25 abr. 2018

Capítulo treinta y tres

Sergio experimentó un escalofrío por todo el cuerpo mientras abrazaba a la abuela. 
Como si viajara, como si volara a la velocidad de la luz. Veía colores, que se asemejaban a un paisaje pero no distinguía nada. Le parecía que se caía por un precipicio pero por otro lado se sentía sobrevolar acantilados con el mar azul debajo, nunca había vivido algo así...Hasta que se paró todo.

Sabía que tenía los ojos cerrados y que continuaba abrazado a Clara, pero no estaba allí, no en el depósito, no sabía donde había llegado por que en realidad no se había movido, continuaba cobijado bajo los brazos de la abuela...

-Sé que te dijo que no los abrieras pero aquí puedes por que estás conmigo y nada te pasará. 
-¿Qué broma macabra es esta? Sé que eres tu, es tu voz, pero estás muerta...Teresa ¿qué me está pasando?
-Mírame. No te pasará nada. Sólo quiero despedirme. Y decirte muchas cosas. A veces te dan otra oportunidad y yo la quiero aprovechar aunque te asuste. Mírame-volvió a repetir-.
 
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Apartó el miedo, su incredulidad, sus prejucios y la miró.
Ahí estaba, sonriendo, en frente de él, con los ojos más bonitos y llenos de amor, si cabía...no estaba soñando era Teresa.

-Sé cuanto me quieres decir pero debo ser yo quien te hable, a ti ahora no te está permitido, así que sé bueno y sólo escucha.
Cuando te conocí sentí que ese día nacía a la vida, al amor, no dudé ni un minuto que tu sentiste lo mismo pues tu alma se reflejaba en tus pupilas y me la enseñaste, ese es posiblemente mi mayor error: conocer tu alma, la que pocas personas entienden, la que no enseñas a la primera de cambio, la que escondes, supongo que es eso lo que más me enamoró de ti sin ningún sentido de la responsabilidad, admirando cada movimiento que hacías contra mi, y cómo eras capaz de tenerme enganchada  cuanto tu más esquivo te volvías. Prefiero mil veces mis dominios a tu lado que miles de ángeles falsos que me tropecé hasta conocerte por eso sigo amándote y te amaré por la inmesidad de la eternidad pero no sería justo que tu te mueras conmigo, vive de mi no por mí, ahora no tendría sentido.

Sergio quería hablar pero ahora ya no podía, algo le impedía mover los labios y expresarse, sólo sus ojos que lloraban como cuando era un niño le devolvían a Teresa todo ese amor que ella le estaba enviando.
Todo se lo decía con dulzura, con una gran sonrisa que le aliviaba aunque era incapaz de dejar de llorar...

-Recuerdo lo malo pero me quedo con lo bueno, sin dudar, con tus caricias con tus abrazos, con nuestras charlas arreglando el mundo con aquella esperanza que me dabas y también me quitabas, mis ñoñerías, mis reclamos por que siempre quería más eso no es malo...te amaba con amor infantil de ese que quiere lo que da, pero a veces se convertía en ese tan tierno y maduro que te necesité porque te ame igual que decía Erich From...sí también anda por aquí 
-ahora sí que se rió a carcajadas, Teresa-
Sólo quiero que ahora no estés triste, más que una pequeña porción de tiempo nada más. Si estás más tiempo del necesario harás que todo esto nuestra historia, nuestra vida, mi muerte no sea nada más que algo oscuro y penoso que no merece ser recordado.
Recuerdame pero camina. Te quiero, mi amor y siempre te querre.

Ella se fue alejando, haciendose cada vez más pequeñita. El intentaba moverse tocarla besarla, sintió que el corazón le estallaba de puro amor y de puro pesar, Ver cómo se iba era una tortura doble, pero Teresa...frenó y se dio la vuelta y le dijo:


"Conoces ese lugar entre el sueño y el despertar el lugar donde todavía puedes recordar los sueños? Ahí es donde siempre te amaré, donde te estaré esperando"
Y le besó.


Sergio se quedó sólo pero con el mejor amor del mundo en su alma el de Teresa.


                                            FIN


By Mónica Solís

 

* Referencias: James Matthew Barrie creador de "Peter Pan"
                     Erich Seligmann Fromm, filósofo humanista, psicólogo social, y psicoanalista.
                    

Capítulo treinta y dos

Irremediablemente Clara se rindió y quedó plácidamente dormida. Volvió a tener un sueño esta vez con sus niños. Eran pequeños y les miraba como correteaban por las escaleras y el salón de casa jugando al "pilla pilla". Era invierno y las gotas de lluvia golpeaban los cristales de la ventana de la cocina. Le encantaba ese sonido hacía que sintiese una paz infinita como si nunca fuese a ocurrir nada malo; de pronto oye un llanto y ve a Teresa en el suelo acariciándose la rodilla, Simón le había puesto la zancadilla y se había caído. Corre hacia ella y regaña a su nieto, Clara acaricia el rostro de Teresa para que no tenga miedo y cese su llanto. Teresa se ríe, y se ríe y el susto se le pasa. Se levanta, y echa a correr hacia la puerta, mientras ella se queda cogida de la mano de Simón. Teresa le dice algo que no alcanza a entender, agarra su osito y les dice adiós con su manita. Camina hacia la puerta. A Clara, le entra una profunda tristeza que despierta en llanto que le hace abrir los ojos, volver a la realidad.
Junto a ella estaba Simón, a lágrima viva, mirando a su abuela como despertaba...ni una palabra...sólo un abrazo que confirmaba que su nieta se había ido...ella ya lo supo hace días, algo terrible iba a pasar. Adolfo, se sienta y se quita la corbata sin ganas, y la americana y se llevó las manos a la cara...
Eran las siete de la mañana y no se hablaba de otra cosa. De la desgracia tan grande que había ocurrido, de la pena que debería estar pasando esa familia que parecía estar maldita. De que todo era una pena y de ese joven que aún permanecía en el hospital. 

-Una boda, un funeral y todo en veinticuatro horas.-decía Bernardina, que con sus amigas esta vez habían decidido tomarse una tila en el Bar del Centro para quitarse el susto

Adolfo, al móvil, no había logrado pegar ojo aunque pensaba que realmente para qué iba a dormir a no ser que al despertarse alguien le dijese que esto no había pasado pero eso no iba suceder. Se había quedado sin batería e iba a cargarlo cuando sonó;

-Doctor, le llamo del hospital. Su paciente ha despertado y no se quiere tomar la medicación. ¿Se va a pasar usted a verle?.
-Sí, por supuesto. En una hora estaré ahí. ¡Dígaselo por favor!.
-Así lo haré. Hasta luego.
-Adiós, adiós.


Y puso a cargar el móvil. 
-¿Qué pasa?
-Nada, lo que es lógico. Sergio no se quiere tomar la medicación,  voy a pasar a verle y hablar con él. Pero cuando llegué allí, a la cabaña, se quería morir con ella.
-Voy contigo, necesito saber todo, qué pasó
-Simón, hay tres fallecidos, y tuvo que ser horrible, aún no está esclarecido el asunto. He pedido a las autoridades que le dejen antes estabilizarse y que hoy de noche o mañana vayan hablar con él...

