25 abr. 2018

Capítulo treinta y uno

Jacinto se apresuró a reunir a todas los coches operativos. Eran las dos y media de la madrugada y fin de semana así que con los pocos efectivos que contaba, se apresuró a recorrer la zona empezando por el lugar donde se hizo el convite. Pero sería tarde.
En la cabaña, los gritos y lágrimas de Teresa, no cesaban ...Sergio llegó y la abrazó con fuerza...

-¿Qué es esto? ¿Qué pretende? Me echa la culpa de todo y, ¿de qué habla? me está asustando-le susurraba muy cerca del oído a Ricardo-.
-Trataré de calmarla, no sé lo que quiere pero esto no me lo esperaba y mucho menos que Ricardo alentase este encuentro que no tiene sentido...¡Tere, lo siento todo tanto!
-Lo sé y yo te echo de menos-se miraron-.

Se acercaron tanto que acabaron besándose de esos besos que invitan al perdón, a ganas, a arrepentimiento, a pasión... 
Mientras Ricardo preguntaba a Bárbara, que llevaba puesto un pantalón y botas militares,  por qué hacía tanto calor y que había en esa caja pero no respondió por que les vio. Entró en cólera.
-¡Vosotros, separaos!-dijo poniendo un pié en la caja-
-Pero no entendemos nada. ¿Qué nos reclamas?. Siempre te dije que la amaba a ella, confié en ti. Esperé sentir, pero tu sólo me manipulabas y me hacías creer en tus palabras y haces esto...hace mucho calor, déjanos ir...
Bárbara siento si te hiciste ilusiones pero...-Interrumpe ella, mientras Ricardo se quita la chaqueta y la tira encima de la caja-

-Iluso, eres un iluso-espetó- yo nunca te quise ni me dará tiempo hacerlo, pues de aquí no saldréis vivos. Tenéis que pagar todo lo que mi familia viene sufriendo desde la muerte de mi abuelo, no es ....
-!Pero estás loca¡-dijo Ricardo-¡ Morir!, tu no me dijiste eso, ¿qué hablas? ¿tú crees que te voy a permitir semejante cosa?. ¡Estás loca, Bárbara!

Bárbara encendida de nervios, corre hasta la caja y con sus propias manos saca al reptil por la cabeza con fuerza que serpentea y abre la boca mostrando su lógica intención...
                               En el sótano la aguja lleva tiempo marcando la franja roja que indica calentamiento.

-Por el amor de Dios, qué haces, trata de calmarte, eso ocurrió hace muchos años y todos hemos sentido el dolor igual que tu-dijo Teresa acercándose a ella despacio, al igual que Ricardo- no puedes culpar a nadie...tu eres joven y  tienes toda la vida por delante...no guardes ese rencor dentro...
-Este es mi momento y tengo derecho, soltaré la víbora en cuanto la casa explote que no quedan ni cinco minutos, no sé si lo contaré pero me da igual...ninguno de vosotros dos merece un minuto de felicidad. Debéis morir con dolor, no sólo físico sino el emocional, el más cruel, el de veros unidos por el adiós de la vida y confío que os pudráis en el infierno...

Ricardo, aprovechó que estaba hablando para salir corriendo hacia el sótano de la casa, llegó a la caldera, pero Bárbara había candado la llave que permitía apagarla así que cogió un hierro y empezó a golpear con fuerza hasta que en vez de lograr romperlo lo que quebró, empezando a salir vapor lo que provocó que se quemara la cara...Ricardo gritó de dolor y cayó al suelo.

Entre tanto en el piso de arriba continuaba la disputa pero se escucharon los gritos.

-Por Dios, Bárbara. Tenemos que ir ayudar algo pasa. Déjame salir-dijo Teresa-
-Tu no eres mala, no puedes impedir que baje-gritó Sergio-.
-¡Y eres capaz de decirme eso tu.! El que se fue con otra teniendo a Teresa, el que la dejó sola tras la muerte de sus padres, el que no es capaz de preguntarle cómo está por que es el mas cobarde de los hombres que no sabe cuidar de sus mujeres, el que se olvida de cuántas veces Teresa le acogió en sus brazos con sus miserias y qué no valoró... 

Bárbara estaba tan ensimismada en sus palabras que no se percató que aflojaba la mano...

