20 feb. 2018

Capítulo veintiocho


Era un día de noviembre del año 1941.
Fernando apilaba la madera recogida durante la semana para venderla. Este día no tenía el carro tirado por bueyes de Pinón, su vecino, por que había ido con el a una feria así que tocaba bajar más de 15 km con la madera a la espalda. Estaba acostumbrado y no le quedaba más remedio si quería tener cuatro perras para alimentar a su hija y a su mujer. Era joven así que el esfuerzo sería recompensado con una buena taza de leche de la vaca escuálida que tenía Mariano, al volver.
A él, no obstante le gustaba caminar aunque el peso fuera extremo, respirando el olor de los eucaliptos que abundaban en el camino abriendo así sus bronquios. El tiempo escondido durante la guerra, y los frío gélido de aquellos inviernos le traían muchos problemas respiratorios aunque no le quitaban la fuerza.
A Luciana su mujer, no le gustaba nada que bajase sólo. Decía que aún quedaban locos rencorosos por los bosques que encontraría a su paso y que a él siempre le habían tenido en el punto de mira por aquel robo en la Iglesia cuando se había juntado con la peor calaña del pueblo pero que él creía en aquellos hombres y en su momento los justificó, la guerra es así.
Nando-que así le llamaban- se reía, y le decía:

-Ya han pasado años, y el párroco hizo saber a todos y todas que ya estoy en el camino del perdón.  Mujer, ¿quién se va acordar de aquella insignificancia con todos los muertos y muertas que hubo en esa maldita guerra de hermanos?
-No han pasado tantos años. Y queda mucho dolor. No lo sé, pero a mi se me pone un nudo en el pecho cuando te vas.
-Calla, y tate tranquila que volveré-y se fue guiñando un ojo a su amor de siempre.

Empezó el camino.
El cielo amenazaba lluvia y abundante, pero lo peor era el aire. Ese que se te mete por todo los huecos de la ropa sin pedir permiso, ese que no anuncia calma.
Por el camino se encontró con varios conocidos de otras aldeas colindantes a la suya, paraba poco por que no negaba que pesase el atado de madera, aunque mostraba interés por los quehaceres diarios de sus vecinos y así aprovechaba a atusarse la mata de pelo que llevaba debajo de la boina y proseguía el camino, aún quedaban una larga caminata y volvería ya cuando el día muestre sus últimos coletazos de luz a por esa taza rica de leche...
Los caminos hacia el pueblo grande habían mejorado, ya no habían tanto grijo del río que bajaba con gran caudal ni piedras ya que el gobernador de zona había decidido asfaltar medio tramo de carretera, y empezarían con la otra mitad al llegar la primavera. Hubo polémica a cuento del dinero invertido en esa mejora y se supo que el "mismísimo" Comandante en Jefe de la Nación había decidido limpiar mucho por allí y lo que él mandaba así se hacía, no en vano estaba casado con quien estaba casado...así que en breve Nando caminaría sin clavarse nada en las suelas. A veces algún coche subía por la carretera sinuosa, asombrando a todos los que veían esos vehículos a semejante velocidad, a Nando le encantaría poder dar un paseo a Josefina su pequeña y enseñarle cosas, pero el trabajo de la tierra daba para sobrevivir y no para fantasear, algún día su hija viviría mejor que él, con eso se quedaba, por el momento llegar a la serrería y ganar unos cuartos para comprar lo básico y si le quedaba algo un dulce para la niña de sus ojos era su meta. Josefina sólo tenía 4 años y bastante era que hubiera nacido en plena guerra civil y estaba criándose.
Hizo un alto en el camino para beber agua sin quitarse el atado de la espalda, y también aprovechó para estirarse hasta que sonara las vértebras, y al lenvantar los ojos vio la entrada a la villa.
Le quedaba poco. Pasaron volando unos pájaros a todo lo que daban sus alas. Pensó-Alguien está cazando y se asustaron los bicharracos-.
Bosque de Muniellos

Y así era.

