25 abr. 2018

Capítulo treinta y dos

Irremediablemente Clara se rindió y quedó plácidamente dormida. Volvió a tener un sueño esta vez con sus niños. Eran pequeños y les miraba como correteaban por las escaleras y el salón de casa jugando al "pilla pilla". Era invierno y las gotas de lluvia golpeaban los cristales de la ventana de la cocina. Le encantaba ese sonido hacía que sintiese una paz infinita como si nunca fuese a ocurrir nada malo; de pronto oye un llanto y ve a Teresa en el suelo acariciándose la rodilla, Simón le había puesto la zancadilla y se había caído. Corre hacia ella y regaña a su nieto, Clara acaricia el rostro de Teresa para que no tenga miedo y cese su llanto. Teresa se ríe, y se ríe y el susto se le pasa. Se levanta, y echa a correr hacia la puerta, mientras ella se queda cogida de la mano de Simón. Teresa le dice algo que no alcanza a entender, agarra su osito y les dice adiós con su manita. Camina hacia la puerta. A Clara, le entra una profunda tristeza que despierta en llanto que le hace abrir los ojos, volver a la realidad.
Junto a ella estaba Simón, a lágrima viva, mirando a su abuela como despertaba...ni una palabra...sólo un abrazo que confirmaba que su nieta se había ido...ella ya lo supo hace días, algo terrible iba a pasar. Adolfo, se sienta y se quita la corbata sin ganas, y la americana y se llevó las manos a la cara...
Eran las siete de la mañana y no se hablaba de otra cosa. De la desgracia tan grande que había ocurrido, de la pena que debería estar pasando esa familia que parecía estar maldita. De que todo era una pena y de ese joven que aún permanecía en el hospital. 

-Una boda, un funeral y todo en veinticuatro horas.-decía Bernardina, que con sus amigas esta vez habían decidido tomarse una tila en el Bar del Centro para quitarse el susto

Adolfo, al móvil, no había logrado pegar ojo aunque pensaba que realmente para qué iba a dormir a no ser que al despertarse alguien le dijese que esto no había pasado pero eso no iba suceder. Se había quedado sin batería e iba a cargarlo cuando sonó;

-Doctor, le llamo del hospital. Su paciente ha despertado y no se quiere tomar la medicación. ¿Se va a pasar usted a verle?.
-Sí, por supuesto. En una hora estaré ahí. ¡Dígaselo por favor!.
-Así lo haré. Hasta luego.
-Adiós, adiós.


Y puso a cargar el móvil. 
-¿Qué pasa?
-Nada, lo que es lógico. Sergio no se quiere tomar la medicación,  voy a pasar a verle y hablar con él. Pero cuando llegué allí, a la cabaña, se quería morir con ella.
-Voy contigo, necesito saber todo, qué pasó
-Simón, hay tres fallecidos, y tuvo que ser horrible, aún no está esclarecido el asunto. He pedido a las autoridades que le dejen antes estabilizarse y que hoy de noche o mañana vayan hablar con él...

De repente suena el timbre de casa. Adolfo abre la puerta.

- Señor, perdone que moleste.
-Pase Jacinto, no es molestia.

Le ofrece la mano a Simón en señal de pésame.

-La juez que instruye el caso ha abierto diligencias y se necesita con exactitud y cuanto antes, saber qué es lo que pasó. Además-dijo en voz más baja- hay que pasar por el trago del reconocimiento del cadáver de la señorita Teresa, Adolfo..
Por eso me he pasado para saber si usted sabe como está Sergio, si puede hablar y nos acercaríamos...
-Interrumpe Simón- Ves Adolfo, es mejor que vayamos de una vez y que  Sergio cuente lo que recuerde y como pasó todo. Voy por mi chaqueta.
-Pero, hijo, también tienes que pensar en Sofía y que os vais de luna de miel.
-Sofía, es la que dijo que todo se paraba de momento. Iba a anular y o cambiar fechas y se venía para aquí. Así Adolfo, se queda con la abuela que este golpe no sé como le sentará a su corazón.
-Yo estoy bien hijito.
-¿Qué haces de pie?
-Voy con vosotros, quiero escuchar a Sergio, y alentarle, y animarle a vivir Teresa no querría otra cosa. Que le quisiéramos como de la familia, aunque últimamente, no se portase del todo bien con ella. Se amaban y eso es lo único que nos debe importar.
 -Pues nada-dijo Adolfo-vamos todos al hospital, Jacinto. Envía un mensaje a Sofía que vaya para allá por que aquí no se encontrará con nadie-dirigiéndose a Simón-
-Pues si tengo que llevar a alguno, no hay problema-dijo Jacinto-
-Sí, voy yo-dijo Simón-