De repente suena el timbre de casa. Adolfo abre la puerta.

- Señor, perdone que moleste.
-Pase Jacinto, no es molestia.

Le ofrece la mano a Simón en señal de pésame.

-La juez que instruye el caso ha abierto diligencias y se necesita con exactitud y cuanto antes, saber qué es lo que pasó. Además-dijo en voz más baja- hay que pasar por el trago del reconocimiento del cadáver de la señorita Teresa, Adolfo..
Por eso me he pasado para saber si usted sabe como está Sergio, si puede hablar y nos acercaríamos...
-Interrumpe Simón- Ves Adolfo, es mejor que vayamos de una vez y que  Sergio cuente lo que recuerde y como pasó todo. Voy por mi chaqueta.
-Pero, hijo, también tienes que pensar en Sofía y que os vais de luna de miel.
-Sofía, es la que dijo que todo se paraba de momento. Iba a anular y o cambiar fechas y se venía para aquí. Así Adolfo, se queda con la abuela que este golpe no sé como le sentará a su corazón.
-Yo estoy bien hijito.
-¿Qué haces de pie?
-Voy con vosotros, quiero escuchar a Sergio, y alentarle, y animarle a vivir Teresa no querría otra cosa. Que le quisiéramos como de la familia, aunque últimamente, no se portase del todo bien con ella. Se amaban y eso es lo único que nos debe importar.
 -Pues nada-dijo Adolfo-vamos todos al hospital, Jacinto. Envía un mensaje a Sofía que vaya para allá por que aquí no se encontrará con nadie-dirigiéndose a Simón-
-Pues si tengo que llevar a alguno, no hay problema-dijo Jacinto-
-Sí, voy yo-dijo Simón-

Los pasillos del hospital eran un corrillo de enfermeras, celadores y equipo médico, la primera hora, que coincide con el cambio de turno, alberga más ruido y ajetreo de personal que durante la jornada diaria, todo el mundo estaba más atento a las órdenes de los coordinadores que a las habitaciones donde algunos enfermos aún dormían. 
Pero Sergio, no...
Tenía lo ojos como platos. En su mente rondaba una idea y la llevaría a cabo fuese como fuese. Tenía que volver a abrazar a Teresa. La mujer con la que quería arreglar todo, que fuese su vida, empezar de nuevo pero se murió...y él se había quedado ahí, vivo como un condenado a muerte por no haber sabido decirle a tiempo todo lo que para él significaba por creerlo evidente y demostrarlo sin ganas....
Su compañero de habitación aún roncaba. Apartó las sábanas, y se levantó, sintió un leve mareo pero caminó agarrado a los pies de las camas sin más problema llegando hasta el baño, encendió la luz y se miró al espejo. Tenía algunas magulladuras, pero nada. Esa bala tenía que haber sido para él pero alcanzó a Teresa, no era justo, no se lo merecía, pensaba mientras se echaba agua fría a la cara para desperezar aún más su alma sí podía...
Se acercó sigiloso al armario del compañero de habitación y cogió sus pertenencias, al menos no olían a humo. Se vistió y abrió la puerta de la habitación en dirección al ascensor de planta que le llevaría a la sala de autopsias donde esperaba encontrar el cuerpo de Teresa...y de los otros.

-Simón, no creo que fuera bueno que vieras a tu hermana, debería acercarse Adolfo.
-¿Por qué? ¿Está quemada? 
-No, no, en absoluto. Lo digo por que como sabes yo también tuve que reconocer algún familiar y no es agradable. Pero tu tienes la última palabra.
-Te agradezco tu opinión pero prefiero hacerlo yo y que no pase la abuela.
-No eso sí que no. Para ella tiene que ser un dolor inexplicable. 

Los dos coches aparcaron en la zona reservada que llevaba al morgue. Se apearon de los vehículo. Adolfo y Clara accedieron por otra puerta a la parte del hospital donde estaban las habitaciones. Caminaron hasta el ascensor para subir a planta...

-¿Cómo puede todo acabar así, Clara?. No me lo puedo creer. Alguien tan joven con tanta vida-se llevaba las manos a la cabeza- Y mal que me pese también los otros dos jóvenes que no sé realmente qué ha ocurrido, pero es lamentable que...
- A veces, no hay que darle más vueltas. La vida y la muerte tienen su designio y los que quedamos debemos llevarlo lo mejor que se puede en estos caso. La muerte me ha arrebatado mucho desde siempre, y no estoy dispuesta a que me quite nada más o al menos a verlo, Adolfo.
-Bueno, tiene razón esto es contra "natura".
-Me preocupa este chico. No creo que se sobreponga con rapidez a esta pérdida.
-Yo sé que nunca lo superará pero llegará a sonreir.
-Pues eso también a veces es un dolor, Clara.
-Lo es.

El ascensor se paró en la planta. Adolfo llevaba del brazo a Clara que con su muleta se ayudaba a caminar en dirección a la habitación donde estaba el amor de su nieta, ¿Qué debería decir para aplacar su dolor, su ira y su miedo? ¿Cómo le aseguraría que su nieta está bien, sin rencor y que se llevó en su alma todo su amor? ¿Sergio confiaría en sus palabras? No tardaría en saberlo.
Adolfo se acerca al mostrador de enfermeras y se identifica. Le hacen saber que llevan más de quince minutos buscándole y que no saben donde está Sergio, que ya han avisado a seguridad. 
Busca en su pantalón su móvil y llama a Simón.

-Sergio no está en su habitación-le dice a Simón-
-Lo sé está aquí en el depósito de cadáveres. Ha cogido un bisturí y amenazó al personal para que salieran y se ha atrincherado junto a la nevera donde está Tere, estoy intentando hablar con él por que Jacinto no ha tenido más remedio que llamar a la patrulla para que vengan. ¡No sé que hacer!
-Voy enseguida.
-Y yo también-dijo Clara-necesito hablar con él. Tengo un recado de mi nieta.

Adolfo la miró extrañado pero no quiso demorarse más y pedir explicaciones que seguramente no entendería, pensó.
Simón no paraba de empujar la puerta con intención de abrirla. El personal había subido corriendo a buscar la llave maestra pero tardaban y ya no sabía que decirle para que Sergio no hiciera una locura hasta que oyó voces y miró...aquello no podía ser cierto...
Sergio había abierto la puerta del congelador, había sacado el cuerpo de Teresa y se había puesto a hablar con él, como si estuviera viva.

-Sé que debí hacerlo de otra forma todo, cuanto me arrepiento Tere, cuanto te quiero y que poco te lo he dicho, cuanto me queda dentro y jamás te podré contar...yo soy el que debería estar ahí, inerte, frío, sin latido...tu que tenías el corazón más bonito que jamás conocí y que tan poco valoré, tu que tenías el corazón más dispuesto a amarme sin nada a cambio que nunca supe sentir hasta ahora, que tan poco cuidé, que tan poco amé...nunca imaginé que te perdería, que me dejarías, que te lloraría así...ayer empecé a luchar por ti, con el alma, y nunca llegué a imaginar que sería tarde, que no me daría tiempo. Pensé que teníamos todo el tiempo del mundo y el mundo nos ha dejado sin tiempo, no me dejes, Tere, te quiero tanto...