-¡Cuidado!-gritó Teresa-.

La serpiente se lanzó imparable hacia su cara clavó sus colmillos cayó al suelo y se revolvió para volver a atacar esta vez en su muslo. Exhausto el animal zigzagueó por el suelo hasta un hueco por el que se escabulló...Ricardo y Teresa corrieron hacia ella que había quedado mal herida pero con fuerza suficiente como para sacar un arma del pantalón que disparó sin remordimientos hiriendo a...

Ricardo que se había desmallado del dolor sintió el disparo, intentó moverse pero su cuerpo no respondía además se había quemado la cara y sólo podía abrir un ojo por el que veía que algo se aproximaba...

-¡Dios mío, no me lo puedo creer¡ ¡Qúe has hecho!
-Os dije que no saldrías vivos de aquí...
-¡Y ahora qué hago yo! ¡No puedo vivir sin...

Ricardo agarró el palo para asustar a la serpiente que había accedido al piso de abajo, y su gran boca abierta le avisaba de sus intenciones, hizo ruido con el palo en el suelo pero se lanzó a morderle y lo hizo...
La caldera empezó a pitar.
Bárbara se estaba muriendo, y se dejó caer contra el piso de madera.

-¡Todo va a arder y os quemaréis como en el mismísimo infierno!-Fueron sus últimas palabras-.

Estaba perdiendo mucha sangre. Había que salir de allí. Todo iba a estallar en mil pedazos, la caldera no aguantaría mucho más...
Arrastraba por el corto pasillo hasta la puerta el cuerpo malherido y pesado por que había perdido la conciencia. 
¡No podía morirse!-se repetía-, de todo lo que habían vivido esa madrugada, algo tenía que salir bien.
Casi estaban en la puerta, cuando la caldera reventó.

Jacinto, que circulaba en esta ocasión por el centro de la villa, escuchó el estruendo y vio como algo empezaba a arder. Aceleró, avisó por radio a la centralita y reunió a los bomberos en la zona alta del pueblo, cerca del restaurante. Llamó a Adolfo.

-Hay un incendio tras una explosión cerca del restaurante donde se celebró el convite de Simón y su hija, debería acercarse por si acaso, pero en esa zona sólo hay casas abandonadas...
-Iré ahora mismo. Ese es el fuego que me anunció Clara.
-Pero, ¿Cómo iba saber la señora que habría una explosión?
-Misterios, Jacinto. Intuición de vieja. Salgo ahora mismo para la zona.
-Le espero

Clara estaba oyendo todo y miró a Adolfo...

-Es mi nieta, Adolfo, algo malo le ha pasado.
-No adelantemos las cosas, Clara. Yo me acerco por si se necesita mi ayuda y mientras voy a pedir una ambulancia que más vale prevenir.
-De acuerdo, espero despierta a que vengas.
-Pero recuestese en el sofá, por favor, no se enfríe.
-Ahora mismo estoy ardiendo, Adolfo.

Hacía muchísimo calor.
Todo ardía por completo.
Ellos habían quedado en mitad del camino de la sacudida. Al menos estaban fuera, pensó.
Escuchaba las sirenas y veía las luces que se acercaban a toda velocidad por el camino al barrio de "el Recuelo" que era donde estaban...aunque algo dentro anunciaba que estaba dando su último abrazo a la persona que amaba. Sentía que se había ido, que se había muerto también junto con Bárbara y Ricado...

-Espera, no te vayas por favor. Nos vienen a ayudar, por favor no te mueras. Te amo con toda mi alma. Sin ti no soy nadie, tu eres mi calor...qué voy hacer...por favor respira...

Adolfo no se creía lo que estaba viendo...

-Dios mío-dijo-qué ha pasado aquí.
-Una fatalidad Adolfo yo me quiero morir
-No se puede hacer nada, no hay latido
-Lo sé 
-Déjame examinarte
-No, tengo nada, sólo quiero morir también.
-No te lo voy a permitir

Adolfo abrió su maletín y preparo una inyección que haría que abandonase la consciencia y así podría atender sus heridas. Los bomberos tendrían trabajo hasta el amanecer. 
Los sanitarios accedían con la camilla al interior de la ambulancia para estabilizar las constantes. Jacinto alertó al juez para el levantamiento de los tres cadáveres.




 





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