El capataz de la serrería se las daba de ricachón y lo era. Había luchado en el bando Nacionalista y siempre fanfarroneaba de todos los rojos que había logrado matar por la causa y que sabía perfectamente quienes eran, "memoria de elefante" decía tener, mientras en el bar se tomaba una pinta de vino a salud de los presentes, y siempre ponía más monedas de la cuenta encima del mostrador para que se tomasen una a su salud.
Las gentes del lugar así lo hacían mientras jugaban a las cartas o al dominó y le miraban de reojo, más valía hacerle caso-pensaban- para no tener el cañón de la pistola que mostraba nada más desabrochar la chaqueta para meter la mano en el bolsillo del pantalón, en la sien en menos que cantaba un gallo; la suerte de todos es que en cuanto el cura se enteraba que Serafín llegaba, bajaba como alma que lleva el diablo-ya que a veces también la Iglesia se aliaba con el del infierno- para serenar la presencia de tal personaje. Pío, que así se llamaba el cura, se sentía responsable de todos vecinos, era muy querido y ayudaba en todo lo que podía para mantener la paz, una paz pobre y con harapos, pero paz al fin y al cabo.

Nando alzó la vista hacia el monte, divisando a un hombre con un rifle que apoyaba la pierna en una roca para asegurarse el equilibro y que supo enseguida que era Serafín. Dio unos pasos y volvió a mirar y esta vez no tenía el rifle bajo, si no que le apuntaba a él.
Se quedó clavado al suelo pensando en qué hacer, no debía acobardarse ni tenerle miedo por que si Serafín lo quería matar allí mismo, sin testigos y arropado por la lluvia incansable que caía, así lo haría, nadie le iba a detener...
Así que decidió mirar al frente, sin bajar la cabeza a pesar del dolor del cuello y caminar sin dejar de mirar a la entrada de la serrería. Le quedaba muy poco, estaba ahí y estaría a salvo...o eso creía él.
Su paso fue todo lo ligero que le daban las piernas y llegó con el rifle clavado en la nuca, pero llegó.
Posó el atado para que los empleados tomaran exacta cuenta del peso y le dirán las pertinentes monedas -siempre había dicho que la báscula estaba trucada- tomó el aliento y contó el montante. Ahora bajaría a por los recados que Luciana le había escrito en un trozo de papel, se tomaría una pinta de vino y comería lo justo para recuperar las fuerzas para retomar lo andado, mientras a la espalda dejaba su destino...
Emprendió el camino de vuelta con el soniquete de ya pocas monedas en su chaqueta de pana. En sus manos llevaba un paquete de caramelos de fresa para su hija y silbaba una canción popular al ritmo que sus pies seguían las notas a paso ligero, frenaría más adelante sin remedio...
También se preguntaba que habría sido de Serafín, que desapareció cuando él entró en la serrería, habría visto otra presa más apetecible que llevarse por delante, pensó.
Pero no, Serafín había maquinado algo perverso, típico de un cacique como él...

-¡Prepárame el coche que voy a salir- le dijo a Braulio, un soldado que se trajo del frente, cojo y sin familia y que lo mismo le daba todo que todo le daba lo mismo-
-El coche está listo desde ayer, Señor. ¿ Quiere que vaya con usted?
-Esta vez no. Tengo un asunto que resolver-le dijo rascándose la barbilla.
-Y mañana me afeitas
-Sí, señor.

Se montó con agilidad y arrancó el motor. En el asiento del copiloto llevaba su rifle y una caja de balas-

-Señor, perdone que me meta. ¿Qué va a esperar por el jabalí?
-No. El jabalí está esperándome en el camino-y le miró

Braulio supo que iba rematar a alguien. Mañana se enteraría.
Nando ya había adelantado le quedaban unos dos kilómetros para llegar a la vera de los suyos. Ya tenía los pensamientos calmados cuando decidió cambiar de lado ya que se acercaba un coche. Le pareció raro que a esa hora de la noche hubiese alguien por el camino pero no le dio más vueltas a la cabeza.
Los faros se acercaban rápido casi lo tenía a una curva, y por un momento creyó que se había parado. Serafín ya le había visto y frenó el coche. Bajó la ventanilla cargó el rifle y valoró la distancia.

-¡Aún está lejos, este desgracio!- pensó.