Todos estaban escuchando esa palabras, Jacinto-que lloraba, era muy sentimental a pesar de su rango- la patrulla, el personal de seguridad del hospital, el de mantenimiento que traía la llave maestra, Simón y Sofía-que también se emocionaba-, Adolfo, y sobre todo Clara.

-Abra la puerta por favor
-Pero Señora Clara, ¿usted cree qué no es arriesgado, dado su estado nervioso? ¿No será mejor que entremos nosotros por si acaso...
-Jacinto, sé que lo haces desde el cariño...pero no pasará nada, sólo tiene que escucharme y llorar...
-Esta bien...Abra la puerta entonces-dijo al conserje-

Sergio ni se percató que entraba Clara él seguía abrazado a su amor, meciendo su cuerpo como si de un bebé se tratara, acariciando su pelo, besando su mejilla, sus ojos, sus manos, soportando la frialdad de aquel cuerpo que tantas veces ardió de pasión con el suyo...

-Está muy feliz, Sergio-dijo Clara-.

Alzó la mirada y levantó su brazo apuntando a Clara con el bisturí que antes le sirvió de instrumento amenazador pero que ahora se le cayó de las manos a causa de un llanto estremecedor que recorrió toda la sala de autopsias y que marcaba las respiración atolondrada de Sergio
Clara se acercó a él y le dijo en tono bajo para que ninguno de los que estaban al otro lado la escucharan.

-En unos instantes te daré un abrazo y tienes que prometerme que vas a mantener los ojos cerrados en todo momento, promételo.
Sergió miró extrañado
-Está bien, pero...no entiendo...
-Tu haz caso de lo que te digo, que soy mayor, debes dejar su cuerpo en su sitio y cerrar la puerta.
-Pero yo no quiero soltarla-balbuceó Sergio-
-Lo sé pero ella no está ahí, su alma ya no está ahí, ese sólo es su cuerpo. Debes acostumbrarte.
-No sé si podré.
-Deja su cuerpo en la bandeja.
-Está bien, lo hago por que significabas mucho para ella y respeto lo que me dices...
-Ahora ven y recuerda: "los ojos cerrados".

Así lo hizo. 
 

 

Capítulo treinta y uno

Jacinto se apresuró a reunir a todas los coches operativos. Eran las dos y media de la madrugada y fin de semana así que con los pocos efectivos que contaba, se apresuró a recorrer la zona empezando por el lugar donde se hizo el convite. Pero sería tarde.
En la cabaña, los gritos y lágrimas de Teresa, no cesaban ...Sergio llegó y la abrazó con fuerza...

-¿Qué es esto? ¿Qué pretende? Me echa la culpa de todo y, ¿de qué habla? me está asustando-le susurraba muy cerca del oído a Ricardo-.
-Trataré de calmarla, no sé lo que quiere pero esto no me lo esperaba y mucho menos que Ricardo alentase este encuentro que no tiene sentido...¡Tere, lo siento todo tanto!
-Lo sé y yo te echo de menos-se miraron-.

Se acercaron tanto que acabaron besándose de esos besos que invitan al perdón, a ganas, a arrepentimiento, a pasión... 
Mientras Ricardo preguntaba a Bárbara, que llevaba puesto un pantalón y botas militares,  por qué hacía tanto calor y que había en esa caja pero no respondió por que les vio. Entró en cólera.
-¡Vosotros, separaos!-dijo poniendo un pié en la caja-
-Pero no entendemos nada. ¿Qué nos reclamas?. Siempre te dije que la amaba a ella, confié en ti. Esperé sentir, pero tu sólo me manipulabas y me hacías creer en tus palabras y haces esto...hace mucho calor, déjanos ir...
Bárbara siento si te hiciste ilusiones pero...-Interrumpe ella, mientras Ricardo se quita la chaqueta y la tira encima de la caja-

-Iluso, eres un iluso-espetó- yo nunca te quise ni me dará tiempo hacerlo, pues de aquí no saldréis vivos. Tenéis que pagar todo lo que mi familia viene sufriendo desde la muerte de mi abuelo, no es ....
-!Pero estás loca¡-dijo Ricardo-¡ Morir!, tu no me dijiste eso, ¿qué hablas? ¿tú crees que te voy a permitir semejante cosa?. ¡Estás loca, Bárbara!

Bárbara encendida de nervios, corre hasta la caja y con sus propias manos saca al reptil por la cabeza con fuerza que serpentea y abre la boca mostrando su lógica intención...
                               En el sótano la aguja lleva tiempo marcando la franja roja que indica calentamiento.

-Por el amor de Dios, qué haces, trata de calmarte, eso ocurrió hace muchos años y todos hemos sentido el dolor igual que tu-dijo Teresa acercándose a ella despacio, al igual que Ricardo- no puedes culpar a nadie...tu eres joven y  tienes toda la vida por delante...no guardes ese rencor dentro...
-Este es mi momento y tengo derecho, soltaré la víbora en cuanto la casa explote que no quedan ni cinco minutos, no sé si lo contaré pero me da igual...ninguno de vosotros dos merece un minuto de felicidad. Debéis morir con dolor, no sólo físico sino el emocional, el más cruel, el de veros unidos por el adiós de la vida y confío que os pudráis en el infierno...

Ricardo, aprovechó que estaba hablando para salir corriendo hacia el sótano de la casa, llegó a la caldera, pero Bárbara había candado la llave que permitía apagarla así que cogió un hierro y empezó a golpear con fuerza hasta que en vez de lograr romperlo lo que quebró, empezando a salir vapor lo que provocó que se quemara la cara...Ricardo gritó de dolor y cayó al suelo.

Entre tanto en el piso de arriba continuaba la disputa pero se escucharon los gritos.

-Por Dios, Bárbara. Tenemos que ir ayudar algo pasa. Déjame salir-dijo Teresa-
-Tu no eres mala, no puedes impedir que baje-gritó Sergio-.
-¡Y eres capaz de decirme eso tu.! El que se fue con otra teniendo a Teresa, el que la dejó sola tras la muerte de sus padres, el que no es capaz de preguntarle cómo está por que es el mas cobarde de los hombres que no sabe cuidar de sus mujeres, el que se olvida de cuántas veces Teresa le acogió en sus brazos con sus miserias y qué no valoró... 

Bárbara estaba tan ensimismada en sus palabras que no se percató que aflojaba la mano...

-¡Cuidado!-gritó Teresa-.

La serpiente se lanzó imparable hacia su cara clavó sus colmillos cayó al suelo y se revolvió para volver a atacar esta vez en su muslo. Exhausto el animal zigzagueó por el suelo hasta un hueco por el que se escabulló...Ricardo y Teresa corrieron hacia ella que había quedado mal herida pero con fuerza suficiente como para sacar un arma del pantalón que disparó sin remordimientos hiriendo a...

Ricardo que se había desmallado del dolor sintió el disparo, intentó moverse pero su cuerpo no respondía además se había quemado la cara y sólo podía abrir un ojo por el que veía que algo se aproximaba...

