28 feb. 2018

Capítulo veintinueve


El quemazón que liberaba del cuerpo le hacía revolverse en la cama le impedía engañar a la consciencia para acariciar el sueno reparador, lo necesitaba. Su ensoñación llevaban días rondando, necesitaba que su mente parase y descansar. Deseaba estar impecable en la boda de su nieto que sería en unas horas. Pero antes tocaba recordar a sus hijos, ¡Un año ya!-se decía mientras apuraba su desayuno- Clara intuía algo pero, qué. Sólo sentía ese calor abrasador en su piel.
Teresa ultimaba todo. Las manillas del reloj se acercaban a las once cuando se  se oficiaría la misa por sus padres. Todos estarían allí en la Iglesia del pueblo donde a las seis Simón y Sofía unirían sus almas, su vida y su amor para siempre. Se le agolpaban los sentimientos y los recuerdos y se le encharcaban los ojos de dolor. Iría a por su abuela y por Adolfo en el coche. Necesitaba silencio. Los demás irían por su cuenta.
Clara se sujetó con fuerza a los brazos de Teresa y Adolfo para entrar, se sentía mal nerviosa, angustiada incluso con un poco de terror, 

-¡Me estaré volviendo loca!- dijo-
-¿Qué pasa abu?
-No lo sé. Llevo días preocupada-Adolfo y Teresa se miraron.
-¿Será la tensión?-dijo Adolfo-En cuanto estés sentada te la miro.
-No tranquilo, no es nada de eso. Es como una intuición de algo extraño.
-¿Extraño? ¿Cómo qué? Mira abu, no me asustes que hoy no es el día
-No hija, no quiero eso...se me pasará.

Le recorrió un escalofrío por la espalda que le hizo tambalearse, Clara se sentó con rapidez y comenzó a llorar.
Había dos centros de flores que más tarde Jacinto el jefe de policía acercaría al cementerio por petición de Clara, ya que todos debían prepararse. Los bancos se llenaron enseguida por amigos, vecinos y curiosos del pueblo y corriendo por el pasillo central se acercaban los futuros novios, que se sentaron precipitados por su retraso. Justo las once. De la sacristía salía Damián el nuevo párroco llegado hace un año de Algeciras. Su acento era muy significativo y sonoro. Al principio a los feligreses les chocaba pero tenía un don de gentes casi divino, y enseguida le aceptaron. Teresa lanzó una mirada atrás vio la Iglesia llena, elevó la mirada al coro y ahí estaba Vicente al organista, incombustible a sus ochenta años, gran amigo de la familia y sobre todo un enamorado más de su abuela Clara
De pronto su mirada se posó en un banco, no se lo podía creer. Era Sergio. 
Teresa giró rápido y nerviosa su cuello para mirar al altar. Su corazón latía precipitado por que una cosa era lo que su cerebro le decía y otra lo que ella sentía aunque lo negase.
Tres cuartos de hora más tarde el recuerdo a sus padres había finalizado y de nuevo la gente se acercaba a expresar su sentimiento de pesar por su fallecimiento en trágico accidente. 
Su abuela estaba abrumada así que casi con descortesía, Adolfo y Teresa dicidieron sacarla pronto del templo; y vieron a Jacinto acompañado de Damián meter los centros de flores en el asiento de atrás del coche policial.
Todo estaba saliendo como estaba planeado.
Teresa se vio sola por un instante pues su abuela saludó a varias personas en el pórtico.
Sintió una mano en su espalda. Tembló.

-Tenía que venir- dijo Sergio
-Te lo agradezco. Así ya estas aquí para la boda. Me alegro mucho por tu nuevo trabajo con Simón
-¿Cómo estás?-acercándose a ella-
- Teresa tragó saliva y dio un paso atrás- No lo sé, siento que todo esto no es real. Es como un mal sueño -le estaba pidiendo con un grito silencioso un abrazo
En ese momento de miradas cómplices, Sergio la tomó de las manos...
 -Teresa- dijo Ricardo que llegaba en ese preciso momento y se abalanzó hacia ella abrazándola, obligando a Sergio a alejarse unos centímetros...
-No he podido llegar antes, ya sabes el trabajo a veces es...- girando la cabeza, mientras mantenía su brazo en los hombros de ella y mirando a Sergio
-Ricardo te presento a Sergio.
Se saludaron con un apretón de manos y con un silencio incómodo.
-Bueno,¿Vamos a casa? -le dijo Ricardo-
Teresa abrumada por la situación respondió -Sí-
-Luego nos vemos Sergio
-Intenta descansar. Tenemos que hablar.
-Está bien.