Así que volvió a dejar todo en el asiento. Esta vez aceleró para alcanzarle. Tanto que en un minuto se puso a su lado.
Nando se sobresaltó al mirar dentro del coche.

-Si quieres te llevo- le dijo Serafín tras bajar la ventanilla mirándole fijamente a los ojos.
-Ya no me queda casi que andar-a Nando le temblaba la ropa y se dijo "de esta no salgo".
-¡Pues si no quieres subir, camina delante de mi!- le ordenó Serafín, cambiando de comisura el palillo que llevaba en la boca.
Nando hecho andar rogando a la vida que pasara delante de él. Pero no. Esta gente todo lo hacía por la espalda tenían la sartén por el mango siempre y ejecutaban a cualquiera de la forma más ruin e inimaginable. El sonido del río se metía por los oídos de Nando, podía ser una vía de escape-pensó- pero tampoco, le pegaría un tiro antes de llegar vivo abajo...correr es de cobardes-se dijo- así que su paso era sereno esperando el desenlace en manos de ese mezquino.
El sonido del motor también se le metía a Nando por los oídos, al igual que imaginaba la risa de su mujer y de su hija, el mugir de la vaca, los cantares de las fiestas de verano...
Lo sentía todo tan adentro.
Y también sintió como el coche aceleró y cómo su piernas se requebrajaron del golpe y también sintió como se quedó tirado en el suelo mirando fijamente a los faros traseros de aquel coche que estaba dando para atrás para rematarlo.
Nando dejó de sentirlo todo y se quedó en el suelo, muerto pero con los caramelos que llevaba para la niña de sus ojos apretados en el puño.
Serafín, después de tal hazaña, condujo hasta el pueblo...
Asomada al balcón estaba Luciana, pues le parecía que su marido tardaba. Al ver el coche se sujetó con fuerza para no caerse.
El se bajó del coche.

-¿A quién esperas asomada? ¡Vas a enfriarte!-le dijo con su antebrazo apoyado en el techo del coche.
- A mi marido. Bajó esta mañana a vender la madera de los pinos.

El la miró fijamente con dominio, con poder. Ella se apartó de balcón por que se estaba orinando encima de puro miedo.
Serafín sacó unas monedas del bolso y las tiró en el quicio de la puerta de la casa. Caminó lento para entrar de nuevo en el coche mientras encendía un pitillo.

-¡Ahí te dejo eso. Lo necesitaras. El no volverá!

Arrancó el coche y se fue.
Luciana bajó corriendo y empezó a gritar. Un grito que despertó a sus vecinos. Todos bajaron a buscar a Nando y todos encontraron a Nando muerto. Y todos le subieron al carro de bueyes y Pío le dio Santo Entierro.
      
A Bárbara le había contado siempre esa historia su abuelo Isaac que se casó con Josefina, con el pañuelo en la mano y secándose las lágrimas.
Había crecido sintiendo su dolor su rencor sentimientos nocivo para el alma.
Josefina creció sin su padre y su madre, Luciana había caído en semejante depresión que moriría de pura tristeza cuando Josefina tenía diez años.
El pasar de los años no curó esa herida.
Y Bárbara ahora sentía que a través de Sergio familia directa de Serafín tendría la justicia que se mereció recibir su abuelo asesinado.

También la familia de Teresa vivió trágicos momentos un abuelo muerto, una niña sin padre, una esposa sin marido...pero la vida regaló después a Clara, canas que peinar y la historia no es igual pero se parece siempre es con la lupa que la vivas 