-¡Dios mío, no me lo puedo creer¡ ¡Qúe has hecho!
-Os dije que no saldrías vivos de aquí...
-¡Y ahora qué hago yo! ¡No puedo vivir sin...

Ricardo agarró el palo para asustar a la serpiente que había accedido al piso de abajo, y su gran boca abierta le avisaba de sus intenciones, hizo ruido con el palo en el suelo pero se lanzó a morderle y lo hizo...
La caldera empezó a pitar.
Bárbara se estaba muriendo, y se dejó caer contra el piso de madera.

-¡Todo va a arder y os quemaréis como en el mismísimo infierno!-Fueron sus últimas palabras-.

Estaba perdiendo mucha sangre. Había que salir de allí. Todo iba a estallar en mil pedazos, la caldera no aguantaría mucho más...
Arrastraba por el corto pasillo hasta la puerta el cuerpo malherido y pesado por que había perdido la conciencia. 
¡No podía morirse!-se repetía-, de todo lo que habían vivido esa madrugada, algo tenía que salir bien.
Casi estaban en la puerta, cuando la caldera reventó.

Jacinto, que circulaba en esta ocasión por el centro de la villa, escuchó el estruendo y vio como algo empezaba a arder. Aceleró, avisó por radio a la centralita y reunió a los bomberos en la zona alta del pueblo, cerca del restaurante. Llamó a Adolfo.

-Hay un incendio tras una explosión cerca del restaurante donde se celebró el convite de Simón y su hija, debería acercarse por si acaso, pero en esa zona sólo hay casas abandonadas...
-Iré ahora mismo. Ese es el fuego que me anunció Clara.
-Pero, ¿Cómo iba saber la señora que habría una explosión?
-Misterios, Jacinto. Intuición de vieja. Salgo ahora mismo para la zona.
-Le espero

Clara estaba oyendo todo y miró a Adolfo...

-Es mi nieta, Adolfo, algo malo le ha pasado.
-No adelantemos las cosas, Clara. Yo me acerco por si se necesita mi ayuda y mientras voy a pedir una ambulancia que más vale prevenir.
-De acuerdo, espero despierta a que vengas.
-Pero recuestese en el sofá, por favor, no se enfríe.
-Ahora mismo estoy ardiendo, Adolfo.

Hacía muchísimo calor.
Todo ardía por completo.
Ellos habían quedado en mitad del camino de la sacudida. Al menos estaban fuera, pensó.
Escuchaba las sirenas y veía las luces que se acercaban a toda velocidad por el camino al barrio de "el Recuelo" que era donde estaban...aunque algo dentro anunciaba que estaba dando su último abrazo a la persona que amaba. Sentía que se había ido, que se había muerto también junto con Bárbara y Ricado...

-Espera, no te vayas por favor. Nos vienen a ayudar, por favor no te mueras. Te amo con toda mi alma. Sin ti no soy nadie, tu eres mi calor...qué voy hacer...por favor respira...

Adolfo no se creía lo que estaba viendo...

-Dios mío-dijo-qué ha pasado aquí.
-Una fatalidad Adolfo yo me quiero morir
-No se puede hacer nada, no hay latido
-Lo sé 
-Déjame examinarte
-No, tengo nada, sólo quiero morir también.
-No te lo voy a permitir

Adolfo abrió su maletín y preparo una inyección que haría que abandonase la consciencia y así podría atender sus heridas. Los bomberos tendrían trabajo hasta el amanecer. 
Los sanitarios accedían con la camilla al interior de la ambulancia para estabilizar las constantes. Jacinto alertó al juez para el levantamiento de los tres cadáveres.




 





Adiós



"No hay mejor maestra de vida que la soledad, 
 se instala en uno/a sin pedir permiso, 
 de un día para otro, 
 aunque llevase meses picando a la puerta.
 y te enseña el valor las lágrimas, te muestra
 el error de haberte dado, te advierte de cuan 
 peligroso es albergar tu sonrisa en manos de 
 otro/a...

 A la soledad hay que darle tiempo, 
 y luego dejarla ir 
 para encontrar así la salida o la entrada
 a tu nuevo "yo", y despedir así al "tu" 


     By Mónica Solís.... 





 

Capítulo treinta

Ricardo debía conseguir que Teresa se fuese con él nada más terminar la fiesta. Ella no toleraba muy bien el alcohol y, aunque Sergio estaría pendiente, necesitaba que Teresa perdiera un poco el control y le diera todo lo mismo; la única forma era echarle un sedante en la bebida que la desinhibiría pero sin dejarla atontada. 
Bárbara lo tenía todo preparado en la cabaña de sus abuelos que no quedaba muy lejos del convite y había dado instrucciones explícitas a Ricardo: "haz saber de alguna manera a Sergio que te llevas a Teresa"
Esa era la idea de la rencorosa Bárbara que Sergio les siguiera, juntarles en un mismo lugar y sobre todo que no salieran de allí vivos. Ricardo, no sabía su plan fina, pero lo sufriría.

Aunque eran jóvenes, modernos y con una gran vitalidad, todos esperaban que Sofía y Simón bailasen algo acorde con el tiempo en el que estaban, los invitados se quedaron asombrados al escuchar los primeros acordes de "My way" de Frank Sinatra. De esta manera decidieron traer el recuerdo de Claudia y Juan. Les habían visto bailar muchas veces este tema en el salón de su casa, era su canción y con este pequeño guiño, los asistentes se pusieron en pie y les ofrecieron un gran aplauso al terminar.

-¿Qué tal lo hemos hecho, hermana? No somos ellos pero...
- "Est rí an orgullososss Simón. Sem pusieton los pelos gallina, no me lo esperaba"- titubeo Teresa-
-Deja de beber hermana-profirió Simón con una gran carcajada-, que vamos que tener que llevarte en cuello.
-No hace falta, yo me encargaré Simón. Cuándo todo termine la acerco a casa ya que Clara pasará la noche en casa de Adolfo-se apresuró a explicar Ricardo-
-Creo que mi hermana estará mejor con Sergio, Ricardo, no es por nada pero parece que no te enteras que es a él al que ama con locura. Por eso ha venido para que las cosas se arreglen entre ellos. No deberías meterte- le espetó Simón-
-Teresa y yo estamos juntos y al que no le guste...-Interrumpió Teresa, agitando la copa que llevaba en la mano-
-Yo no estoy con nadie, sólo quiero divertirme...no pienso penar y menos hoy..

...Y derecho tenía, era la boda de su hermano, sus padres no estaban, su corazón estaba roto, había perdido el trabajo, y no se reía desde hacía mucho...se merecía creer en la vida, y sabía que Sergio era su todo, pero era incapaz de perdonar la traición, algo se había desgarrado en ella, y no sabía olvidar aunque deseaba con toda su alma hacerlo.
Pasaban las horas y la fiesta estaba llegando a su fin, Ricardo tenía cinco mensajes de whatsapp que le apresuraban a salir con Teresa...Empezaba el final...