Los pasillos del hospital eran un corrillo de enfermeras, celadores y equipo médico, la primera hora, que coincide con el cambio de turno, alberga más ruido y ajetreo de personal que durante la jornada diaria, todo el mundo estaba más atento a las órdenes de los coordinadores que a las habitaciones donde algunos enfermos aún dormían. 
Pero Sergio, no...
Tenía lo ojos como platos. En su mente rondaba una idea y la llevaría a cabo fuese como fuese. Tenía que volver a abrazar a Teresa. La mujer con la que quería arreglar todo, que fuese su vida, empezar de nuevo pero se murió...y él se había quedado ahí, vivo como un condenado a muerte por no haber sabido decirle a tiempo todo lo que para él significaba por creerlo evidente y demostrarlo sin ganas....
Su compañero de habitación aún roncaba. Apartó las sábanas, y se levantó, sintió un leve mareo pero caminó agarrado a los pies de las camas sin más problema llegando hasta el baño, encendió la luz y se miró al espejo. Tenía algunas magulladuras, pero nada. Esa bala tenía que haber sido para él pero alcanzó a Teresa, no era justo, no se lo merecía, pensaba mientras se echaba agua fría a la cara para desperezar aún más su alma sí podía...
Se acercó sigiloso al armario del compañero de habitación y cogió sus pertenencias, al menos no olían a humo. Se vistió y abrió la puerta de la habitación en dirección al ascensor de planta que le llevaría a la sala de autopsias donde esperaba encontrar el cuerpo de Teresa...y de los otros.

-Simón, no creo que fuera bueno que vieras a tu hermana, debería acercarse Adolfo.
-¿Por qué? ¿Está quemada? 
-No, no, en absoluto. Lo digo por que como sabes yo también tuve que reconocer algún familiar y no es agradable. Pero tu tienes la última palabra.
-Te agradezco tu opinión pero prefiero hacerlo yo y que no pase la abuela.
-No eso sí que no. Para ella tiene que ser un dolor inexplicable. 

Los dos coches aparcaron en la zona reservada que llevaba al morgue. Se apearon de los vehículo. Adolfo y Clara accedieron por otra puerta a la parte del hospital donde estaban las habitaciones. Caminaron hasta el ascensor para subir a planta...

-¿Cómo puede todo acabar así, Clara?. No me lo puedo creer. Alguien tan joven con tanta vida-se llevaba las manos a la cabeza- Y mal que me pese también los otros dos jóvenes que no sé realmente qué ha ocurrido, pero es lamentable que...
- A veces, no hay que darle más vueltas. La vida y la muerte tienen su designio y los que quedamos debemos llevarlo lo mejor que se puede en estos caso. La muerte me ha arrebatado mucho desde siempre, y no estoy dispuesta a que me quite nada más o al menos a verlo, Adolfo.
-Bueno, tiene razón esto es contra "natura".
-Me preocupa este chico. No creo que se sobreponga con rapidez a esta pérdida.
-Yo sé que nunca lo superará pero llegará a sonreír.
-Pues eso también a veces es un dolor, Clara.
-Lo es.

El ascensor se paró en la planta. Adolfo llevaba del brazo a Clara que con su muleta se ayudaba a caminar en dirección a la habitación donde estaba el amor de su nieta, ¿Qué debería decir para aplacar su dolor, su ira y su miedo? ¿Cómo le aseguraría que su nieta está bien, sin rencor y que se llevó en su alma todo su amor? ¿Sergio confiaría en sus palabras? No tardaría en saberlo.
Adolfo se acerca al mostrador de enfermeras y se identifica. Le hacen saber que llevan más de quince minutos buscándole y que no saben donde está Sergio, que ya han avisado a seguridad. 
Busca en su pantalón su móvil y llama a Simón.