12 feb. 2018

Luz


¡Vuelve a subirte!- le dijo, con seguridad en que esa orden le daría la suficiente firmeza para intentarlo de nuevo-.
Ella no paraba de sollozar y sus mejillas estaban sonrojadas de intentarlo tantas veces.
Le dolían las rodillas arañadas por la gravilla que había de camino a la céntrica plaza del pueblo en el que solía veranear en el Norte.
Llovía.
En las palmas de la mano tenía marcado los protectores del manillar de aquella BH verde que le habían comprado para la ocasión.
Pero tenía claro que no podía pasar un día más sin saber hacerlo.
Quería poder demostrar a sus amigos que tenía la valentía suficiente a pesar de ser una chica de ciudad-hace años ser de cuidad no era tan divertido. No se hacían amigos tan fácil, ni te pasabas el día correteando por las calles como hacías en el pueblo. Todo era peligroso- así que iba a conseguirlo.
Pensaba que si no dominaba aquel trasto no sería capaz de nada, por que no sólo era poder asegurar paseos interminables por allí, para ella era el mayor reto al que se había enfrentado después de ponerse de puntillas en sus clases de ballet.
Sabía que si conseguía mantener aquel trasto de dos ruedas en línea recta sin caerse, su vida sería siempre así, un lugar con uno y mil intentos en el que poder garantizar libertad ante los miedos.
Y claro que tenía miedo, no le gustaba hacerse daño ni que le quedaran marcas, a sus 9 años empezaba a ser presumida y como no podía ser de otra manera ya le gustaba un chico, el mismo de todos los veranos desde que alcazaba a recordar, el más gamberro de ese sitio, pero ella le veía como al príncipe valiente que de vez en cuando la miraba a los ojos.
Así que se adentró en el mundo de la coordinación con una fugaz osadía, sabiendo que no debía dejar de pedalear mientras sus poco usados músculos de los brazos trataban de mantenerse firmes para sujetar el volante de la bici.
Tampoco es que fuera adecuadamente vestida para aprender.
La falda no la ayudaba mucho en semejante evento pero estaba claro que eso no le importaba por que ni cuando se caía mientras los chicos se apilaban en el único banco del bar de pueblo para ver en qué quedaba la cosa-a ella en cada revolcón se le veía las braguitas rosa que con tan buena mano le había tejido su abuela- le importaba demasiado e además le daba una risa picardiosa que ni si quiera ella entendía.
Y fue cuando así como el que no quiere la cosa sus piernas avanzaron más que la última vez, y que la anterior vez, y se vio a ella misma recorriendo el sendero recto que llevaba hasta el depósito del agua, y que rara vez pasaban coches, así que siguió adelante e incluso se permitió cerrar un poco los ojos y disfrutar.
A su espalda escuchó silbidos, y aplausos de sus flamantes seguidores de semejante aventura, y ahora sí que podrían vivir aventuras todos juntos...
Ya se hacía de noche y no quedaba más remedio que irse cada uno para su casa por que enseguida llamarían las madres a sus cachorros para advertir que la cena estaba lista, no llamaban por el móvil, se asomaban al balcón y gritaban los nombre de cada cual.
Ahora esa práctica también se está perdiendo. Ahora no queda bien, es de salvajes gritar a los hijos, poco adecuado.
Al aparcar la BH verde en el garaje, notó que le dolía todo, desde el dedo gordo del pie hasta el pelo
Su madre le aconsejó un baño caliente para descansar.
Y así lo hizo.
Después prefirió comerse en pan la carne guisada que había de cena y un vaso de leche tibia, para hacer que así su sueño llegase antes..
Como siempre puso un cojín en el suelo cerca de la puerta del salón para poder oír la tele sin prestar atención ya que no había más placer para ella que sentarse a cenar viendo el atardecer, la luz que entraba por la ventana del final del pasillo imaginando todo lo que a partir de ese día le ocurriría aquel verano en que pudo dominar la máquina.

By Mónica Solís


10 feb. 2017

Manos


¡Inhalé aire!
Sabía perfectamente que estaba perdida otra vez, que inevitablemente quería sus manos entre las mías, abrigándome, sometiéndome a su placer y al mío.


¡Inhalé aire!

Entreabrí los labios para que se acercara y me amara por un instante con todo su ser...es la única forma que tiene de hacerlo, entregándose entero, sin miedo, sin pensar...rozándonos con la ropa puesta, sabiéndonos entregados..ese instante de tiempo somos uno con identidad variable, locos por ese placer mecedor que acuna cada excitante movimiento...

¡Inhalamos aire!
esenciadeháfica.com


La cama es refugio de calor y color 
Revueltos entre dedos que arañan los muslos y sobrecargan el pecho que baila al compás del deseo, que se estremece...dedos que alcanzan límites sin barreras y que consiguen que el balanceo de caderas exciten el ritmo...

