12 feb. 2018

Luces


¡Vuelve a subirte!- le dijo, con seguridad en que esa orden le daría la suficiente firmeza para intentarlo de nuevo-.
Ella no paraba de sollozar y sus mejillas estaban sonrojadas de intentarlo tantas veces.
Le dolían las rodillas arañadas por la gravilla que había de camino a la céntrica plaza del pueblo en el que solía veranear en el Norte.
Llovía.
En las palmas de la mano tenía marcado los protectores del manillar de aquella BH verde que le habían comprado para la ocasión.
Pero tenía claro que no podía pasar un día más sin saber hacerlo.
Quería poder demostrar a sus amigos que tenía la valentía suficiente a pesar de ser una chica de ciudad-hace años ser de cuidad no era tan divertido. No se hacían amigos tan fácil, ni te pasabas el día correteando por las calles como hacías en el pueblo. Todo era peligroso- así que iba a conseguirlo.
Pensaba que si no dominaba aquel trasto no sería capaz de nada, por que no sólo era poder asegurar paseos interminables por allí, para ella era el mayor reto al que se había enfrentado después de ponerse de puntillas en sus clases de ballet.
Sabía que si conseguía mantener aquel trasto de dos ruedas en línea recta sin caerse, su vida sería siempre así, un lugar con uno y mil intentos en el que poder garantizar libertad ante los miedos.
Y claro que tenía miedo, no le gustaba hacerse daño ni que le quedaran marcas, a sus 9 años empezaba a ser presumida y como no podía ser de otra manera ya le gustaba un chico, el mismo de todos los veranos desde que alcazaba a recordar, el más gamberro de ese sitio, pero ella le veía como al príncipe valiente que de vez en cuando la miraba a los ojos.
Así que se adentró en el mundo de la coordinación con una fugaz osadía, sabiendo que no debía dejar de pedalear mientras sus poco usados músculos de los brazos trataban de mantenerse firmes para sujetar el volante de la bici.
Tampoco es que fuera adecuadamente vestida para aprender.La falda no la ayudaba mucho en semejante evento pero estaba claro que eso no le importaba por que ni cuando se caía mientras los chicos se apilaban en el único banco del bar de pueblo para ver en qué quedaba la cosa-a ella en cada revolcón se le veía las braguitas rosa que con tan buena mano le había tejido su abuela- le importaba demasiado y además le daba una risa picardiosa que ni si quiera ella entendía.Y fue cuando así como el que no quiere la cosa sus piernas avanzaron más que la última vez, y que la anterior vez, y se vio a ella misma recorriendo el sendero recto que llevaba hasta el depósito del agua, y que rara vez pasaban coches, así que siguió adelante e incluso se permitió cerrar un poco los ojos y disfrutar.
A su espalda escuchó silbidos, y aplausos de sus flamantes seguidores de semejante treta, y ahora sí que podrían vivir aventuras todos juntos...
Ya se hacía de noche y no quedaba más remedio que irse cada uno para su casa por que enseguida llamarían las madres a sus cachorros para advertir que la cena estaba lista, no llamaban por el móvil, se asomaban al balcón y gritaban los nombre de cada cual.
Ahora esa práctica también se está perdiendo. Ahora no queda bien, es de salvajes gritar a los hijos, poco adecuado.
Al aparcar la BH verde en el garaje, notó que le dolía todo, desde el dedo gordo del pie hasta el pelo
Su madre le aconsejó un baño caliente para descansar.
Y así lo hizo.
Después prefirió comerse en pan la carne guisada que había de cena y un vaso de leche tibia, para hacer que así su sueño llegase antes..
Como siempre puso un cojín en el suelo cerca de la puerta del salón para poder oír la tele sin prestar atención ya que no había más placer para ella que sentarse a cenar viendo el atardecer, la luz que entraba por la ventana del final del pasillo imaginando todo lo que a partir de ese día le ocurriría aquel verano en que pudo dominar la máquina.



By Mónica Solís


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