-¿Qué te parece si te llevo al paraíso? Está aquí cerca- le dijo agarrándole la cintura
-Ella que estaba aturdida-Creo es es buena idea, estoy muy mareada, necesito aire-le dijo mientras sonaba los acordes de gaita con el "El Xarreru"  que marcaban el cierre de la boda


No se despidieron de nadie. 
Aunque a la espalda llevaban pegado a varios metros de distancia a Sergio que apuró su bebida y salió tras de ellos con la intención de pararles y que Teresa hablase con él...no lo hizo en toda la boda.
Sentó a Teresa en el asiento del coche y le puso el cinturón, estaba realmente afectada, salió de la plaza lentamente para que Sergio viera que dirección tomaban, todo iba bien, como estaba planeado.

Le quemaba la sangre, Bárbara había encendido más de cien velas iluminando todo el salón, encendido la calefacción a todo lo que la vieja caldera daba, esperando que pronto la aguja llegara a la franja roja...y depositada la caja con ventilación en el suelo del salón con una víbora que soltaría en cuanto todo se serenase y después de hacer su alegato...de una manera u otra no quería que nadie saliese vivo de aquella casa...

Ricardo aparcó detrás y a pocos minutos Sergio...

-¿Qué lugar es este?
-Es la casa de los abuelos de una vieja amiga. Me la presta por esta noche.
-Ricardo, yo no estoy para historias no quiero y además...
-Lo sé. No te preocupes nuestra intención es otra...todo se aclarará en breve.
-¿Aclarar qué? Yo no tengo nada que hablar con nadie...¿qué insinúas?
-No soy yo el que quiere aclarar-afirmaba mientras llegaban-


En eso se abría la puerta...
Teresa no se lo podía creer, la cabeza le daba vueltas, pero veía con claridad  que era Bárbara 


-¿ Esta es tu vieja amiga, Ricardo? ¿ Qué os traéis entre manos? No voy a entrar
-Tú entras por que lo digo yo y punto...por que me las vas a pagar todas juntas...
-Encima yo que te he hecho- gritando y siendo empujada por ella hacia el salón...





Alguien pica a la puerta. Sergio entró corriendo alarmado por las voces...

Clara, ya en casa, se había quedado adormilada en el sofá y de pronto siente un pinchazo que le recorre todo el corazón. 

-Adolfo, va a pasar algo. Siento mucho calor y veo fuego.
-¿Qué dices? Déjame ir a por mi maletín...
-No corre a avisar a Jacinto, esto que siento no es físico, es largo de explicar Adolfo, tu corre a por él y que busquen a Teresa...va a ocurrir una desgracia.
-Pero, Clara, qué....
-Hazme caso por favor.





28 feb. 2018

Capítulo veintinueve


El quemazón que liberaba del cuerpo le hacía revolverse en la cama le impedía engañar a la consciencia para acariciar el sueno reparador, lo necesitaba. Su ensoñación llevaban días rondando, necesitaba que su mente parase y descansar. Deseaba estar impecable en la boda de su nieto que sería en unas horas. Pero antes tocaba recordar a sus hijos, ¡Un año ya!-se decía mientras apuraba su desayuno- Clara intuía algo pero, qué. Sólo sentía ese calor abrasador en su piel.
Teresa ultimaba todo. Las manillas del reloj se acercaban a las once cuando se  se oficiaría la misa por sus padres. Todos estarían allí en la Iglesia del pueblo donde a las seis Simón y Sofía unirían sus almas, su vida y su amor para siempre. Se le agolpaban los sentimientos y los recuerdos y se le encharcaban los ojos de dolor. Iría a por su abuela y por Adolfo en el coche. Necesitaba silencio. Los demás irían por su cuenta.
Clara se sujetó con fuerza a los brazos de Teresa y Adolfo para entrar, se sentía mal nerviosa, angustiada incluso con un poco de terror, 

-¡Me estaré volviendo loca!- dijo-
-¿Qué pasa abu?
-No lo sé. Llevo días preocupada-Adolfo y Teresa se miraron.
-¿Será la tensión?-dijo Adolfo-En cuanto estés sentada te la miro.
-No tranquilo, no es nada de eso. Es como una intuición de algo extraño.
-¿Extraño? ¿Cómo qué? Mira abu, no me asustes que hoy no es el día
-No hija, no quiero eso...se me pasará.

Le recorrió un escalofrío por la espalda que le hizo tambalearse, Clara se sentó con rapidez y comenzó a llorar.
Había dos centros de flores que más tarde Jacinto el jefe de policía acercaría al cementerio por petición de Clara, ya que todos debían prepararse. Los bancos se llenaron enseguida por amigos, vecinos y curiosos del pueblo y corriendo por el pasillo central se acercaban los futuros novios, que se sentaron precipitados por su retraso. Justo las once. De la sacristía salía Damián el nuevo párroco llegado hace un año de Algeciras. Su acento era muy significativo y sonoro. Al principio a los feligreses les chocaba pero tenía un don de gentes casi divino, y enseguida le aceptaron. Teresa lanzó una mirada atrás vio la Iglesia llena, elevó la mirada al coro y ahí estaba Vicente al organista, incombustible a sus ochenta años, gran amigo de la familia y sobre todo un enamorado más de su abuela Clara
De pronto su mirada se posó en un banco, no se lo podía creer. Era Sergio. 
Teresa giró rápido y nerviosa su cuello para mirar al altar. Su corazón latía precipitado por que una cosa era lo que su cerebro le decía y otra lo que ella sentía aunque lo negase.
Tres cuartos de hora más tarde el recuerdo a sus padres había finalizado y de nuevo la gente se acercaba a expresar su sentimiento de pesar por su fallecimiento en trágico accidente. 
Su abuela estaba abrumada así que casi con descortesía, Adolfo y Teresa dicidieron sacarla pronto del templo; y vieron a Jacinto acompañado de Damián meter los centros de flores en el asiento de atrás del coche policial.
Todo estaba saliendo como estaba planeado.
Teresa se vio sola por un instante pues su abuela saludó a varias personas en el pórtico.
Sintió una mano en su espalda. Tembló.

-Tenía que venir- dijo Sergio
-Te lo agradezco. Así ya estas aquí para la boda. Me alegro mucho por tu nuevo trabajo con Simón
-¿Cómo estás?-acercándose a ella-
- Teresa tragó saliva y dio un paso atrás- No lo sé, siento que todo esto no es real. Es como un mal sueño -le estaba pidiendo con un grito silencioso un abrazo
En ese momento de miradas cómplices, Sergio la tomó de las manos...
 -Teresa- dijo Ricardo que llegaba en ese preciso momento y se abalanzó hacia ella abrazándola, obligando a Sergio a alejarse unos centímetros...
-No he podido llegar antes, ya sabes el trabajo a veces es...- girando la cabeza, mientras mantenía su brazo en los hombros de ella y mirando a Sergio
-Ricardo te presento a Sergio.
Se saludaron con un apretón de manos y con un silencio incómodo.
-Bueno,¿Vamos a casa? -le dijo Ricardo-
Teresa abrumada por la situación respondió -Sí-
-Luego nos vemos Sergio
-Intenta descansar. Tenemos que hablar.
-Está bien.