¡Sujétame!

¡No me sueltes!

Siento cómo jadea. Entra en mi, le gusta tanto, me gusta tanto.Siempre me siento inmensa entre sus muslos... Abrimos los ojos...estamos juntos en esto...nuestros rostros se acarician cuando nuestra lengua recorre mejillas, cuello y se duerme en nuestros oídos...
Somos un sólo espasmo rodeado de posesión y armonía.

¡Culminamos!

¡Eróticos, deseo siempre...a pesar de nosotros¡¡

Mónica Solís






23 may. 2016

"¿Crees qué la viste desnuda sólo porque le sacáste ropa? Háblame de sus sueńos, de lo que le rompe el corazón, de cuántas veces lloró contándote una historia triste de su pasado, o mejor aún, háblame de cómo le brillan los ojos  cuando están juntos. No, no la viste desnuda" 
Anónimo.

6 sept. 2015

Escalera de caracol

...Cogidos de las manos subieron la escalera de caracol que les llevaba a la planta de arriba.
El dejó la maleta en el suelo con suavidad, Teresa se soltó y caminó hacia la cómoda del pasillo en la que había un jarrón con flores frescas, hizo sitio y colocó los tulipanes azules; Sergio, no le quitaba ojo apoyado en el marco caoba de la puerta que llevaba a la única habitación con cama.
Al fondo una ventana por la cual entraba la luz dorada del atardecer que desaparecía ensombrecida por su figura y conseguía tal efecto que Teresa estaba aún más atrayente.
Sergio extendió su mano invitándola a acercarse.
Un temblor recorría todo su cuerpo, no lo duda marcha hacia él, sin dejar de observarse el uno al otro ni un sólo instante.
Teresa está tan cerca, que otra vez le embriaga su aroma, otra vez se siente aturdida.
Su boca se abre al placer de su respiración, sus labios secos de tanta espera ásperos de tanto tiempo, premian la humedad de su lengua, a la vez que acaricia su pecho clavando sus uñas sin compasión y con deseo. 
Ese beso, interminable placer que invita a seguir a olvidar y a seguir de nuevo. Sergio acaricia su rostro hasta el cuello jugando con los nudillos sin dejar de besarla.Teresa se estremece y se deja.
Su espalda, apoyada en la pared, es la única parte de su cuerpo que aún mantiene fría cosa que le gusta.
Pelea por salir de ahí.
Se balancea sobre el torso de Sergio en un amago de poder pero él la sujeta por las muñecas y levanta los brazos hasta colocarlos por encima de su cabeza. Teresa se quiere morir.
Roza con su labio su nariz, su frente, sus párpados, lame, chupa, muerde su oreja.
Insiste, una y otra vez...
Teresa huye de encontrarse con su boca pero levemente abre los ojos. El la estaba esperando; sabía lo que más le gustaba y se lo estaba dando.

-En la cama-suplicó Teresa
-Aún no.
Quiero que tiembles. Quiero que grites. Que no puedas más.-susurró-
-Por favor...
-No.

Soltó sus brazos. Teresa pensó que este preámbulo llegaba a su fin. Nada más lejos de la realidad.
De un brusco impulso, Sergio le quitó el vestido sin respetar ni un solo botón, al descubierto quedó su cuerpo con dos minúsculas prendas.

-Quita tú el resto- decidió Sergio-.

Teresa obedeció, segura de que el placer que él sentía era tan grandioso como su amor; desnuda ante él en cuerpo y alma.

-Acaríciate- le susurró al oído

Sergio se fue quitando la ropa mientras no apartaba la mirada de las manos de Teresa. En un principio había decidido alejarse hasta la cama para mirarla, pero se quedó cuando ella comenzó su peregrinaje físico.
Estar ahí, sentir lo mismo. Juntos.
Se sujetó contra la misma pared en la que ella tenía la espalda.
Agitada, jadeando cada vez más Teresa comenzó a palpar sus senos que aún se respingaban más con el roce de los anillos que llevaba; se mordía el labio con ardor cuanto más rápido las yemas de sus dedos rozaban su pezón, cuanto más se retorcía él más se mecía sobre ella frotándose. Llevaban la misma simetría al moverse. 
Los dos se miraron y se fundieron en otro beso eterno, placentero, sensual...
Teresa continúo su mandato a pies juntillas; era su doctrina. No había más mundo.
Teresa fue bajando la mano hasta llegar a su sexo pero esta vez no estaba sola; la mano sudorosa de Sergio dirigía cada acercamiento, cada caricia, cada intrusión en su foco de pasión.

