió el camino de vuelta con el soniquete de ya pocas monedas en su chaqueta de pana. En sus manos llevaba un paquete de caramelos de fresa para su hija y silbaba una canción popular al ritmo que sus pies seguían las notas a paso ligero, frenaría más adelante sin remedio...
También se preguntaba que habría sido de Serafín, que desapareció cuando él entró en la serrería, habría visto otra presa más apetecible que llevarse por delante, pensó.
Pero no, Serafín había maquinado algo perverso, típico de un cacique como él...

-¡Prepárame el coche que voy a salir- le dijo a Braulio, un soldado que se trajo del frente, cojo y sin familia y que lo mismo le daba todo que todo le daba lo mismo-
-El coche está listo desde ayer, Señor. ¿ Quiere que vaya con usted?
-Esta vez no. Tengo un asunto que resolver-le dijo rascándose la barbilla.
-Y mañana me afeitas
-Sí, señor.

Se montó con agilidad y arrancó el motor. En el asiento del copiloto llevaba su rifle y una caja de balas-

-Señor, perdone que me meta. ¿Qué va a esperar por el jabalí?
-No. El jabalí está esperándome en el camino-y le miró

Braulio supo que iba rematar a alguien. Mañana se enteraría.
Nacho ya había adelantado le quedaban unos dos kilómetros para llegar a la vera de los suyos. Ya tenía los pensamientos calmados cuando decidió cambiar de lado ya que se acercaba un coche. Le pareció raro que a esa hora de la noche hubiese alguien por el camino pero no le dio más vueltas a la cabeza.
Los faros se acercaban rápido casi lo tenía a una curva, y por un momento creyó que se había parado. Serafín ya le había visto y frenó el coche. Bajó la ventanilla cargó el rifle y valoró la distancia.

-¡Aún está lejos, este desgracio!- pensó.

Así que volvió a dejar todo en el asiento. Esta vez aceleró para alcanzarle. Tanto que en un minuto se puso a su lado.
Nacho se sobresaltó al mirar dentro del coche.

-Si quieres te llevo- le dijo Serafín tras bajar la ventanilla mirándole fijamente a los ojos.
-Ya no me queda casi que andar-a Nacho le temblaba la ropa y se dijo "de esta no salgo".
-¡Pues si no quieres subir, camina delante de mi!- le ordenó Serafín, cambiando de comisura el palillo que llevaba en la boca.
Nacho hecho andar rogando a la vida que pasara delante de él. Pero no. Esta gente todo lo hacía por la espalda tenían la sartén por el mango siempre y ejecutaban a cualquiera de la forma más ruin e inimaginable. El sonido del río se metía por los oídos de Nacho, podía ser una vía de escape-pensó- pero tampoco, le pegaría un tiro antes de llegar vivo abajo...correr es de cobardes-se dijo- así que su paso era sereno esperando el desenlace en manos de ese mezquino.
El sonido del motor también se le metía por los oídos, al igual que imaginaba la risa de su mujer y de su hija, el mugir de la vaca, los cantares de las fiestas de verano...
Lo sentía todo tan adentro.
Y también sintió como el coche aceleró y cómo su piernas se requebrajaron del golpe y también sintió como se quedó tirado en el suelo mirando fijamente a los faros traseros de aquel coche que estaba dando para atrás para rematarlo.
Nacho dejó de sentirlo todo y se quedó en el suelo, muerto pero con los caramelos que llevaba para la niña de sus ojos apretados en el puño.
Serafín, después de tal hazaña, condujo hasta el pueblo...
Asomada al balcón estaba Luciana, pues le parecía que su marido tardaba. Al ver el coche se sujetó con fuerza para no caerse.
El se bajó del coche.

-¿A quién esperas asomada? ¡Vas a enfriarte!-le dijo con su antebrazo apoyado en el techo del coche.
- A mi marido. Bajó esta mañana a vender la madera de los pinos.

El la miró fijamente con dominio, con poder. Ella se apartó del balcón por que se estaba orinando encima de puro miedo.
Serafín sacó unas monedas del bolso y las tiró en el quicio de la puerta de la casa. Caminó lento para entrar de nuevo en el coche mientras encendía un pitillo.

-¡Ahí te dejo eso. Lo necesitaras. El no volverá!

Arrancó el coche y se fue.
Luciana bajó corriendo y empezó a gritar. Un grito que despertó a sus vecinos. Todos bajaron a buscar a Nacho y todos encontraron a Nacho muerto.
Y todos le subieron al carro de bueyes y Pío le dio Santo Entierro.
A Bárbara le había contado siempre esa historia su abuelo Isaac que se casó con Josefina, con el pañuelo en la mano y secándose las lágrimas.
Había crecido sintiendo su dolor su rencor sentimiento nocivo para el alma.
Josefina creció sin su padre y su madre, Luciana había caído en semejante depresión que moriría de pura tristeza cuando Josefina tenía diez años.
El pasar de los años no curó esa herida.
Y Bárbara ahora sentía que a través de Sergio familia directa de Serafín tendría la justicia que se mereció recibir su abuelo asesinado.

También la familia de Teresa vivió trágicos momentos un abuelo muerto, una niña sin padre, una esposa sin marido...pero la vida regaló después a Clara, canas que peinar y la historia no es igual pero se parece siempre es con la lupa que la vivas 



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