Y Teresa caminó hacia el coche amparada por los brazos de Ricardo. Necesitaba estar en calma. Así que ayudó a su abuela a sentarse y ponerse el cinturón y se fueron a casa.
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En el pueblo había tres salones de belleza y todos ofrecen los mismos servicios y precisamente hoy tenían toda la tarde completa por los invitados.
Son las cuatro de la tarde. La peluquera, la estéticienne y el fotógrafo acababan de llegar a casa de Adolfo que se apuraba ultimando las botellas de vino y los aperitivos para los amigos que se acercarían a saludar. Sofía había elegido un vestido de corte medieval concretamente el modelo inspirado en el personaje de las leyendas artúricas con mangas largas y acampanadas con vuelo y para darle un estilo más medievo, lleva un cinturón anudado a la cadera y con escote palabra de honor. La tela es de encaje y es fácil de llevar. No quería un zapato muy alto que acabase quitando así que optó por medio tacón en el mismo tono del vestido, beige. Con el pelo habían decidido hacer una espiga despeinada, y florecillas a un lado sin ser muy exagerado, y el maquillaje, resaltaría sus ojos en tonos pastel el resto muy poco, no quería parecer muy recargada pues tenía miedo a emocionarse. Llevaba lo viejo de su madre, un detalle de su vestido de novia que se había hecho coser en el interior del suyo; lo azul, un anillo con una aguamarina que su amiga Iris- que no estaría- le había enviado desde Islandia.
Ya estaba todo. Ya había escuchado varias veces el timbre así que la casa estaría llena de amigos esperando para verla antes de salir hacia la Iglesia.

Adolfo sentía como cuando estaba en la sala de partos esperando a que naciera, de aquella fumaba un poco pero ahora ya no, y esa emoción se estaba apoderando de todo su cuerpo.¡Era un momento tan grande para él¡
Abrió la puerta de la habitación de Sofía y ahí estaba de pie esperándole.

-Hija, estás...no tengo palabras- sus ojos se llenaron de lágrimas-.
-Papí, no llores que me emociono yo y no puedo que se me corre el rímel-sonrió
-Estoy muy orgulloso de ti-

Y acercándose se abrazó a ella como un niño abraza a su peluche, con todo el amor y confianza del mundo. La tomo del brazo, como si de un ensayo previo se tratara, y caminaron hacia el salón para saludar. En media hora ese mismo gesto se repetiría para llevar a su hija al altar.

Clara abrumada por la situación se sentó en la butaca orejera de su yerno una garantía de recuerdos y asegurando que todo saldría bien. Teresa ayudaba a Simón a colocarse la pajarita que como no se estaba quieto era casi imposible, pasaba igual que como sucedía cuando eran pequeños y era el primer día de colegio, se ponía tan histérico que más de una vez Claudia le había propinado un coscorrón y así serenaba.

-Si no te estás quieto hermano, te doy como hacía mamá.
-Anda que no te prestaría-reía a carcajada-
-Es que Simón no puedo hacerte esto, si hubieras escogido una corbata me sería más fácil.
-A ti no te gustan las cosas fáciles. Por eso lo hice para que estuvieras entretenida.
-Qué morro tan grande-riéndose-venga que nos están esperando abajo, y en diez minutos tenemos que salir para la Iglesia.
-Estás muy guapa madrina.
-Y tú también.

Son las seis de la tarde. En la Iglesia repican las campanas. Todos fueron entrando para esperar por Sofía y Adolfo. La novia así lo había pedido que no hubiese nadie en el exterior. En los primeros bancos la familia. Teresa había decidido los adornos del templo, que eran iguales al ramo de la novia y al adorno de Simón: rosas blancas y tulipanes azules.
El Ave María de Shubert comenzó a sonar y los asistentes se levantaron para ver el paseo de la novia hasta el altar. Al fondo un Simón lloroso, emocionado, al contemplar la belleza más especial que había visto nunca la de su novia del alma. A su lado su madrina y hermana Teresa, respirando hondo por que su corazón no daba para más, su amiga estaba hermosa; su abuela Clara sí que expresaba la emoción con lágrimas, Teresa ni siquiera le había prestado la atención necesaria en este día frenético. Sergio sentado junto a Clara con sus manos entrelazadas...
Al que no había visto era a Ricardo
-¡Qué raro!- pensó Teresa.


 

 




  

20 feb. 2018

Capítulo veintiocho


Era un día de noviembre del año 1941.
Fernando apilaba la madera recogida durante la semana para venderla. Este día no tenía el carro tirado por bueyes de Pinón, su vecino, por que había ido con el a una feria así que tocaba bajar más de 15 km con la madera a la espalda. Estaba acostumbrado y no le quedaba más remedio si quería tener cuatro perras para alimentar a su hija y a su mujer. Era joven así que el esfuerzo sería recompensado con una buena taza de leche de la vaca escuálida que tenía Mariano, al volver.
A él, no obstante le gustaba caminar aunque el peso fuera extremo, respirando el olor de los eucaliptos que abundaban en el camino abriendo así sus bronquios. El tiempo escondido durante la guerra, y los frío gélido de aquellos inviernos le traían muchos problemas respiratorios aunque no le quitaban la fuerza.
A Luciana su mujer, no le gustaba nada que bajase sólo. Decía que aún quedaban locos rencorosos por los bosques que encontraría a su paso y que a él siempre le habían tenido en el punto de mira por aquel robo en la Iglesia cuando se había juntado con la peor calaña del pueblo pero que él creía en aquellos hombres y en su momento los justificó, la guerra es así.
Nando-que así le llamaban- se reía, y le decía:

-Ya han pasado años, y el párroco hizo saber a todos y todas que ya estoy en el camino del perdón.  Mujer, ¿quién se va acordar de aquella insignificancia con todos los muertos y muertas que hubo en esa maldita guerra de hermanos?
-No han pasado tantos años. Y queda mucho dolor. No lo sé, pero a mi se me pone un nudo en el pecho cuando te vas.
-Calla, y tate tranquila que volveré-y se fue guiñando un ojo a su amor de siempre.

Empezó el camino.
El cielo amenazaba lluvia y abundante, pero lo peor era el aire. Ese que se te mete por todo los huecos de la ropa sin pedir permiso, ese que no anuncia calma.
Por el camino se encontró con varios conocidos de otras aldeas colindantes a la suya, paraba poco por que no negaba que pesase el atado de madera, aunque mostraba interés por los quehaceres diarios de sus vecinos y así aprovechaba a atusarse la mata de pelo que llevaba debajo de la boina y proseguía el camino, aún quedaban una larga caminata y volvería ya cuando el día muestre sus últimos coletazos de luz a por esa taza rica de leche...
Los caminos hacia el pueblo grande habían mejorado, ya no habían tanto grijo del río que bajaba con gran caudal ni piedras ya que el gobernador de zona había decidido asfaltar medio tramo de carretera, y empezarían con la otra mitad al llegar la primavera. Hubo polémica a cuento del dinero invertido en esa mejora y se supo que el "mismísimo" Comandante en Jefe de la Nación había decidido limpiar mucho por allí y lo que él mandaba así se hacía, no en vano estaba casado con quien estaba casado...así que en breve Nando caminaría sin clavarse nada en las suelas. A veces algún coche subía por la carretera sinuosa, asombrando a todos los que veían esos vehículos a semejante velocidad, a Nando le encantaría poder dar un paseo a Josefina su pequeña y enseñarle cosas, pero el trabajo de la tierra daba para sobrevivir y no para fantasear, algún día su hija viviría mejor que él, con eso se quedaba, por el momento llegar a la serrería y ganar unos cuartos para comprar lo básico y si le quedaba algo un dulce para la niña de sus ojos era su meta. Josefina sólo tenía 4 años y bastante era que hubiera nacido en plena guerra civil y estaba criándose.
Hizo un alto en el camino para beber agua sin quitarse el atado de la espalda, y también aprovechó para estirarse hasta que sonara las vértebras, y al lenvantar los ojos vio la entrada a la villa.
Le quedaba poco. Pasaron volando unos pájaros a todo lo que daban sus alas. Pensó-Alguien está cazando y se asustaron los bicharracos-.
Bosque de Muniellos

Y así era.