-Sólo un poco más; enséñame cuánto me deseas. Grita; necesito escuchar tu delirio -dijo Sergio al oído-.

Ella no era dueña de su voluntad.
Se precipitaba hacia la cumbre más frenética ¡Cuánto había echado de menos tanto amor!.
Se resistía

-Te ansío tanto, Sergio. Pero, pero...-dijo jadeando al límite-
-No. No te reprimas, amor. Date a mí¡
-Soy tuya-gritó-

Sus espasmos se convirtieron en un armónico baile de placer inagotable. Sergio la eleva suavemente acostándola sobre la cama sin dejar de palpar su cuerpo. Daban vueltas sobre la cama, hasta que Teresa logró apoderarse del mando; se aupó sobres sus muslos quedando encima. Ahora ella guiaba, era la ama...cómo, cuándo, cuánto penetraría en ella sería un acertijo sin pronta resolución para Sergio. Eso a él no le importaba.
Teresa se alzaba y se dejaba caer suavemente una y otra vez, Sergio hundía su cabeza en la almohada resistiendo, sofocado, delirio puro; cada vez ella salía más, tardaba unos segundos en volver a entrar deseable, lasciva, dándole así la ocasión de subir la cabeza pidiendo compasión. Pero ella aún quería jugar, y  comenzó a mover las caderas en círculo, tajante, rápidamente, hundiéndose; él  mantenía el ritmo con sus piernas, abriéndolas y cerrándolas para sujetar así la espalda de Teresa.
Sin salirse, ella mueve primero una pierna y después la otra hasta tener a Sergio cerca, y le somete, apretándole con su muslo la cintura. El movimiento cada vez es más controlado; él besa incansable su escote, ella se apoya en sus hombros lo que le permite inclinar la cabeza hacia atrás. 
Ya no pueden más...los dos están decididos.
Foto: milicia.org


-Te siento
-Y yo a ti
-Te quiero tanto-dice Sergio-

Eso anima a Teresa aún más, ya no opone resistencia, ya no quiere frenarse, y se rinde al clímax.
Los dos caen rendidos en la cama.
Los dos se abrazan.
Ella contempla su paz en aquellos ojos miel que creía perdidos.
El, acaricia su pelo, golpea con el índice la punta de su nariz, y dulcemente se acerca al oído

-Gracias por amarme así -dijo emocionado-
-Me enseñaste el límite de la pasión, pero no me enseñaste a olvidarte Sergio.

Teresa se acurruca en su pecho abrigada por sus firmes brazos, suspira y brota de ella una lágrima.
Ahí estaba la esencia de la eternidad, justo ahí...
A su lado.