-Sergio no está en su habitación-le dice a Simón-
-Lo sé está aquí en el depósito de cadáveres. Ha cogido un bisturí y amenazó al personal para que salieran y se ha atrincherado junto a la nevera donde está Tere, estoy intentando hablar con él por que Jacinto no ha tenido más remedio que llamar a la patrulla para que vengan. ¡No sé que hacer!
-Voy enseguida.
-Y yo también-dijo Clara-necesito hablar con él. Tengo un recado de mi nieta.

Adolfo la miró extrañado pero no quiso demorarse más y pedir explicaciones que seguramente no entendería, pensó.
Simón no paraba de empujar la puerta con intención de abrirla. El personal había subido corriendo a buscar la llave maestra pero tardaban y ya no sabía que decirle para que Sergio no hiciera una locura hasta que oyó voces y miró...aquello no podía ser cierto...
Sergio había abierto la puerta del congelador, había sacado el cuerpo de Teresa y se había puesto a hablar con él, como si estuviera viva.

-Sé que debí hacerlo de otra forma todo, cuanto me arrepiento Tere, cuanto te quiero y que poco te lo he dicho, cuanto me queda dentro y jamás te podré contar...yo soy el que debería estar ahí, inerte, frío, sin latido...tu que tenías el corazón más bonito que jamás conocí y que tan poco valoré, tu que tenías el corazón más dispuesto a amarme sin nada a cambio que nunca supe sentir hasta ahora, que tan poco cuidé, que tan poco amé...nunca imaginé que te perdería, que me dejarías, que te lloraría así...ayer empecé a luchar por ti, con el alma, y nunca llegué a imaginar que sería tarde, que no me daría tiempo. Pensé que teníamos todo el tiempo del mundo y el mundo nos ha dejado sin tiempo, no me dejes, Tere, te quiero tanto...

Todos estaban escuchando esa palabras, Jacinto-que lloraba, era muy sentimental a pesar de su rango- la patrulla, el personal de seguridad del hospital, el de mantenimiento que traía la llave maestra, Simón y Sofía-que también se emocionaba-, Adolfo, y sobre todo Clara.

-Abra la puerta por favor
-Pero Señora Clara, ¿usted cree qué no es arriesgado, dado su estado nervioso? ¿No será mejor que entremos nosotros por si acaso...
-Jacinto, sé que lo haces desde el cariño...pero no pasará nada, sólo tiene que escucharme y llorar...
-Esta bien...Abra la puerta entonces-dijo al conserje-

Sergio ni se percató que entraba Clara él seguía abrazado a su amor, meciendo su cuerpo como si de un bebé se tratara, acariciando su pelo, besando su mejilla, sus ojos, sus manos, soportando la frialdad de aquel cuerpo que tantas veces ardió de pasión con el suyo...

-Está muy feliz, Sergio-dijo Clara-.

Alzó la mirada y levantó su brazo apuntando a Clara con el bisturí que antes le sirvió de instrumento amenazador pero que ahora se le cayó de las manos a causa de un llanto estremecedor que recorrió toda la sala de autopsias y que marcaba las respiración atolondrada de Sergio
Clara se acercó a él y le dijo en tono bajo para que ninguno de los que estaban al otro lado la escucharan.

-En unos instantes te daré un abrazo y tienes que prometerme que vas a mantener los ojos cerrados en todo momento, prometelo.
Sergió miró extrañado
-Está bien, pero...no entiendo...
-Tu haz caso de lo que te digo, que soy mayor, debes dejar su cuerpo en su sitio y cerrar la puerta.
-Pero yo no quiero soltarla-balbuceó Sergio-
-Lo sé pero ella no está ahí, su alma ya no está ahí, ese sólo es su cuerpo. Debes acostumbrarte.
-No sé si podré.
-Deja su cuerpo en la bandeja.
-Está bien, lo hago por que significabas mucho para ella y respeto lo que me dices...
-Ahora ven y recuerda: "los ojos cerrados".

Así lo hizo. 


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