Y Teresa caminó hacia el coche amparada por los brazos de Ricardo. Necesitaba estar en calma. Así que ayudó a su abuela a sentarse y ponerse el cinturón y se fueron a casa.
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En el pueblo había tres salones de belleza y todos ofrecen los mismos servicios y precisamente hoy tenían toda la tarde completa por los invitados.
Son las cuatro de la tarde. La peluquera, la estéticienne y el fotógrafo acababan de llegar a casa de Adolfo que se apuraba ultimando las botellas de vino y los aperitivos para los amigos que se acercarían a saludar. Sofía había elegido un vestido de corte medieval concretamente el modelo inspirado en el personaje de las leyendas artúricas con mangas largas y acampanadas con vuelo y para darle un estilo más medievo, lleva un cinturón anudado a la cadera y con escote palabra de honor. La tela es de encaje y es fácil de llevar. No quería un zapato muy alto que acabase quitando así que optó por medio tacón en el mismo tono del vestido, beige. Con el pelo habían decidido hacer una espiga despeinada, y florecillas a un lado sin ser muy exagerado, y el maquillaje, resaltaría sus ojos en tonos pastel el resto muy poco, no quería parecer muy recargada pues tenía miedo a emocionarse. Llevaba lo viejo de su madre, un detalle de su vestido de novia que se había hecho coser en el interior del suyo; lo azul, un anillo con una aguamarina que su amiga Iris- que no estaría- le había enviado desde Islandia.
Ya estaba todo. Ya había escuchado varias veces el timbre así que la casa estaría llena de amigos esperando para verla antes de salir hacia la Iglesia.

Adolfo sentía como cuando estaba en la sala de partos esperando a que naciera, de aquella fumaba un poco pero ahora ya no, y esa emoción se estaba apoderando de todo su cuerpo.¡Era un momento tan grande para él¡
Abrió la puerta de la habitación de Sofía y ahí estaba de pie esperándole.

-Hija, estás...no tengo palabras- sus ojos se llenaron de lágrimas-.
-Papí, no llores que me emociono yo y no puedo que se me corre el rímel-sonrió
-Estoy muy orgulloso de ti-

Y acercándose se abrazó a ella como un niño abraza a su peluche, con todo el amor y confianza del mundo. La tomo del brazo, como si de un ensayo previo se tratara, y caminaron hacia el salón para saludar. En media hora ese mismo gesto se repetiría para llevar a su hija al altar.

Clara abrumada por la situación se sentó en la butaca orejera de su yerno una garantía de recuerdos y asegurando que todo saldría bien. Teresa ayudaba a Simón a colocarse la pajarita que como no se estaba quieto era casi imposible, pasaba igual que como sucedía cuando eran pequeños y era el primer día de colegio, se ponía tan histérico que más de una vez Claudia le había propinado un coscorrón y así serenaba.

-Si no te estás quieto hermano, te doy como hacía mamá.
-Anda que no te prestaría-reía a carcajada-
-Es que Simón no puedo hacerte esto, si hubieras escogido una corbata me sería más fácil.
-A ti no te gustan las cosas fáciles. Por eso lo hice para que estuvieras entretenida.
-Qué morro tan grande-riéndose-venga que nos están esperando abajo, y en diez minutos tenemos que salir para la Iglesia.
-Estás muy guapa madrina.
-Y tú también.

Son las seis de la tarde. En la Iglesia repican las campanas. Todos fueron entrando para esperar por Sofía y Adolfo. La novia así lo había pedido que no hubiese nadie en el exterior. En los primeros bancos la familia. Teresa había decidido los adornos del templo, que eran iguales al ramo de la novia y al adorno de Simón: rosas blancas y tulipanes azules.
El Ave María de Shubert comenzó a sonar y los asistentes se levantaron para ver el paseo de la novia hasta el altar. Al fondo un Simón lloroso, emocionado, al contemplar la belleza más especial que había visto nunca la de su novia del alma. A su lado su madrina y hermana Teresa respirando hondo por que su corazón no daba para más, su amiga estaba hermosa, su abuela Clara sí que expresaba la emoción con lágrimas Teresa ni siquiera le había prestado la atención necesaria en este día frenético.
Sergio sentado junto a Clara con sus manos entrelazadas.
Al que no había visto era a Ricardo
-¡Qué raro!- pensó Teresa.


 

 




  

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