By Mónica Solís
(Extraído de la novela "Ahora no...de Mónica Solís

30 ago. 2015

Gota Imparable

...No sentía aire en el pecho, se subió los coullottes, el vaquero y se puso un jersey de esos de cuello ancho que caen como la propia piel por el hombro...apuró, cada paso era un suplicio; ni se percató que se avecinaba tormenta. No llevaba rumbo fijo pero necesitaba volar. Olvidarse de todo. Mientras andaba empezó a llover, al principio suavemente empapando su cuerpo abandonado a un bochorno interno incapaz de detener...a los cinco minutos la lluvia entraba por cada resquicio de su ropa...ella caminaba ligera sin prisa y en su cara se dibuja una sonrisa maliciosa...le gustaba sentirse húmeda...
Andaba y se mordía los labios dulcemente como sabía que él lo haría, se rozaba con los dientes, sin daño:- ¿No hay por qué? -pensaba-
Y seguía caminando, aunque quería volver a casa no quería parar. Sus pies chorreaban agua de lluvia y la llevaban hacia un camino sin retorno...le deseaba tanto en ese preciso momento que sería capaz de todo...
Se metió las manos en los bolsillos del pantalón, sus dedos quedaban justo a la altura de su pubis y acarició despacio a través del forro, se detuvo justo en un portal que mantenía abierta su vieja entrada...¡Tenía que entrar!
La tormenta había dejado a oscuras muchos edificios, y también había precipitado el atardecer.
Miró alrededor y sintió un escalofrío. Se apoyó en la primera pared que tuvo a mano...alguien la había seguido y se estaba acercando.
Extrañamete no sentía miedo, sino deseo...irrefrenable, loco, ...
Sintió su aliento en la nuca, ella cerró los ojos y ladeó su cabeza. El la besó y recorrió con la lengua su cuello mientras presionaba su cuerpo hacia el suyo empapado de lluvia...Ella seguía con una mano dentro del bolsillo, acariciándose con más ímpetu, la otra atrajo hacia sí el cuerpo de él..El usó las suyas para subir el jersey y abarcar sus pechos, dejando entre dos de sus dedos asomando los pezones, presionándolos con suavidad y con ansiedad por la sensación de que alguien entrase...
Él decidió bajar hacia el ombligo, refugio de tanta impaciencia, y bordeó su tripa...caricia a caricia cada vez era más rápido el ritmo
Ella se desabrochó el vaquero e inclinó su trasero hacia su miembro...su mano ya no estaba
El la izó y se escondieron debajo de las escaleras, era un edificio antiguo, y su intimidad se vería a salvo si algún vecino les oía
Entonces ella le desnudó, lamió una y otra vez sin reparo se sentía capaz de todo él tapó su boca sólo un poco, los jadeos de ella iban subiendo de intensidad pero le gustaban tanto...
El sitio era pequeño pero eso no impidió que cada vez más llegase el momento culmen....ella se sujetó a una madera con las dos manos para sentarse encima, sus brazos quedaban por encima de la cabeza de él, estaba literalmente colgada; él se sentó en un pequeño taburete...y como si de un baile de enamorados se tratase, iniciaron un compás armonioso de movimientos q en pocos minutos les hizo estallar de puro deseo.
Al terminar se besaron...

-¡No deberías haberme seguido!-dijo ella.
-...¿Y perderme esto?-dijo él-

...y caminaron juntos...a pesar de la lluvia

Mónica Solís





29 jul. 2015

"No sabrás todo lo que valgo hasta  que no pueda ser junto a ti, todo lo que soy"
Gregorio Marañón

28 jul. 2015

"No hay disfraz que pueda largo tiempo
ocultar el amor donde lo hay, ni finjirlo donde
no lo hay"

Francois de la Rochfaucould

27 jul. 2015

              "Cuando puedas vuelve, por que acecha tu fantasma jugando a las escondidas"                                                                                       de Silvio Rodríguez

15 mar. 2015

Alma


...Si lo hacemos...
Saldrá mezquino, ridículo, precipitado...
No vale de cualquier manera.
No necesito que me inunde en el momento y me deje vacía
No quiero la locura sin mi red.

 El invasor

El terreno es farragoso...la batalla seca pero firme
¡Luchadores!
((Foto de: mundoparalelo.com))
sin ataduras, sólo la de los amantes exhaustos de deseo y un ansia pasada
Un puede ser, un acaso...un sí...¿porqué no?

Siervo

...de una mentira, de una condición en papel, de árboles de ramas gruesas que sólo fueron espejismos de quimera plácida...cautivo de tu propio errar...y lo sabías..

Arañas...

Cada poro de la piel llagada,
cada resquicio ya tentado no olvida no le da la gana no se lo merece no tiene ningún rencor 
y tu...¿qué guardas?

Cautivo

¿...de una lisura fina, resbaladiza, elemental? Claro...¿cuál es la traba?

volverá a pasar
Te volverá a suceder...

Escudo

Esta es la raíz de tu alma...escóltanos, 
deja que me refugie...se abrigo de mis adivinanzas retóricas de juegos brujos con respuesta obvia.
Búrlate del cielo gris y de la noche cómplice...

Desafío

...piel más alma..
¿Hay miedo?...sólo desafío


¡Espéralo!


Mónica Solís