El capataz de la serrería se las daba de ricachón y lo era. Había luchado en el bando Nacionalista y siempre fanfarroneaba de todos los rojos que había logrado matar por la causa y que sabía perfectamente quienes eran, "memoria de elefante" decía tener, mientras en el bar se tomaba una pinta de vino a salud de los presentes, y siempre ponía más monedas de la cuenta encima del mostrador para que se tomasen una a su salud.
Las gentes del lugar así lo hacían mientras jugaban a las cartas o al dominó y le miraban de reojo, más valía hacerle caso-pensaban- para no tener el cañón de la pistola que mostraba nada más desabrochar la chaqueta para meter la mano en el bolsillo del pantalón, en la sien en menos que cantaba un gallo; la suerte de todos es que en cuanto el cura se enteraba que Serafín llegaba, bajaba como alma que lleva el diablo-ya que a veces también la Iglesia se aliaba con el del infierno- para serenar la presencia de tal personaje. Pío, que así se llamaba el cura, se sentía responsable de todos vecinos, era muy querido y ayudaba en todo lo que podía para mantener la paz, una paz pobre y con harapos, pero paz al fin y al cabo.

Nando alzó la vista hacia el monte, divisando a un hombre con un rifle que apoyaba la pierna en una roca para asegurarse el equilibro y que supo enseguida que era Serafín. Dio unos pasos y volvió a mirar y esta vez no tenía el rifle bajo, si no que le apuntaba a él.
Se quedó clavado al suelo pensando en qué hacer, no debía acobardarse ni tenerle miedo por que si Serafín lo quería matar allí mismo, sin testigos y arropado por la lluvia incansable que caía, así lo haría, nadie le iba a detener...
Así que decidió mirar al frente, sin bajar la cabeza a pesar del dolor del cuello y caminar sin dejar de mirar a la entrada de la serrería. Le quedaba muy poco, estaba ahí y estaría a salvo...o eso creía él.
Su paso fue todo lo ligero que le daban las piernas y llegó con el rifle clavado en la nuca, pero llegó.
Posó el atado para que los empleados tomaran exacta cuenta del peso y le dirán las pertinentes monedas -siempre había dicho que la báscula estaba trucada- tomó el aliento y contó el montante. Ahora bajaría a por los recados que Luciana le había escrito en un trozo de papel, se tomaría una pinta de vino y comería lo justo para recuperar las fuerzas para retomar lo andado, mientras a la espalda dejaba su destino...
Emprendió el camino de vuelta con el soniquete de ya pocas monedas en su chaqueta de pana. En sus manos llevaba un paquete de caramelos de fresa para su hija y silbaba una canción popular al ritmo que sus pies seguían las notas a paso ligero, frenaría más adelante sin remedio...
También se preguntaba que habría sido de Serafín, que desapareció cuando él entró en la serrería, habría visto otra presa más apetecible que llevarse por delante, pensó.
Pero no, Serafín había maquinado algo perverso, típico de un cacique como él...

-¡Prepárame el coche que voy a salir- le dijo a Braulio, un soldado que se trajo del frente, cojo y sin familia y que lo mismo le daba todo que todo le daba lo mismo-
-El coche está listo desde ayer, Señor. ¿ Quiere que vaya con usted?
-Esta vez no. Tengo un asunto que resolver-le dijo rascándose la barbilla.
-Y mañana me afeitas
-Sí, señor.

Se montó con agilidad y arrancó el motor. En el asiento del copiloto llevaba su rifle y una caja de balas-

-Señor, perdone que me meta. ¿Qué va a esperar por el jabalí?
-No. El jabalí está esperándome en el camino-y le miró

Braulio supo que iba rematar a alguien. Mañana se enteraría.
Nando ya había adelantado le quedaban unos dos kilómetros para llegar a la vera de los suyos. Ya tenía los pensamientos calmados cuando decidió cambiar de lado ya que se acercaba un coche. Le pareció raro que a esa hora de la noche hubiese alguien por el camino pero no le dio más vueltas a la cabeza.
Los faros se acercaban rápido casi lo tenía a una curva, y por un momento creyó que se había parado. Serafín ya le había visto y frenó el coche. Bajó la ventanilla cargó el rifle y valoró la distancia.

-¡Aún está lejos, este desgracio!- pensó.

Así que volvió a dejar todo en el asiento. Esta vez aceleró para alcanzarle. Tanto que en un minuto se puso a su lado.
Nando se sobresaltó al mirar dentro del coche.

-Si quieres te llevo- le dijo Serafín tras bajar la ventanilla mirándole fijamente a los ojos.
-Ya no me queda casi que andar-a Nando le temblaba la ropa y se dijo "de esta no salgo".
-¡Pues si no quieres subir, camina delante de mi!- le ordenó Serafín, cambiando de comisura el palillo que llevaba en la boca.
Nando hecho andar rogando a la vida que pasara delante de él. Pero no. Esta gente todo lo hacía por la espalda tenían la sartén por el mango siempre y ejecutaban a cualquiera de la forma más ruin e inimaginable. El sonido del río se metía por los oídos de Nando, podía ser una vía de escape-pensó- pero tampoco, le pegaría un tiro antes de llegar vivo abajo...correr es de cobardes-se dijo- así que su paso era sereno esperando el desenlace en manos de ese mezquino.
El sonido del motor también se le metía a Nando por los oídos, al igual que imaginaba la risa de su mujer y de su hija, el mugir de la vaca, los cantares de las fiestas de verano...
Lo sentía todo tan adentro.
Y también sintió como el coche aceleró y cómo su piernas se requebrajaron del golpe y también sintió como se quedó tirado en el suelo mirando fijamente a los faros traseros de aquel coche que estaba dando para atrás para rematarlo.
Nando dejó de sentirlo todo y se quedó en el suelo, muerto pero con los caramelos que llevaba para la niña de sus ojos apretados en el puño.
Serafín, después de tal hazaña, condujo hasta el pueblo...
Asomada al balcón estaba Luciana, pues le parecía que su marido tardaba. Al ver el coche se sujetó con fuerza para no caerse.
El se bajó del coche.

-¿A quién esperas asomada? ¡Vas a enfriarte!-le dijo con su antebrazo apoyado en el techo del coche.
- A mi marido. Bajó esta mañana a vender la madera de los pinos.

El la miró fijamente con dominio, con poder. Ella se apartó de balcón por que se estaba orinando encima de puro miedo.
Serafín sacó unas monedas del bolso y las tiró en el quicio de la puerta de la casa. Caminó lento para entrar de nuevo en el coche mientras encendía un pitillo.

-¡Ahí te dejo eso. Lo necesitaras. El no volverá!

Arrancó el coche y se fue.
Luciana bajó corriendo y empezó a gritar. Un grito que despertó a sus vecinos. Todos bajaron a buscar a Nando y todos encontraron a Nando muerto. Y todos le subieron al carro de bueyes y Pío le dio Santo Entierro.
      
A Bárbara le había contado siempre esa historia su abuelo Isaac que se casó con Josefina, con el pañuelo en la mano y secándose las lágrimas.
Había crecido sintiendo su dolor su rencor sentimientos nocivo para el alma.
Josefina creció sin su padre y su madre, Luciana había caído en semejante depresión que moriría de pura tristeza cuando Josefina tenía diez años.
El pasar de los años no curó esa herida.
Y Bárbara ahora sentía que a través de Sergio familia directa de Serafín tendría la justicia que se mereció recibir su abuelo asesinado.

También la familia de Teresa vivió trágicos momentos un abuelo muerto, una niña sin padre, una esposa sin marido...pero la vida regaló después a Clara, canas que peinar y la historia no es igual pero se parece siempre es con la lupa que la vivas 



12 feb. 2018

Luz


¡Vuelve a subirte!- le dijo, con seguridad en que esa orden le daría la suficiente firmeza para intentarlo de nuevo-.
Ella no paraba de sollozar y sus mejillas estaban sonrojadas de intentarlo tantas veces.
Le dolían las rodillas arañadas por la gravilla que había de camino a la céntrica plaza del pueblo en el que solía veranear en el Norte.
Llovía.
En las palmas de la mano tenía marcado los protectores del manillar de aquella BH verde que le habían comprado para la ocasión.
Pero tenía claro que no podía pasar un día más sin saber hacerlo.
Quería poder demostrar a sus amigos que tenía la valentía suficiente a pesar de ser una chica de ciudad-hace años ser de cuidad no era tan divertido. No se hacían amigos tan fácil, ni te pasabas el día correteando por las calles como hacías en el pueblo. Todo era peligroso- así que iba a conseguirlo.
Pensaba que si no dominaba aquel trasto no sería capaz de nada, por que no sólo era poder asegurar paseos interminables por allí, para ella era el mayor reto al que se había enfrentado después de ponerse de puntillas en sus clases de ballet.
Sabía que si conseguía mantener aquel trasto de dos ruedas en línea recta sin caerse, su vida sería siempre así, un lugar con uno y mil intentos en el que poder garantizar libertad ante los miedos.
Y claro que tenía miedo, no le gustaba hacerse daño ni que le quedaran marcas, a sus 9 años empezaba a ser presumida y como no podía ser de otra manera ya le gustaba un chico, el mismo de todos los veranos desde que alcazaba a recordar, el más gamberro de ese sitio, pero ella le veía como al príncipe valiente que de vez en cuando la miraba a los ojos.
Así que se adentró en el mundo de la coordinación con una fugaz osadía, sabiendo que no debía dejar de pedalear mientras sus poco usados músculos de los brazos trataban de mantenerse firmes para sujetar el volante de la bici.
Tampoco es que fuera adecuadamente vestida para aprender.
La falda no la ayudaba mucho en semejante evento pero estaba claro que eso no le importaba por que ni cuando se caía mientras los chicos se apilaban en el único banco del bar de pueblo para ver en qué quedaba la cosa-a ella en cada revolcón se le veía las braguitas rosa que con tan buena mano le había tejido su abuela- le importaba demasiado y además le daba una risa picardiosa que ni si quiera ella entendía.Y fue cuando así como el que no quiere la cosa sus piernas avanzaron más que la última vez, y que la anterior vez, y se vio a ella misma recorriendo el sendero recto que llevaba hasta el depósito del agua, y que rara vez pasaban coches, así que siguió adelante e incluso se permitió cerrar un poco los ojos y disfrutar.
A su espalda escuchó silbidos, y aplausos de sus flamantes seguidores de semejante treta, y ahora sí que podrían vivir aventuras todos juntos...
Ya se hacía de noche y no quedaba más remedio que irse cada uno para su casa por que enseguida llamarían las madres a sus cachorros para advertir que la cena estaba lista, no llamaban por el móvil, se asomaban al balcón y gritaban los nombre de cada cual.
Ahora esa práctica también se está perdiendo. Ahora no queda bien, es de salvajes gritar a los hijos, poco adecuado.
Al aparcar la BH verde en el garaje, notó que le dolía todo, desde el dedo gordo del pie hasta el pelo
Su madre le aconsejó un baño caliente para descansar.
Y así lo hizo.
Después prefirió comerse en pan la carne guisada que había de cena y un vaso de leche tibia, para hacer que así su sueño llegase antes..
Como siempre puso un cojín en el suelo cerca de la puerta del salón para poder oír la tele sin prestar atención ya que no había más placer para ella que sentarse a cenar viendo el atardecer, la luz que entraba por la ventana del final del pasillo imaginando todo lo que a partir de ese día le ocurriría aquel verano en que pudo dominar la máquina.

By Mónica Solís


10 feb. 2017

Manos


¡Inhalé aire!
Sabía perfectamente que estaba perdida otra vez, que inevitablemente quería sus manos entre las mías, abrigándome, sometiéndome a su placer y al mío.


¡Inhalé aire!

Entreabrí los labios para que se acercara y me amara por un instante con todo su ser...es la única forma que tiene de hacerlo, entregándose entero, sin miedo, sin pensar...rozándonos con la ropa puesta, sabiéndonos entregados..ese instante de tiempo somos uno con identidad variable, locos por ese placer mecedor que acuna cada excitante movimiento...

¡Inhalamos aire!
esenciadeháfica.com


La cama es refugio de calor y color 
Revueltos entre dedos que arañan los muslos y sobrecargan el pecho que baila al compás del deseo, que se estremece...dedos que alcanzan límites sin barreras y que consiguen que el balanceo de caderas exciten el ritmo...

¡Sujétame!

¡No me sueltes!

Siento cómo jadea. Entra en mi, le gusta tanto, me gusta tanto.Siempre me siento inmensa entre sus muslos... Abrimos los ojos...estamos juntos en esto...nuestros rostros se acarician cuando nuestra lengua recorre mejillas, cuello y se duerme en nuestros oídos...
Somos un sólo espasmo rodeado de posesión y armonía.

¡Culminamos!

¡Eróticos, deseo siempre...a pesar de nosotros¡¡

Mónica Solís






23 may. 2016

"¿Crees qué la viste desnuda sólo porque le sacáste ropa? Háblame de sus sueńos, de lo que le rompe el corazón, de cuántas veces lloró contándote una historia triste de su pasado, o mejor aún, háblame de cómo le brillan los ojos  cuando están juntos. No, no la viste desnuda" 
Anónimo.